César Palumbo, teatrista y admirador de su obra, reflexiona sobre la vigencia del poeta granadino, su mirada sobre las mujeres, el deseo y la libertad, y la capacidad de un teatro que sigue invitándonos a pensar el mundo.

El 19 de agosto de 1936, Federico García Lorca fue asesinado por el fascismo español. Tenía 38 años y una obra que ya había comenzado a transformar la poesía y el teatro. Poeta, dramaturgo y hombre comprometido con su tiempo, entendió que el escenario no podía permanecer ajeno a las injusticias ni a las amenazas contra la libertad. Noventa años después, sus textos siguen representándose en todo el mundo y sus personajes continúan poniendo en escena conflictos que atraviesan nuestra sociedad.
Para César Palumbo, teatrista y profundo admirador del autor, esa permanencia tiene que ver con la amplitud de su mirada. “Lorca habla del amor, del deseo, de la muerte, de la amistad, de las frustraciones, de la injusticia. Federico tiene toda esa mirada”, sostuvo al repasar una obra que atraviesa distintos aspectos de la experiencia humana y que, lejos de quedar encerrada en su época, sigue abriendo preguntas.
Basta recorrer títulos como “Bodas de sangre”, “Yerma” y “La casa de Bernarda Alba” para encontrar algunos de los grandes temas de su teatro. El deseo, la represión, la violencia, las desigualdades sociales y la lucha por la libertad aparecen en historias donde los personajes chocan contra las normas de una sociedad que pretende decidir cómo deben vivir, amar y sentir.
Una mirada que reivindicó a las mujeres
Uno de los aspectos que más atraen a Palumbo es la manera en que Lorca construyó sus personajes femeninos y puso en discusión los mandatos de su tiempo. En sus obras, las mujeres no son figuras secundarias, sino protagonistas de conflictos atravesados por el deseo, la frustración y la búsqueda de autonomía.
“Estamos hablando de 90 años de la muerte de Federico, quien reivindicaba a la mujer, como en ‘Yerma’, por ejemplo, donde la mujer debía ser reproductora y no tenía otra actividad que tener hijos y estar en su casa”, señaló el teatrista. Y agregó que esa perspectiva también aparece en otras obras, como “Mariana Pineda” y “La monja gitana”.

Sobre esta última, Palumbo destacó la rebeldía de un personaje que cuestiona el destino que le fue asignado. “Es hermoso que muestre en esa época esa rebelión, que lo haya pensado y lo haya propuesto. Me parece una cosa hermosísima”, expresó.
Esa dimensión de la obra también tiene un correlato en su propia experiencia teatral. Palumbo recordó que, cuando comenzó a hacer teatro, era más difícil que las mujeres se acercaran a estudiar y participar de la actividad. Con el paso de los años, esa realidad cambió y hoy su grupo está integrado por mujeres de distintas edades. “Nos atrajo mucho el tema de la reivindicación de la mujer que encontramos en las obras de Federico”, explicó.
El crimen y una obra que sobrevivió al silencio
El asesinato de Lorca fue uno de los episodios más dolorosos de la represión franquista. En los archivos policiales del régimen, el poeta aparecía señalado como socialista, masón y homosexual, condiciones que lo convertían en blanco de la persecución. Su muerte, ocurrida en Granada durante las primeras semanas de la Guerra Civil española, continúa rodeada de interrogantes sobre las circunstancias exactas del crimen y el destino de sus restos.
Palumbo recordó que Lorca buscó refugio en la casa de su amigo Luis Rosales, en una época de creciente violencia política. “Había llegado en busca de protección, confiando en que los hermanos, como eran falangistas, le podrían brindar seguridad. Y al parecer, no se sabe bien, fueron ellos quienes lo denunciaron”, contó, al reconstruir una de las versiones sobre aquellos días.
También mencionó otra historia que circula en torno a la decisión del poeta de regresar a Granada, vinculada a una relación amorosa y a la posibilidad de viajar al exterior. Son relatos que forman parte de las distintas reconstrucciones de sus últimos días, aunque no todos sus detalles pueden darse por confirmados.
La muerte impidió que Lorca viera estrenadas algunas de sus obras y que conociera la dimensión que alcanzaría su legado. “La casa de Bernarda Alba”, escrita en 1936, llegó a los escenarios después de su asesinato y tuvo su estreno mundial en Buenos Aires, en 1945. En ella, la autoridad, el encierro y la represión del deseo componen un universo donde las imposiciones pueden silenciar a las personas, pero no consiguen borrar aquello que sienten.
Palumbo encuentra allí una de las claves de su vigencia. “Te pueden encerrar, te pueden incluso matar, pero el deseo está ahí, y Lorca lo pone en escena”, afirmó.
Un clásico que sigue hablando del futuro
La relación de Palumbo con Lorca no se explica fácilmente. Cuando se le pregunta qué fue lo que lo atrajo de su obra, responde sin buscar una definición demasiado elaborada. “No podría decir qué fue lo que me gustó de Lorca”, reconoció. “Me vuelvo loco con toda su obra”.

Esa admiración también se sostiene en la diversidad de su producción. Palumbo recordó el “Romancero gitano” y poemas como “La muerte de Antoñito el Camborio” y “La monja gitana”, ejemplos de una escritura capaz de reunir música, imágenes, conflictos sociales y una profunda sensibilidad hacia sus personajes.
Pero es en el teatro donde encuentra una de las razones centrales de su permanencia. Lorca comprendió que la escena podía ser mucho más que entretenimiento, que podía poner en discusión las convenciones sociales y abrir un espacio para las voces sometidas. Su teatro no ofrece respuestas cerradas, sino que expone las contradicciones de una sociedad que pretende controlar la vida de las personas.
“Lorca habla del futuro y eso es lo que más nos sigue atrayendo de su obra"
“Lorca habla del futuro y eso es lo que más nos sigue atrayendo de su obra", sostuvo Palumbo. “En todo el mundo se sigue haciendo Lorca, porque tiene la simpleza de los grandes”, añadió en Cacodelphia.
Para el teatrista, su lugar en la historia de la dramaturgia está a la altura de figuras como Bertolt Brecht, William Shakespeare, Molière y Antón Chéjov. No se trata solamente de reconocer la importancia de un autor del pasado, sino de advertir que sus obras siguen ofreciendo herramientas para mirar el presente.
A noventa años de su asesinato, Lorca continúa en los escenarios, en los libros y en las preguntas que deja abiertas. Su teatro habla de la libertad, de las desigualdades, de las mujeres que desafían los mandatos y de los deseos que sobreviven incluso a la violencia. Quienes intentaron silenciarlo no pudieron impedir que su voz siguiera viajando de generación en generación.
“Sus obras nos siguen invitando a mirar el mundo”, concluyó Palumbo. Quizás ahí resida una de las razones más profundas de su permanencia. Federico García Lorca murió a los 38 años, pero su teatro sigue vivo, recordándonos que ninguna época consigue clausurar para siempre las preguntas por la libertad, la dignidad y el derecho a vivir sin miedo. Y que, frente a una ausencia que todavía reclama respuestas, una pregunta sigue resonando: ¿dónde está Lorca?
