El histórico bajista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y artista plástico llega nuevamente a la ciudad con La Kermesse Redonda. En la previa del show, habló sobre la ansiedad antes de salir al escenario, su relación permanente con el dibujo, el cruce entre música y artes visuales, la muestra que prepara, la estética de La Kermesse y la vigencia del universo ricotero. “No me la quiero ni explicar lo que pasa, disfruto plenamente de todo lo que pasa pero no lo entiendo demasiado”, reconoció.

Este viernes y sábado La Kermesse Redonda vuelve a presentarse en la ciudad. El escenario será el Estadio de Atenas, uno de los lugares donde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tocó por última vez a comienzos de los años ‘90. Al frente del proyecto están dos históricos integrantes de aquella formación, el bajista Semilla Bucciarelli y el saxofonista Sergio Dawi, acompañados por otros músicos que también fueron parte de aquella historia, como Tito Fargo y Hernán Aramberri.
Antes del encuentro con el público, Bucciarelli vuelve sobre una sensación que, pese al paso de los años y a los escenarios recorridos, permanece intacta: los nervios antes de salir a tocar.
“Antes de cada show, me sigo poniendo un poco ansioso y nervioso. Cuando salgo al escenario se pasa, pero en la previa siempre me pongo ansioso”, contó. Con Los Redondos, recordó, esa sensación también aparecía en el trayecto entre el camarín y el escenario. Era entonces cuando aparecía la pregunta: “¿Por qué estoy acá, por qué no me quedé dibujando en mi casa?”.
Con el tiempo encontró una respuesta en el propio cuerpo. “Ahí aprendí que el cuerpo tiene su memoria, entonces te dejás ir y el cuerpo sabe lo que tiene que hacer. El problema siempre es la cabeza”, explicó.
“Empecé dibujando y después empecé a tocar la guitarra en una clásica banda de barrio. Pero siempre pinté”, recordó. Su acercamiento temprano a las artes visuales estuvo además relacionado con un vínculo muy cercano: uno de los chicos con los que tocaba era hijo de Lola Frexas, una reconocida acuarelista argentina, y su hermano era músico. “Usábamos los equipos al hermano y las pinturas a la mamá”, contó.
Con el tiempo, aquella convivencia entre música y dibujo encontró una forma concreta en el proyecto SemiDawi, junto a Sergio Dawi. “Con el proyecto SemiDawi logré fusionar todo eso”, explicó.
El origen estuvo en una performance que Bucciarelli había realizado en el Centro Cultural Borges y para la que invitó a algunos amigos. La propuesta consistía en dibujar sobre una tableta y proyectar esas imágenes. En La Plata, durante una muestra en el Centro Cultural Islas Malvinas, invito a Sergio Dawi, ambos probaron por primera vez el formato juntos: Dawi tocaba mientras Semilla dibujaba durante más de una hora. “Nos pareció interesante y así nació el proyecto”, recordó.
La experiencia no quedó encerrada en aquel trabajo conjunto. Esa técnica de proyección, en la que las imágenes se despliegan sobre el fondo y sobre el cuerpo del músico, terminó formando parte de la identidad visual de La Kermesse. “La estética de la Kermesse tiene que ver con esa técnica que trabajamos también con la iluminación, los dibujos, las proyecciones, los movimientos. Queda todo como en una caja blanca, los dibujos quedan gigantes”, explicó a Cacodelphia.
Dibujar sin saber adónde se va
Semilla dibuja desde siempre. Primero fue con lapicera Bic, después el aerógrafo, el pincel y, con los años, una búsqueda permanente de materiales y técnicas. “Siempre dibujé, sin pensar que iba a terminar pintando. Con la música me pasó lo mismo”, dijo.
Ahora trabaja también con cartón y materiales reciclados. Esa exploración permanente aparece ligada a una manera de crear que no parte de un plan cerrado. “Siempre parto del caos para pintar, después empiezo a buscar imágenes y cosas que van apareciendo”, explicó.
La dificultad para seleccionar que mostrar en una muestra forma también parte de ese proceso caótico. “Por lo general llevo mucho, porque mi vida es caótica y siempre quiero mostrarlo todo”, dijo. En una muestra en el Centro Cultural Borges, recordó que un curador pretendía colocar un cuadro cada cuatro metros. Su respuesta fue anunciar que quería presentar 150 obras. “Me cuesta bastante elegir”, admitió.
