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“Huéspedes”, una obra teatral inmersiva donde cada recorrido construye una historia

La propuesta dirigida por Alejo Marschoff propone una experiencia teatral física, sonora e inmersiva a partir de un cuento de la escritora mexicana Amparo Dávila. Con las actuaciones de Florencia Silva y Gisela Arandia, música en vivo de Agustín Paradiso y Gabriel Barreiro y una puesta escenográfica y lumínica concebida como parte de la dramaturgia, la propuesta invita al público a transitar el espacio y completar, con su propia mirada, una historia atravesada por el encierro, la violencia y las preguntas que no tienen una respuesta única.

Una casa. Una mujer encerrada en una vida atravesada por la desolación. Un matrimonio que parece haber quedado reducido a una cáscara de recuerdos y una trabajadora doméstica que se convierte en su única compañía. Afuera parece no suceder demasiado, pero dentro de esa casa algo permanece latente. Hasta que el hombre regresa acompañado por un huésped inquietante y aquello que permanecía contenido comienza a transformar el espacio.

Desde esa premisa nace “Huéspedes, un día ya no se oyó ningún ruido”, una obra de teatro física, sonora e inmersiva que propone al espectador algo diferente a sentarse frente a un escenario y observar.

La obra, dirigida por Alejo Marschoff, surgió a partir del cuento “El huésped”, de la escritora mexicana Amparo Dávila, pero el texto literario fue apenas el punto de partida para una creación colectiva que terminó construyendo su propio lenguaje.

“Es un cuento de terror”, explicó Marschoff. Pero la obra, aclaró, no puede ser encasillada simplemente dentro de ese género.

“Hay géneros que no pueden ser traspasados”, dijo. “Y en este caso el cuento trasciende el género de terror, tiene mucho más de situación social, de campo, de encierro. Todo eso genera terror y Amparo Dávila sabe manejar los tiempos para contarnos un terror que anida en eso que conocemos y es real”, sumó en Cacodelphia.

Una obra que nació casi por accidente

La historia de “Huéspedes” comenzó de una manera inesperada. Para Alejo Marschoff, director de la obra, el encuentro con el cuento de Dávila terminó funcionando como el punto de convergencia de una creación que, desde el comienzo, buscaba cruzar distintas disciplinas.

El proyecto surgió mientras trabajaba junto a las actrices Florencia Silva y Gisela Arandia, pero también coincidió con el trabajo de tesis de las escenógrafas Antonia Carrasco y Jazmín Segovia, estudiantes de la Facultad de Artes que andaban buscando una manera de incorporar una obra teatral dentro de una propuesta escenográfica.

“Esta obra tiene algo de mágico”, contó Marschoff. “Con Flor y Gisela venimos trabajando en unos monólogos desde hace mucho tiempo y andábamos buscando hacer otro material. Estábamos, entonces, leyendo a Cortázar, ‘Casa tomada’ y otras cosas”.

En ese momento apareció la posibilidad de trabajar junto a las estudiantes de escenografía. Y casi al mismo tiempo, Florencia Silva llegó con el cuento de Amparo Dávila.

“Había leído el cuento unos meses antes y en esa búsqueda se me ocurrió llevarlo. Lo leímos y nos gustó mucho a todos, porque tiene mucha metáfora. Al día de hoy lo vuelvo a leer y sigo pensando qué pasa con ese huésped, quién es y por qué está ahí”, repasó Florencia Silva. Esa pregunta terminó convirtiéndose también en una de las claves de la obra.

“Teníamos ganas de que el público, cuando nos vea a nosotros, también se quede pensando en eso. No servirle todo en bandeja, sino que deje pensando algo, que resulte en esas preguntas a través de un sonido, una imagen”, explicó la actriz.

Para Marschoff, esa utilización de la metáfora es fundamental.

