A los 77 años, Juan Falú continúa recorriendo el país con su guitarra, componiendo, enseñando y revisando una obra construida durante más de seis décadas. En La Plata presenta un proyecto que reúne dos libros y ocho discos conceptuales, pero también una manera de entender la música como memoria, encuentro, transmisión y búsqueda permanente. “La urgencia no sirve, menos para el arte”, sostuvo.

Juan Falú llega este viernes a La Plata con más de sesenta años de canciones, guitarras, escenarios, encuentros y búsquedas. La cita será a las 21 en Casa Metro, donde presentará un proyecto que reúne dos libros y ocho discos conceptuales, una suerte de archivo personal y artístico en el que conviven composiciones, relatos, partituras, letras y registros sonoros. Son alrededor de 150 obras que permiten recorrer distintas zonas de una trayectoria que nunca dejó de moverse.
Pero hablar con Falú es también entrar en una conversación donde la música aparece ligada a otras cosas: la memoria, la identidad, la amistad, el territorio, el aprendizaje, la transmisión y el paso del tiempo. Una conversación en la que el guitarrista tucumano vuelve una y otra vez sobre aquello que lo formó y sobre la necesidad de seguir buscando.
Uno de los libros que presenta es Tucumano soy, publicado por la Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán. Falú lo define como una ofrenda a la tierra donde nació en 1948 y que dejó hace medio siglo. El otro, Como otros Juanes. Guitarra y canción, editado por la Universidad Nacional de Villa María, reúne composiciones para guitarra y voz. Ambos trabajos incluyen partituras, textos, letras y registros sonoros, proponiendo que la obra pueda ser escuchada, leída y recorrida desde distintos lugares.
Una guitarra que se construyó en el camino
Falú reconoce que encontrar una identidad propia no fue un proceso planificado. En sus comienzos tuvo además el peso de tener un tío convertido en una figura central de la guitarra argentina: Eduardo Falú. Durante mucho tiempo sintió que esa referencia establecía una vara difícil de alcanzar.
“Si bien no me propuse nunca una manera planificada ni racional de lograr una identidad propia con la guitarra, se fue haciendo en el camino, es cierto, también, que al tener un tío que era y sigue siendo una figura sagrada de la guitarra, eso terminó siendo como un mandato un tanto difícil de sostener. Uno andaba siempre con la sensación de que no se puede llegar a ciertas estaturas”, dijo Falú.
Con los años, sin embargo, fue encontrando su propio camino, sus composiciones y su manera de tocar. “Hasta que encontré mi camino, mi música, mis composiciones, mi manera de tocar y estoy cómodo con esa identidad y con ese camino, me siento bien”, contó.
Esa construcción tampoco estuvo separada de las dificultades. La mirada de su padre durante aquella primera presentación pública quedó asociada para siempre a sus recuerdos. Falú contó que aquella impresión todavía lo acompaña, pero lejos de convertirla en un reproche, la relaciona con una exigencia que también reconoce como formadora: la necesidad de no conformarse y de intentar dar lo mejor de sí mismo.
“Soy el producto de mis propias angustias y de mis propias conquistas”, resumió.
La memoria ocupa, por eso, un lugar central en su manera de entender la música. Falú dice que cuando toca siente que está integrando aquel ayer con el presente. Los primeros encuentros musicales en Tucumán, las ruedas de amigos, las canciones compartidas y aquella relación entre amistad y música siguen formando parte de su manera actual de tocar.
“No me imagino otro modo de vivir la música o la vida misma que no sea desde lo memorioso”, afirmó.

Tucumán como territorio y como memoria
En Falú, Tucumán no aparece solamente como un lugar de nacimiento. Es también una experiencia que permanece. Allí comenzó a tocar la guitarra siendo niño, escuchó los discos de su padre y aprendió a vivir la música en las reuniones con amigos.
Cuando vuelve, todavía busca a quienes quedaron de aquellos años para repetir esos encuentros. La noche, las conversaciones, las risas y las emociones funcionan como una manera de recuperar una experiencia que ocurrió seis décadas atrás.
También aparece el Tucumán atravesado por la militancia y por los cambios políticos y sociales. Todo aquello, dice, dejó “una huella profundísima”.