Para la nueva muestra, que inaugurará el 10 de noviembre en el Museo Emilio Caraffa de Córdoba y luego recorrerá distintas ciudades del país, está trabajando con grupos de obras realizadas con diferentes técnicas: impresiones sobre canvas, pequeñas esculturas en papel maché y numerosos dibujos.

Pero si algo busca evitar es condicionar la mirada del espectador.
“La idea es que la gente trabaje su cabeza, imagine. Yo no le pongo títulos a las obras para que cada uno vea lo que quiera”, explicó. Su decisión tiene que ver con una concepción de la obra que se aleja deliberadamente del realismo. No hay paisajes, naturalezas muertas o retratos que indiquen de manera precisa qué mirar. Hay imágenes que se mezclan y que, justamente por eso, abren distintas posibilidades.
“Prefiero que la gente divague un poco”, dijo.
En sus trabajos aparecen rostros, rabia, deformidades y personajes que escapan de las formas reconocibles. Por eso, sostiene, sus obras requieren más de una mirada. “Tenés que ver varias veces la muestra”, planteó.
Y tampoco busca necesariamente una contemplación cómoda. “Mis obras no son fáciles de mirar, incomodan, provocan reacciones. Entonces, depende del estado de ánimo, encontrás o no algo que te llegue, igual que con la música”, reflexionó.
El permiso para ser libre
Daniel “Semilla” Bucciarelli nunca estudió formalmente música ni dibujo. Y lejos de considerar esa ausencia como una carencia, la vincula con la libertad que encontró para desarrollar su propio lenguaje.
“Como no estudié nunca, ni música ni dibujo, entonces soy muy libre y me dejo llevar”, contó. Esa libertad también le permite experimentar con colores y materiales sin preocuparse demasiado por las reglas aprendidas.
“Seguro que si me agarra un maestro de arte me caga a pedos por tanta mezcla de colores, pero yo me doy ese permiso”, bromeó.
Ese permiso es también una forma de descubrimiento. Trabajar con diferentes materiales, asegura, todavía lo sorprende. “Me sigo sorprendiendo y descubriendo cuando dibujo. Es que al laburar con distintos materiales vas encontrando cosas que te sorprenden, lo que se puede hacer con el cartón, por ejemplo”.
La palabra que utiliza para definir ese proceso es sencilla: diversión. “Me divierto mucho. Trabajando, haciendo. Creo que el poder que tenemos es ese: trabajar, hacer”.
Y en esa idea aparece también una distancia con la enseñanza formal. “Le tenía un poco de miedo a las escuelas porque te quitan la imaginación, no me gustaba eso”, contó. Su camino artístico, dijo, fue encontrándose de manera casi intuitiva. “De manera brutal me fui encontrando con mi obra”.
De Lobo Suelto a La Kermesse
Esa búsqueda también quedó plasmada en la historia de Los Redondos. Bucciarelli fue responsable del arte de tapa de “Lobo suelto, cordero atado”, editado en 1993, además de aportar un alfabeto y tipografías para el interior del disco.

Pero, fiel a su relación con la inseguridad y con la dificultad de elegir, recordó que casi no quería entregar los trabajos. “Siempre fui muy inseguro”, reconoció.
Finalmente, el Indio Solari, Skay, la Negra Poli y Rocambole fueron hasta su casa y se llevaron varios dibujos y cuadros. La búsqueda tenía además un desafío: construir una estética diferente de la que hasta entonces identificaba a Rocambole.
“Como nunca trabajé sobre una temática especial, me costaba muchísimo decidirme”, explicó. Pero aquella vez había una referencia concreta: el nombre del disco, sus canciones y una estética que había que construir. Así nació la tapa.
Años después realizó también trabajos para otros músicos y grupos, pero aquella fue su primera experiencia haciendo una portada discográfica. Bucciarelli lamentó, además, la pérdida de buena parte de ese trabajo artesanal que acompañaba los discos físicos: “Todo ese trabajo de las artes plásticas se perdió, lo mismo que la información”.
La voz la pone la gente
La Kermesse encontró una manera particular de continuar trabajando con el repertorio de Los Redondos. Buena parte del sonido ya estaba en escena: el bajo de Semilla, el saxo de Dawi, la guitarra de Tito Fargo y la batería de Hernán Aramberri, entre otros músicos que fueron formando parte del recorrido. El desafío aparecía especialmente alrededor de la voz.