“La metáfora no es lo que nos enseñaron en la primaria, no es una cuestión comparativa o una cuestión resolutiva. Es, en realidad, una forma de tratar de explicar algo dejando un par de preguntas abiertas”, sostuvo y agregó: “Si tenés que dar todo digerido, entonces no estás metaforizando, estás aleccionando. Y ahí hay un salto importante que creo que esta obra lo cumple”.

El proceso de creación fue colectivo y cada disciplina fue aportando elementos que terminaron modificando la historia original. La escenografía no apareció como un decorado terminado sobre el que después se montó una obra, sino que fue desarrollándose al mismo tiempo que los personajes, los sonidos, la iluminación, el vestuario y las acciones.

“Nosotras lo que queríamos con Antonia, con quien hicimos la tesis, era ser parte desde el cero de una obra”, contó Jazmín Segovia. Su trabajo individual estuvo vinculado al vestuario, mientras que Carrasco se ocupó de la iluminación. Pero el resto de la creación se realizó de manera conjunta.

“Todo lo creamos en conjunto. Todo se gestó a la par. No es algo que se gestó para mi tesis, o yo trabajar para una obra que ya estaba armada. Se dio a la par, y eso es muy poco común”, explicó Segovia.

Una reunión, una comida y una serie de coincidencias terminaron juntando a dos actrices, dos escenógrafas, una maquilladora y vestuarista, dos músicos y un director y dramaturgo. “Fue muy accidental la formación del grupo”, contó Silva. “De repente nosotros, que veníamos de hacer monólogos, teníamos un grupo artístico y entonces nos preguntamos: ‘¿Y ahora qué hacemos?’”.

A partir de ahí comenzó un proceso de construcción colectiva en el que cada disciplina fue modificando a las demás. Silva recordó, por ejemplo, que su formación en danza llevó a Marschoff a proponer que su personaje bailara. De ese movimiento surgieron nuevas preguntas sobre el personaje y, posteriormente, elementos del vestuario.

“Así fuimos construyendo la identidad del personaje también en base a lo que las chicas necesitaban, lo que el personaje le genera al sonido, lo que el director y dramaturgo iba proponiendo y buscando. Entonces fue una creación muy abarcativa y muy extensa”, explicó.

El proceso tuvo además un tiempo acotado, porque Segovia y Carrasco debían presentar la obra como parte de su tesis. En ese sentido, Marschoff, destacó también el acompañamiento de la Facultad de Artes, la cátedra y la sede Fonseca, donde el proyecto pudo crecer.

“Se les propuso a otros estudiantes de años más abajo si querían ayudar y, de repente, teníamos veinte personas más, muchos de los cuales quedaron en el equipo de trabajo”, contó y destacó el trabajo interdisciplinar que permitió la facultad.

El público también construye la obra

En “Huéspedes”, la relación tradicional entre escenario y platea se transforma porque el público no permanece como un observador distante, sino que debe desplazarse por el espacio y recorrer la escena mientras observa y escucha lo que sucede. Ese movimiento forma parte de la experiencia y permite que cada espectador complete, desde su propio recorrido, una parte de la historia y del universo que propone la obra.

“No es esta una obra convencional a la italiana. La gente transita por la obra. La idea es que el público completa la historia y el espacio físico y sonoro”, explicó Agustín Paradiso, uno de los músicos. “Entonces es bienvenido y necesario el tránsito del público por el espacio”.

Florencia Silva contó que una de las preguntas más frecuentes de quienes asisten es qué tienen que hacer. “Nos preguntan si tienen que hacer algo y nosotros les decimos que solo tienen que caminar, transitar”.

Esa circulación no es un detalle formal, sino que resulta necesaria para que la experiencia ocurra. El espectador deja de ocupar un lugar fijo y pasa a formar parte de una escena que se construye mientras avanza. “No hay oscuridad. Hay una muy buena iluminación pensada para lo que quiere transmitir la obra”, explicó Silva.

