El músico presenta su cuarto disco, una obra de raíz bonaerense, íntima y profunda, producida por Patricio Gómez Saavedra, donde la guitarra, la voz y el tiempo de maduración ponen en el centro a la canción.

Nacido en Villa Constitución y con un largo recorrido en La Plata, Oscar Simiani no se define solo por su obra musical: su trayectoria lo ubica como un trabajador de la cultura que, además de componer, genera espacios, redes y comunidad. En ese marco, presentó en el auditorio de la Facultad de Artes su cuarto trabajo discográfico, “De andar, nomás”, un disco compuesto por ocho canciones propias que recorren distintos ritmos de la música popular —bailecito, huella, chacarera, triunfo, tonada, gato, zamba y milonga—, con la guitarra y la voz como eje y el pulso del bombo legüero marcando el camino.
Con producción y dirección musical de Patricio Gómez Saavedra, y la participación de músicos como Juan Pablo Piscitelli y Pablo Vignati, el álbum muestra una nueva etapa en su búsqueda: menos ligada al paisaje del río y más anclada en la pampa bonaerense, sin perder profundidad ni identidad.
“La música es mi trinchera, desde donde puedo pelearle un poco a este tiempo y también defenderme. Es el lugar que encuentro para decir algunas cosas y, en ese decir, encontrarme con otros que miran, piensan y sufren estos tiempos de la misma manera. Si no hiciera música, me ganaría la decepción y la tristeza; me quedaría encerrado. Y estos son tiempos para abrirse, para ir hacia el otro, para juntarnos y salvarnos de manera colectiva. Fandermole decía en una entrevista que tenía una ‘esperanza activa’, y de eso se trata”, sostuvo Simiani.
Esa dimensión colectiva también se reflejó en la recepción del disco: “En este trabajo me pasó algo hermoso: hice una preventa y me fue tan bien que pensé que detrás de todo esto no estaba solo la gente que me conoce, sino también una necesidad de transitar algo colectivo, de ser parte de algo que nos haga sentir bien, que nos lleve a un lugar de encuentro con otros. Me gusta pensarlo así —quizá porque quiero creerlo—, pero lo cierto es que me llamó la atención esa necesidad de lo colectivo. Tal vez haya una neblina de información que no deja verla con claridad, pero está ahí, subyace. Quizá haya que mover algunas cosas para que aparezca. Y esa es, justamente, la esperanza activa que nos puede salvar”.
Un taller que se volvió canción
El repertorio del nuevo material es el resultado de una experiencia compartida de aprendizaje, intercambio y creación colectiva. En ese sentido, el músico explicó: “Se trata de ocho canciones que surgieron como trabajo dentro de un taller de la canción surera que aborda los ritmos y a los autores de la provincia de Buenos Aires, que lleva adelante Octavio ‘Tato’ Tajan, con Lucho Guedes y Nicolás Ciocchini. Como resultado final de ese proceso fuimos componiendo estas piezas, que hoy forman parte del disco. Son canciones nacidas en ese espacio colectivo, del que también surgieron trabajos como los de Marina Piñol y Fer Merlo”.
En paralelo a la experiencia colectiva, el proyecto también se apoyó en una búsqueda estética previa que fue tomando forma a partir del trabajo sostenido con Patricio Gómez Saavedra. En relación con esa construcción artística y la dinámica que los une, el músico señaló que “antes del taller, con Patricio —con quien trabajo de manera constante— ya teníamos la idea de hacer un disco cuya sonoridad estuviera centrada en las cuerdas de las guitarras. A partir de esa búsqueda, nos propusimos atravesar la rítmica del folklore bonaerense, con un carácter íntimo que surge justamente de esa combinación esencial de guitarra y voz”. Sobre el modo de creación que comparten, agregó: “Yo compongo las canciones, las escribo y le paso las melodías; y Patricio las lleva a otro lugar. Es un arreglador y productor musical extraordinario”.
“Para el que mira sin ver, la tierra es tierra no más”, decía Yupanqui, y Simiani retoma esa idea como una clave que atraviesa gran parte del disco para pensar su propia mirada sobre el paisaje pampeano y su vínculo personal con él. “Me propuse mirar con toda la profundidad posible un territorio que no es tan ajeno para mí, ya que viví muchos años en el campo porque mi papá era puestero en una estancia cerca de Balcarce, en plena pampa agraria, así que algunos rasgos de esa impronta han atravesado mi vida. Sin embargo, es cierto que ritmos como el triunfo o la huella, por momentos, me resultaban un poco lejanos”.
El desplazamiento estético hacia la pampa no fue solo una elección sonora, sino también un proceso de descubrimiento y búsqueda de sentido dentro del propio repertorio. En ese recorrido, Simiani aseguró que “fue un desafío ver cómo abordar estos ritmos, que por momentos me parecían lejanos, hasta que entendí que no lo eran tanto”, y agregó: “También se trataba de encontrar qué contar dentro de esas melodías, de lograr que lo personal no quedara ajeno a una temática vinculada a lo pampeano. De ese modo apareció el silencio, la lejanía, los molinos, el camino, el destino”.
