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Las del Lirio: una familia en ruinas, el humor como trinchera y la posibilidad de reescribir el mundo

La obra de La Joda Teatro, escrita y dirigida por Diego Leandro Bailén y Emilia Benítez, propone una mirada grotesca sobre la familia, los vínculos y el poder. Con tres mujeres en escena, el trabajo toma como punto de partida el universo de Aurora Venturini y recupera también la memoria de mujeres anarquistas como Salvadora Medina Onrubia y Juana Rouco Buela. Continúa durante octubre en el Centro Cultural Viejo Almacén El Obrero.

Hay familias que se construyen alrededor de fotografías, recuerdos y pequeñas tradiciones. Y hay otras que también esconden secretos, violencias, rarezas y aquello que durante mucho tiempo se prefirió no mirar. En ese territorio se mete “Las del Lirio. Tullido retrato familiar”, la obra escrita y dirigida por Diego Leandro Bailén y Emilia Benítez, que continúa durante octubre en el Centro Cultural Viejo Almacén El Obrero de La Plata.

La propuesta forma parte de los 19 años de La Joda Teatro y reúne en escena a tres mujeres que pertenecen a una misma familia. Entre canciones, poesías, pasos de danza y situaciones delirantes, aparecen las ruinas de una antigua gloria y la necesidad de sostener una herencia que, en algún momento, también puede ser transformada.

La sinopsis plantea justamente ese punto de partida: “Entre las ruinas de su antigua gloria, una familia sostiene secretos, luces y canciones olvidadas”. Mientras las protagonistas ensayan y juegan con distintos lenguajes escénicos, preparan un gesto que puede cambiarlo todo: la posibilidad de que el mundo pueda ser reescrito.

Aurora Venturini como punto de partida

Una de las claves para entrar en “Las del Lirio” está en Aurora Venturini. La autora platense aparece como referencia, no para llevar una de sus novelas al escenario sino para recuperar una determinada mirada sobre lo familiar, lo cotidiano y aquello que puede aparecer como monstruoso cuando se corre el filtro de la normalidad.

“El mundo viene de leer a Aurora Venturini, esa lectura comenzó a dar mundo a esta obra”, explicó Emilia Benítez. Y aclaró: “No es que van a ver ninguna novela de Aurora Venturini, pero sí su mundo, que quienes la han leído saben que en ese mundo está el humor, lo grotesco y lo familiar”.

La semilla concreta, contó, fue “Las primas”. A partir de allí comenzaron a indagar en el universo familiar y femenino, hasta llegar a los tres personajes que finalmente construyen la obra.

“Son tres personajes femeninos que cuentan la obra y los vínculos que hay entre ellas de primas, madres, hermanas”, explicó a Cacodelphia. Las tres, además, comparten otra característica: pertenecen al mundo del espectáculo. “Una familia de artistas, donde no solo es familia sino que hay un negocio que hay que sostener”, señaló.

Pero el resultado no fue una adaptación de una obra literaria. Venturini funcionó como impulso para comenzar a construir un universo propio.

Una dramaturgia que nació en los cuerpos

La obra tampoco fue escrita siguiendo un recorrido tradicional. El texto se fue construyendo al mismo tiempo que avanzaban los ensayos y las improvisaciones de las actrices.

“Partimos de ahí pero luego lo que va pasando en los procesos creativos es que uno va creando con las tres mujeres, las tres actrices que también tienen sus historias”, explicó Benítez. No se trata, aclaró, de una obra autobiográfica, pero sí de un proceso creativo en el que las experiencias y sensibilidades de quienes participaron fueron formando parte del trabajo.

Por eso, para la directora, resulta importante hablar de una dramaturgia construida desde el cuerpo.

“Escribimos también a partir de los cuerpos y las improvisaciones”, explicó. Y marcó una diferencia con aquella dramaturgia que se escribe completamente antes de llegar al escenario: “La nuestra tiene que ver con la escritura con ese ir y venir a partir del trabajo de las actrices”.

En “Las del Lirio”, entonces, el texto no llegó terminado a los ensayos para ser simplemente representado. “Es un texto que se fue completando arriba del escenario”, sostuvo Benítez.

Ese procedimiento también está relacionado con la propia historia de La Joda Teatro. El colectivo lleva 19 años trabajando con una lógica de creación colectiva y con roles que pueden modificarse dentro de cada proyecto.

“Para nosotros fue todo un ejercicio que venimos trabajando desde La Joda, que desde que arrancó no tiene un solo director, una sola directora, un solo dramaturgo”, explicó. Ese recorrido, agregó, los entrenó en el ejercicio de trabajar con otros y, especialmente, en la dirección compartida.

En el caso de esta obra, esa experiencia volvió a ponerse en juego junto a Diego Leandro Bailén: “Lo que fue hermoso en este proceso es que llegamos a un momento donde no se sabe quién escribió qué cosa, entonces terminó ganando la obra, no ganó ningún deseo”.

“Creo que eso se construye a base de mucha escucha. Pero insisto, este es un ejercicio que venimos desarrollando hace 19 años. Donde también te peleás, debatís y eso está buenísimo”, dijo.

Familia, poder y aquello que nos interpela

La familia no aparece en la obra como una institución cerrada ni como una imagen idealizada. Es, por el contrario, un territorio de preguntas.

“La Joda está cumpliendo 19 años y en varias entrevistas que nos hacían decíamos que nos metíamos en temas que en principio teníamos ganas nosotros de hablar, y la familia y el poder son cuestiones que nos interpelan todo el tiempo”, explicó Benítez.