La respuesta fue abrir el escenario a distintos cantantes invitados. La condición, explicó Bucciarelli, es que sean artistas a quienes Los Redondos les hayan atravesado la vida y que puedan acercarse a esas canciones desde su propia identidad.
“Hemos invitado a muchísima gente desde que hemos empezado a tocar. La idea es que sean artistas que le hayan pasado Los Redondos por su vida, por su cuerpo”, contó.
La clave está en no imitar. “Ninguno quiere impostar la voz para parecerse al Indio, ninguno busca imitarlo y la gente los aceptó”, sostuvo.
Así, la elección de los invitados permitió resolver un problema complejo: cómo ocupar el lugar del cantante sin intentar reproducirlo. “El sonido ya lo teníamos”, explicó. Por eso, las elecciones se fueron construyendo a partir del repertorio y de lo que cada artista podía aportar.
El resultado es una lectura colectiva de aquellas canciones, donde la memoria no queda congelada en una única manera de interpretarlas.
Una historia que sigue en movimiento
Para Bucciarelli, el fenómeno de Los Redondos excede ampliamente a sus integrantes. La historia continuó en distintos proyectos y también en cientos de bandas que, en diferentes lugares del país, tomaron algo de aquella experiencia.
Pero cuando habla de esa permanencia, prefiere no intentar explicarla demasiado.
“Para mí el 50 por ciento de toda esta historia redonda es la gente”, afirmó.
La Kermesse, además, le permitió recorrer lugares a los que Los Redondos no habían llegado. “Con Los Redondos no viajábamos tanto y con la Kermesse estamos llegando a lugares que nunca fuimos con la banda. Ahora, por ejemplo, viajamos a España”, contó.
El proyecto también encontró una respuesta sostenida del público: ocho presentaciones con entradas agotadas en el Teatro de Flores y una agenda que continúa creciendo.
“Para nosotros, a esta edad, seguir tocando y disfrutando de la gente es maravilloso”, dijo.
La relación con el público aparece así como una de las claves que explican por qué sigue saliendo al escenario. Pero también como algo que prefiere no racionalizar demasiado: “Yo no me la quiero ni explicar lo que pasa. Disfruto plenamente de todo lo que pasa pero no lo entiendo demasiado”.
Volver a encontrarse
La muerte del Indio Solari, contó Bucciarelli, fue un momento especialmente doloroso. Hacía tiempo que no se veían ni hablaban, aunque poco antes habían vuelto a intercambiar dibujos y habían quedado en encontrarse.
Ese encuentro quedó pendiente.
“Ese mismo día con mucho dolor decidimos salir a tocar con La Kermesse”, recordó. Y agregó: “Creíamos que el mejor homenaje era salir y tocar”.
La decisión de seguir tocando se relaciona también con otra definición que comparte con Sergio Dawi: no convertir necesariamente a La Kermesse en un proyecto cada vez más grande.
Dawi había dicho que deseaba que el proyecto no creciera más allá de una escala como la de Obras. Bucciarelli coincide con esa mirada porque, según explicó, cuando un proyecto se masifica pueden aparecer otras dinámicas que alejan del contacto directo con el público.
“A mí me parece lo mismo, porque después se te va de la mano como nos pasó con Los Redondos”, sostuvo.
Bucciarelli, prefiere los lugares donde todavía puede ver las caras de quienes están del otro lado. Aunque reconoce que el crecimiento de público los obliga a buscar espacios más grandes, hay una idea que funciona como límite: “Lo importante es no perder el contacto con la gente”.
Quizás allí se encuentre una de las claves de esta nueva etapa. Volver a tocar, volver a encontrarse con canciones que forman parte de una memoria colectiva, pero hacerlo sin intentar repetir exactamente el pasado.
Como en sus dibujos, Semilla parece preferir el movimiento a la reproducción. No trabaja desde una fórmula cerrada. Parte del caos, mezcla materiales, colores, sonidos, recuerdos y personas, y deja que algo nuevo aparezca.
En la música y en la pintura, su recorrido parece seguir guiándose por la misma certeza: hacer, probar, dejarse llevar y permitir que el resultado también lo sorprenda.