La iluminación fue concebida como un elemento narrativo y poético, integrado al dispositivo escenográfico y a la acción de los intérpretes. Las luces no solamente permiten ver sino que además construyen atmósferas, acompañan estados emocionales y participan de la experiencia del espectador.

Sonidos que también cuentan

Agustín Paradiso y Gabriel Barreiro componen e interpretan la música en vivo, en una propuesta donde el sonido no funciona como un simple acompañamiento de lo que ocurre en escena, sino que se integra a la dramaturgia y ocupa un lugar central en la construcción de la experiencia. La música dialoga con los movimientos, los silencios y las acciones de los personajes, y contribuye a crear el clima y la atmósfera que atraviesan la obra.

“Ese trabajo completa el campo sonoro, no es algo ajeno. Es parte de la obra”, explicó Paradiso. Para Marschoff, justamente allí aparece una de las riquezas de la propuesta.

“No está tan pensado el espectador, está sumado a un concepto general de clima que laburamos entre todos. Los chicos trabajaron mucho, por ejemplo, el campo sonoro, que es muy importante ese trabajo en teatro”.

Y ese campo sonoro incluye también aquello que no es estrictamente música. “Distinguir qué se puede hacer música, pero lo que se hace permanentemente es habitar el campo sonoro, compitiendo con los pasos y las respiraciones, por ejemplo, es un gran desafío que asumieron los músicos”, explicó el director.

Para Paradiso, trabajar de esta manera implicó un desafío particular porque entre otras cosas tuvieron que aprender a interpretar otro lenguaje. “Nunca antes había trabajado de este modo, por lo tanto fue un gran desafío”, expresó Paradiso.

“Interpretar el lenguaje teatral, que es completamente distinto al de la música, aunque tiene, como ocurre con los distintos lenguajes del arte, pequeños puntos de contacto, fue un desafío muy interesante. Desde esos cruces empezamos a interpretar lo que sucedía en escena y a componer junto con Gabriel Barreiro”, dijo Paradiso.

Para las actrices, la experiencia también supuso un aprendizaje.

“Estar en escena con un músico también fue un gran desafío para nosotras. Tuvimos que aprender a relacionarnos con esa presencia y a incorporarla al trabajo actoral, entendiendo que la música también formaba parte de lo que estaba sucediendo en ese momento”, contó Silva.

El huésped y lo que queda del cuento

Aunque la obra parte del cuento de Amparo Dávila, el proceso creativo terminó transformándolo. “No es necesario leer el cuento”, aclaró Silva, aunque contó que muchas personas, después de ver la obra, buscan el texto original.

“Les resulta interesante y quieren saber qué más escribe, porque en Argentina no es tan conocida”, dijo. En ese sentido Marschoff recordó que la edición argentina del libro cuenta con un prólogo de Mariana Enríquez, una lectora y admiradora de la autora mexicana.

La obra conserva las líneas principales del relato y algunos de sus temas centrales.

“El cuento está situado en una época, algo que se sostiene a partir de la propuesta artística desde la escenografía y el vestuario, y está enmarcado en la violencia de género. Es otro de los temas que trata la obra, junto con la violencia intrafamiliar”, explicó Silva.

Pero el pasaje del cuento al teatro implicó una transformación. “Muchas cosas quedaron del cuento en la obra: los temas, el huésped, quedó bastante y a la vez no quedó tanto, porque el teatro se comió el cuento”, señaló Silva. “Las líneas generales de la historia se mantienen, pero a partir de nuestra interpretación”, aclaró Marschoff.

Y allí vuelve la pregunta que atraviesa toda la obra, quién es ese huésped, qué representa y por qué está ahí. “Huéspedes, un día ya no se oyó ningún ruido” no busca una respuesta definitiva, sino que deja esas preguntas resonando en cada espectador, entre sonidos, sombras y movimientos. Porque para que la historia termine de construirse, también hace falta caminarla.

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