La pregunta también aparece sobre qué entendemos cuando hablamos de familia. “Cuando hablamos de familia, por ejemplo, el concepto es gigante, o por lo menos es nuestra idea, no hay un solo tipo de familia, hay miles”, sostuvo.

En ese sentido, “Las del Lirio” no parte de una definición previa para luego llevarla al escenario. El propio proceso creativo fue encontrando preguntas sobre los vínculos, los mandatos, las relaciones de poder y las diferentes maneras de construir una familia.

El humor como trinchera

Si el material que aborda la obra puede ser complejo, la decisión fue evitar la solemnidad.

“Siempre fuimos por el lado del humor y más del absurdo, buscando una complicidad”, contó Benítez. Las tres actrices, además, tienen formación en clown, algo que también incidió en el tono de la propuesta.

El humor cumple varias funciones. Por un lado, permite acercarse a cuestiones difíciles sin convertir la obra en un discurso cerrado. Pero también funciona como una forma de revelar aquello que permanece oculto.

“El humor aparece por un lado para suavizar lo que se dice, pero también para dar luz, en el sentido de mostrar algo que se está ocultando”, explicó Benítez. “El humor devela, y lo hace de un modo que se puede digerir eso que se está diciendo que puede ser tremendo”.

Y hay algo más: la risa compartida genera un vínculo entre quienes están en escena y quienes observan.

“La risa se comparte, lo intelectual viene después, y eso es fantástico porque creo que eso es lo que te hace hacer más preguntas en relación a lo que te reíste”, sostuvo.

“Hoy tenemos el humor como trinchera, para hablar de cosas que queremos hablar pero que eso no sea un garrón”, afirmó Benítez. En tiempos en los que muchas discusiones aparecen atravesadas por la confrontación, la posibilidad de reírse juntos puede funcionar también como una forma de encuentro.

“Creemos que en estos tiempos la risa acerca, ver si podemos reírnos de lo mismo, después lo analizamos, después pensamos de qué nos reímos, es un momento en común”, explicó. Y agregó: “El público se está riendo de algo al mismo tiempo, y eso es generar comunidad”.

Por eso la obra busca correrse de la solemnidad. “Abordar el humor de ese modo nos permitió salir de lo solemne, y correrse de lo solemne da lugar a que todos puedan decir algo, cuando uno se pone solemne parece que solo pueden hablar algunos”, señaló Benítez.

Mujeres, anarquismo y memoria

En ese universo familiar aparece también una memoria libertaria y feminista que recupera las figuras de Salvadora Medina Onrubia y Juana Rouco Buela, dos mujeres vinculadas a las luchas anarquistas de comienzos del siglo XX.

La obra no busca convertirlas en figuras de bronce ni construir alrededor de ellas una escena solemne. Por el contrario, las incorpora a través del mismo lenguaje que atraviesa todo el trabajo.

“En este caso, por ejemplo, abordamos una mirada sobre el anarquismo, cierta idea de mujeres anarquistas, pero no desde un lugar solemne, porque sino uno tiene que hacer toda una carrera sobre anarquismo para poder abordar esas historias”, explicó la actriz.

La decisión, entonces, fue acercarse a esas historias desde el humor, el absurdo y la escena. “Fue importante que el trabajo no sea ni desde la actuación, ni desde la escritura ni desde la dirección desde un lugar de solemnidad”, afirmó.

Un trabajo pensado para esas tres actrices

La particularidad del proceso también estuvo determinada por quiénes iban a ocupar el escenario. Emilia Iacovino, Mariela Kosturkoff y Vanesa Romano ya habían trabajado junto a Diego Bailén en “Anémonas”, y ese conocimiento previo fue parte del punto de partida.

“El trabajo comenzó con las actrices porque ellas venían trabajando con Diego en ‘Anémonas’”, explicó Benítez.

Esa experiencia permitió pensar una dramaturgia no solamente desde los personajes sino desde los cuerpos concretos de quienes los iban a interpretar.

“Uno ya escribe para esas actrices y no para otras”, explicó. “Sabés que pueden llegar a tal lugar del humor o de lo físico, y eso está bueno porque no solo pensás en el personaje sino en la actriz que va a trabajar con ese personaje y eso es parte de la dramaturgia”.

Así, el cuerpo, la improvisación, el humor y la escucha terminaron formando parte de una misma escritura.

La ficha técnica

“Las del Lirio. Tullido retrato familiar” está dirigida y escrita por Diego Leandro Bailén y Emilia Benítez. La obra cuenta con las actuaciones de Emilia Susana Iacovino, Mariela Kosturkoff y Vanesa Romano. El vestuario está a cargo de Josefina Chagaray; la escenografía y las luces, de Lucía Otaño; la música, de Francisco Urretabizkaya; el maquillaje, de Ana Clara Peés; y el entrenamiento vocal, de Piqui Palladino. La producción general es de La Joda Teatro.

La Joda Teatro es un grupo autogestivo surgido en 2007, que sostiene una concepción del teatro vinculada al trabajo colectivo, la formación y una mirada sobre el arte como herramienta de transformación y resistencia.

La obra continúa durante octubre en el Centro Cultural Viejo Almacén El Obrero (13 y 71, La Plata). Las funciones están previstas para los viernes 9, 16, 23 y 30 de octubre a las 21.30.  La entrada es a la gorra con reserva a través de Alternativa teatral.

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