Esa relación entre memoria y creación se profundizó durante el exilio. Después del golpe militar de 1976 y del secuestro de su hermano Lucho, Falú debió abandonar el país y se instaló en San Pablo. Aquellos ocho años fueron una experiencia difícil, pero también el momento en que comenzó a componer de manera sostenida.
“Ahí nació el compositor”, recordó. En Brasil surgieron obras que todavía forman parte de su repertorio y, según explicó, allí comenzó a encontrar una identidad propia.
Cuando regresó en 1984 lo hizo con un repertorio propio. Poco después publicó Con la guitarra que tengo, un disco que considera su “carta de presentación” y que marcó el comienzo de una segunda etapa de su vida musical. Este año se cumplen cuatro décadas de aquella publicación.
“Lo que uno descubre cuando revisa viejas composiciones es justamente el camino que hizo, como por ejemplo, como me fui desprendiendo de la estética de Eduardo Falú y encontrando otras. También me pasa al revés, siento una repetición y un estancamiento que me pone muy mal y empiezo a proponerme que tengo que estudiar qué tengo que elevar el techo, estoy por cumplir 78 años y todavía sigo pensando que todavía tengo que estudiar algo, porque comprendo mis limites, porque no fui un tipo estudioso fui un bicho raro muy intuitivo, muy espontaneista, y hasta hoy me hacen preguntas que no sé responder, qué me pasa cuando toco, hay gente que piensa un modo de vivirla a la música que le gustaría descifrarlo y yo no tengo respuesta para eso”, dijo Falú.
“En ese andar he sentido los avances y también los estancamientos, no digo retroceso, porque eso no lo siento, al menso que sea un retroceso hacia formas tradicionales de nuestra música que me encanta recuperarlas. Uno tiene a veces periodos de compunción por la originalidad en las composiciones, en los arreglos y me di cuenta que con el tiempo hay como un empate entre la idea nueva y la vieja y me encanta que se reúnan en una misma composición”, contó Falú
Una guitarra que habla de muchas guitarras
Falú también vuelve sobre una idea que atraviesa buena parte de su trabajo: la necesidad de pensar la guitarra como expresión de distintas culturas y territorios.
Abel Fleury, Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú aparecen como tres referencias fundamentales para la guitarra solista vinculada al repertorio folklórico. Pero no son las únicas. También reivindica las guitarras cuyanas, la guitarra del tango, la de Roberto Grela, la guitarra pampeana y el florecimiento que observa actualmente en la región del litoral.
“Desde ya que hay que mencionar a las guitarras cuyanas, como la guitarra del tango, la guitarra de Grela, son extraordinarias, como la guitarra pampeana es extraordinaria por la sonoridad y la gravedad, y actualmente la guitarra en la región del litoral esta también en un florecimiento extraordinario”, destacó.
Para Falú, esa diversidad forma parte de una tradición que no está quieta.
Desde esa perspectiva nació Guitarras del Mundo, el festival que acaba de iniciar su edición número 32 sin interrupciones. La idea surgió después de que Falú recorriera distintos países y comprobara la existencia de festivales dedicados al instrumento. Le propuso entonces a quien era secretario de Cultura, Pacho O’Donnell, crear uno en Argentina.
La iniciativa se articuló originalmente mediante una cogestión entre el Estado y UPCN. Según explicó Falú, esa modalidad se interrumpió durante el actual gobierno y actualmente el festival se sostiene con el sindicato, el público y los propios guitarristas.
“En este momento el Festival esta sostenido por UPCN, el publico y los y las guitarristas que son cada vez más. Se trata de un encuentro que consideramos importante, valioso, Federal y muy amoroso desde el punto de vista que la protagonista es la guitarra y no quienes la tocamos”, dijo.
Falú destacó especialmente el carácter federal del encuentro y una decisión que considera fundamental: que la protagonista sea la guitarra y no quienes la ejecutan.
“Es un festival despojado de posturas intelectuales, de esponsoreos mediáticos, que conquisto su espacio a fuerza de un gran amor por la guitarra y también porque le dimos una marca Federal muy importante no es un festival acartonado en el sentido que se va a escuchar la misma partitura que se pone de moda o los programas más clásicos, sino que es más arraigado en la cultura lo que suena en el marco del festival”, explicó y reivindicó que las guitarras que participan puedan funcionar como mensajeras de las culturas regionales y de los pueblos representados por cada músico.
