Artista plástica, ingeniera química y docente, encontró en la pintura abstracta un espacio para experimentar con el color, las formas y las emociones. Desde su taller en Villa Elvira, propone una manera de acercarse al arte que deja de lado el miedo a equivocarse y apuesta por la exploración, el juego y el encuentro con otros. Además, impulsa experiencias como “La noche de velas”, donde la pintura convive con el jazz, los sabores y la luz tenue.

Fernanda Recabarren llegó a la pintura desde muy chica. En su casa en el barrio de Villa Elvira, convivían los libros, la música y el arte. Su padre pintaba y ella lo acompañaba, mientras las ganas de dibujar y experimentar encontraban lugar en la vida cotidiana. A los diez años ingresó al ciclo básico de Bellas Artes y, con el tiempo, obtuvo el título de maestra de dibujo. Más adelante, su recorrido tomó otro rumbo y estudió Ingeniería Química, una formación que terminó incorporando a su manera de entender los procesos creativos.
“Terminé Bellas Artes, me recibí de maestra, hice Ingeniería, trabajé de ingeniera química y estuve formando colores con una marca que se llama MiPE. Hicimos un color que va a salir en algún momento con un nombre que le puse. Desde siempre me gustó experimentar”, contó.
Lejos de representar una contradicción, ese cruce entre arte y ciencia le permitió construir una mirada propia. “La ingeniería me dio la estructura del proceso y ver otras situaciones desde otros costados, además de una base económica que me permitió hacer hoy lo que hago”, explicó.
Su obra se mueve principalmente en el terreno de la abstracción, aunque las imágenes que la conmueven tienen una presencia decisiva. La naturaleza, las montañas, el mar, la vegetación y el sonido del agua aparecen como puntos de partida, junto con recuerdos personales que se transforman en colores, transparencias y grafismos.
“Uno se expresa desde lo que lo mueve. Siempre me pregunto qué tenés para decir, porque el artista que no tiene nada que decir se está copiando o está haciendo algo sin alma, algo que pueden hacer varios, y donde no encontrás la identidad de la obra”, sostuvo.
En su caso, esa búsqueda también está ligada a los materiales y al territorio. Después de un tiempo lejos de La Plata, volvió a trabajar con polvo de ladrillo y barro de la zona para recuperar, desde los colores de la tierra, algo de su propio origen. Esa producción llegó a presentarse en el Museo del Ladrillo. Antes había trabajado a partir de las manos de su abuela y de una magnolia, entre otras imágenes que forman parte de su historia personal.

“Todo tiene su historia”, resumió. Y recordó que hubo un momento en el que decidió dejar de pintar aquello que otros le pedían para concentrarse en una obra propia. Hasta entonces, había realizado trabajos pensando en la venta y en las preferencias de quienes encargaban un cuadro. El corte con esa dinámica le permitió avanzar hacia una pintura más personal, guiada por sus experiencias y por aquello que la moviliza.
Pintar sin miedo a equivocarse
Esa concepción del arte también atraviesa su trabajo como docente. Recabarren no se siente cómoda con la idea de enseñar desde una posición rígida ni de imponer una única forma de hacer. Prefiere hablar de su tarea como la de una maestra, alguien que acompaña y ofrece herramientas para que cada persona encuentre su propio lenguaje.
“No me siento profesora, enseño como enseña un maestro. No hay una categoría, aprendo con ellos. Siento que en mis clases acerco y guío a las personas a una búsqueda interna para que se atrevan a expresar y autodescubrirse”, señaló.