El arte no puede quedar atado a la coyuntura
Esa mirada también aparece cuando habla de la guitarra solista y de la relación entre arte y circulación cultural.
Para Falú, pensar que no existe lugar para la guitarra solista es una creencia equivocada. Frente a la lógica de las modas y de la información mediática, plantea la necesidad de generar espacios que permitan acercar otras músicas y otras expresiones artísticas.
“Hay que animarse a hacer pedagogía desde la política y mostrar todas las bondades del arte”, sostuvo. Su planteo parte de confiar en la sensibilidad de las personas para acercarse a una buena música, una guitarra, una poesía, una película o un libro. Para él, esa también es una forma de disputar sentidos en el terreno cultural.
Enseñar no es solamente transmitir conocimientos
La docencia ocupa otro capítulo importante de su trayectoria. En los años 90 Falú participó de la creación de una materia de Música Argentina en el Conservatorio Manuel de Falla, que se incorporó como obligatoria para los estudiantes. Más adelante creó allí la carrera de Música Argentina de Tango y Folklore y luego participó en la creación de una diplomatura y una licenciatura en la Universidad Nacional de San Martín.
Después de más de treinta años dedicado a la enseñanza, dijo sentirse orgulloso de haber contribuido a esos espacios. Pero también planteó algunas preguntas sobre el camino que siguieron las instituciones.
Falú advirtió sobre el riesgo de que las instituciones educativas terminen burocratizándose y que la enseñanza musical vuelva a quedar reducida a la partitura como única vía de transmisión.
La diferencia que establece es entre transmitir conocimientos y transmitir saberes. Para él, una formación académica no debería desplazar los conocimientos construidos en la experiencia, en los territorios y en las propias comunidades.
Por eso utiliza una imagen contundente: se puede enseñar a través de internet a tejer un poncho, pero ese poncho no será el mismo que el que teje una artesana catamarqueña. Hay allí un mundo sensible, histórico y emocional que también forma parte del saber.

Contra la urgencia
Falú habló de la ansiedad por el éxito, por el aplauso, por el disco inmediato y por la composición urgente como parte de un vértigo contemporáneo que, a su entender, entra en contradicción con los tiempos propios del arte.
“Aprender lleva tiempo y hay que asumirlo”, sostuvo. Y agregó que enseñar también implica transmitir una filosofía frente al arte y una manera de vivir el tiempo.
“La urgencia no sirve, menos para el arte”, dijo.
Su planteo no se limita a la música. Habla de una manera de relacionarse con la creación que exige paciencia, maduración y capacidad para atravesar los momentos de búsqueda sin la necesidad permanente de obtener un resultado inmediato.
Esa búsqueda también atraviesa su propia obra. A los 77 años, Falú todavía habla de estudiar, de reconocer sus límites y de evitar la repetición. Cuando revisa composiciones antiguas puede reconocer el camino que recorrió para desprenderse de determinadas estéticas y encontrar otras. Y cuando siente que aparece el estancamiento, vuelve a estudiar.
En ese movimiento entre lo nuevo y lo antiguo encuentra una posibilidad creativa: que ambas cosas puedan convivir en una misma composición.
La música como comunión
Falú habló también de la relación entre quien toca y quien escucha como una comunicación que prefiere llamar “comunión”. Sin esa conexión, dijo, tocar la guitarra se vuelve frustrante.
Después de tantos años, reconoció que existe un público que se acerca porque encuentra una determinada manera de entender la música y que esa relación constituye una de las marcas fundacionales de su recorrido.
Desde Tucumán hasta el exilio, desde aquellas primeras ruedas de amigos hasta los escenarios actuales, desde la composición hasta la docencia y la creación de Guitarras del Mundo, la trayectoria de Juan Falú parece construirse alrededor de una misma búsqueda: encontrar una voz propia sin romper el vínculo con las voces que llegaron antes.
Una búsqueda que todavía continúa.
Porque para Falú llegar no significa haber terminado. Al contrario, cree que pensar que uno ya llegó puede ser una forma de dejar de buscar. Por eso, incluso después de seis décadas de música, todavía se permite dudar, estudiar, revisar, cambiar y volver a empezar.