Para ella, el taller es un espacio donde la experiencia se construye entre quien acompaña, quien pinta y la obra que empieza a tomar forma. “Obviamente que uno tiene las herramientas y la experiencia, pero el trabajo se hace con el otro y para eso está la instancia del taller. Ese mundo que ocurre entre la tela y la obra es necesario, uno aprende de eso”, explicó a Cacodelphia.
Su método parte de observar qué necesita cada persona. A algunos les propone trabajar sobre superficies amplias, con movimientos que involucren todo el cuerpo; otros se sienten más cómodos con formatos pequeños, un atril o un tablero. Si alguien se encuentra incómodo, cambia el espacio o la herramienta. La intención es abrir posibilidades y evitar que una dificultad inicial se convierta en un límite.
“Hay que lograr no imponer nada, sino abrir las posibilidades universales, ya que no existe una única manera de mirar”, afirmó.
En ese camino, el juego ocupa un lugar central. Recabarren observa que muchas personas llegan al taller anticipándose al juicio ajeno, con la idea de que no saben dibujar o de que necesitan una formación académica para hacer algo que valga la pena. Esa inseguridad, considera, está vinculada con una cultura que enseña a evaluar los resultados antes de permitirse experimentar.
“Me ha pasado de ver cómo los últimos chicos que pasaron por el taller se traban y entonces que algo de eso tiene que ver con el sistema y las redes que los han sistematizado tanto que lo primero que les sale es decir ‘no sé dibujar’ o terminan muy rápido”, contó Recabarren, quien recordó el proyecto del artista Pablo Lombardo ‘Gente que dice no saber dibujar’, que aborda esa misma dificultad. “Pablo dice que todos los días golpean la puerta y dicen ‘no sé dibujar, no fui a la facultad’, como si se atajaran ante el juzgamiento, ante lo que va a decir el otro. Hasta que eso se corta lleva un tiempo. Esa cuestión juzgadora nos juega siempre una mala pasada”, explicó.
Frente a esa respuesta, busca que el aprendizaje no se convierta en una prueba. En lugar de exigir un resultado, propone probar materiales, cambiar de escala, observar y descubrir qué despierta el interés de cada persona. “En este trabajo el juego lo ocupa todo”, dijo.
El tiempo de una obra
La observación también es fundamental en su propia producción. Recabarren describe la pintura como un diálogo que alterna momentos de impulso intuitivo con otros de distancia y reflexión. No se trata solamente de hacer, sino de mirar lo que se hizo, reconocer qué está pasando en el cuadro y decidir cómo continuar.
“Yo digo que entramos en un diálogo con la obra. Hay una instancia que tiene que ver con el tiempo de la pulsión de hacer, algo intuitivo que dice ‘andá por acá’. Después te corrés, tomás distancia, observás. Yo trabajo mucho con la observación; se toman decisiones, algunas son totalmente intuitivas”, explicó.
Esa alternancia entre intuición y análisis resulta especialmente importante en la pintura abstracta, donde el equilibrio de los colores, las manchas y los espacios define el rumbo de la composición. El color no funciona como un agregado ni como una elección aislada, sino como una decisión que modifica todo lo que viene después.
“Puedo empezar con un color, pero luego todas las decisiones tienen que ver con ese color. Porque si no me queda un gris, tengo que saber qué herramientas voy a utilizar para sacar la más adecuada en cada momento”, señaló.
El objetivo no es controlar cada detalle desde el comienzo, sino reconocer las posibilidades que aparecen durante el proceso. La obra avanza a medida que la artista observa, prueba y responde a lo que tiene delante, sin perder de vista las emociones que dieron origen al trabajo.
Una noche para pintar a oscuras
Esa invitación a salir de los hábitos y dejar de lado el temor al resultado también dio origen a “La noche de velas”, una propuesta que Recabarren comenzó a desarrollar hace dos años y que fue llevando a distintos espacios de la ciudad. La experiencia combina pintura a la luz de las velas, jazz en vivo, comida y vino, en un ambiente pensado para que quienes participan puedan crear sin preocuparse por la prolijidad ni por el dominio de una técnica.
La idea surgió de una pregunta sencilla: cómo lograr que las personas se animaran a expresarse, a pintar o incluso a decir una palabra. Antes había comenzado a trabajar con cursos de “Composición intuitiva”, en los que propone situaciones capaces de interrumpir la rutina y sacar a los participantes de sus formas habituales de hacer.
La luz tenue se convirtió en una herramienta para profundizar esa búsqueda. Al no poder ver con claridad lo que hacen, los participantes pierden parte del control sobre el resultado y dejan de concentrarse en si una línea quedó derecha o una mancha se salió del contorno.
“Pensé que ese ambiente sería propicio para que la gente pudiera venir a hacer algo, porque no ve y, al no ver, hace, pero no tiene el control. No sabe si le salió prolijo, manchado, fuera o dentro de la línea. De ese modo cortás con lo que tanto tiempo nos enseñó el sistema”, contó.
La propuesta utiliza muy pocos materiales. A veces alcanza con dos palitos y una superficie para trabajar. Las manchas, las líneas gruesas y las sombras reemplazan el dibujo minucioso, mientras la imaginación ocupa el lugar que habitualmente tiene la corrección.
“Todo se hace a la luz de la vela y con muy poco material. No necesitás la paleta de color. Si no ves nada, manejamos las manchas, las líneas a grosso modo, la mancha que termina formando una imagen. Con eso basta y la gente se atreve”, explicó.
La música en vivo, el vino y la comida acompañan la experiencia, pero la pintura conserva el centro de la escena. No es necesario tener conocimientos previos, sino aceptar la invitación a probar algo diferente, compartir con otros y descubrir qué aparece cuando se deja de buscar un resultado perfecto.
El arte como encuentro
El trabajo de Recabarren no se limita a su producción individual ni a las clases que coordina. También busca generar espacios donde el arte circule y se encuentre con otras personas. En octubre, el atelier que conduce reunió a 41 artistas en una muestra colectiva de pintura con 51 obras, organizada por la Dirección de Asuntos Culturales de la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires. La exposición se podrá visitar hasta el 21 de octubre, con entrada libre y gratuita.


La iniciativa se inscribe en una manera de entender la práctica artística como una actividad que necesita salir de los espacios habituales, generar vínculos y llegar a públicos diversos. Para Recabarren, el arte no debe quedar inmóvil ni reservado a quienes ya conocen sus códigos.
Su recorrido reúne así experiencias que, aunque distintas, comparten una misma búsqueda. La pintura abstracta, la enseñanza, la experimentación con los materiales y propuestas como “La noche de velas” invitan a correrse de las respuestas conocidas y prestar atención a lo que cada persona puede descubrir en el proceso.
“Desde siempre me gustó experimentar”, recordó al hablar de sus comienzos. Esa disposición sigue presente en su trabajo, tanto cuando observa cómo una mancha se transforma en una imagen como cuando acompaña a alguien que llega convencido de que no sabe dibujar.
Para Recabarren, el arte necesita movimiento, curiosidad y espacios donde sea posible probar sin miedo al juicio. “El arte hay que hacerlo mover”, afirmó. Una frase que resume su manera de trabajar y también la intención de abrir la pintura a nuevas experiencias, otros lenguajes y formas distintas de encontrarse con los demás.