La canción en el centro
La construcción del sonido del disco fue un trabajo minucioso, donde cada decisión buscó equilibrar tradición y búsqueda de nuevas formas, sin perder el anclaje en el lenguaje del folklore. En ese proceso, tanto los arreglos como el trabajo de estudio ocuparon un rol central. “Buscamos una sonoridad simple, aunque a la vez compleja. Queríamos mantener ese costado tradicional, pero incorporando algo de novedad, sobre todo a partir de los arreglos de Patricio. El bombo aporta una resonancia que ancla las canciones en el folklore”, dijo a Cacodelphia.


En esa búsqueda, también hubo un aprendizaje personal: “Sentía que las canciones pedían una sonoridad centrada en las cuerdas, con guiños a las guitarras de Alfredo Ábalos y una milonga más cercana a Zitarrosa que a Yupanqui, sumando también matices cuyanos. Busqué esa combinación de guitarra y voz que genera una intimidad muy ligada a la pampa, a ese hombre a solas con el paisaje, casi en diálogo con él. Eso implicó un desafío y un aprendizaje al cantar, ya que la voz queda en primer plano, expuesta, casi indefensa. Pero entendí que la canción bonaerense exige esa entrega y asumí el riesgo”, sumó.
El trabajo en estudio —realizado por Juan “Ponche” Abraham en el Conservatorio Gilardo Gilardi— también fue clave: “El conservatorio es un lugar precioso y Ponche hace todo más fácil, porque además de conocer la técnica y contar con buenos equipos, es músico: tiene una gran oreja y toca el contrabajo y el bajo. Es un combo realmente valioso. Además, ya tiene una forma de trabajo consolidada con Patricio, lo que reduce tiempos en el estudio —unas diez horas menos—, algo que termina siendo muy importante también en lo económico”.
Desde la producción, Patricio Gómez Saavedra aportó su mirada: “El proceso creativo estuvo muy centrado en la búsqueda de sonido. Este es el tercer disco que comparto con Oscar en ese camino de hacer lucir la canción y, con el tiempo, fuimos construyendo una confianza y un vínculo cada vez más sólido”. Y agregó: “Aunque los tres discos son distintos entre sí, hay una matriz común: un lenguaje que fuimos construyendo con los años, el estudio y el intercambio con otros músicos. El punto de partida sigue siendo el mismo: la escucha, el análisis, darle tiempo a la maduración y pensar cada detalle —cada nota, cada arreglo— poniendo siempre a la canción en el centro”.
En este trabajo, contó Gómez Saavedra, la decisión estética fue más acotada: “A diferencia de los trabajos anteriores, donde exploramos búsquedas tímbricas y formaciones más diversas, en este disco Oscar planteó una sonoridad más enfocada en las guitarras. Eso me resultó un desafío interesante, porque es el instrumento que más conozco, y esa libertad me permitió trabajar con distintos formatos: tríos, dúos y guitarras solistas, siempre acompañando la voz. En algunos temas sumamos el bombo legüero, con Pablo Vignati, y también participó Juan Piscitelli, con quien tengo una relación musical de más de quince años, lo que hizo todo más fluido”, dijo.
“Se trata de un disco más austero, y eso también lo volvió más desafiante: con menos recursos, la voz y las guitarras quedan más expuestas y no hay dónde esconderse. Estoy muy contento con el resultado, fue un proceso de trabajo muy significativo. Y, además, que se haya editado en formato CeDe en estos tiempos le suma un valor especial, una decisión que valoro mucho”, concluyó.
Para Simiani, el vínculo con su productor es también humano: “Me parece que lo que Patricio aporta en todo este tiempo que venimos trabajando juntos va mucho más allá de acercar un arreglo a la canción: hay charlas, intercambio de conocimientos, confianza y una apertura donde cada idea que aparece siempre está en función del trabajo. No hay lugar para egos; al contrario, siento que este vínculo me ha dado un gran aprendizaje, porque puedo decir con libertad lo que busco y lo que él devuelve siempre me lleva a otro lugar”.
“Hay días en los que incluso solo conversamos sobre los valores con los que miramos la música y a distintos artistas; no se trata únicamente de juntarnos a trabajar melodías. Patricio no es solo un productor musical: aprendí a reconocer por dónde vibra con su mundo sonoro, y me gusta explorar ese territorio que propone. Es como una puerta nueva que se abre hacia el conocimiento musical”, explicó el músico santafesino.
El proceso creativo también estuvo atravesado por el aprendizaje: “La intuición a veces te lleva por caminos que, cuando uno estudia, quizá no transita por ciertos preconceptos; pero el estudio también ordena y permite esquematizar formas de trabajo”, expresó Simiani. “Por ejemplo, yo nunca me había propuesto escribir de manera constante durante la semana, y ese ejercicio que me brindó el taller —encontrar un método, un sistema para escribir— abrió otro mundo que complementa lo musical. El taller, impulsado por ´Tato´ Tajan, con quien hice mí primer disco, me dio la posibilidad de ir más allá de lo que me ofrecía la intuición: me ordenó, me llevó a estudiar y a analizar la obra de artistas como Hamlet Lima Quintana. Ahí descubrí un universo enorme para explorar, que me permite acercarme a otros ritmos con mayor conocimiento de la temática de la canción y, desde ese lugar, ver qué es lo que puedo decir yo”.
El arte, el disco y la experiencia de la música
El universo visual del disco se integra de manera directa con la idea de encuentro y trabajo compartido que atraviesa todo el proyecto. En ese sentido, Simiani destacó una colaboración particular con una artista plástica que se dio a la distancia, pero con resultados profundamente conectados. “Es el segundo disco que trabajo con Viviana Rivadeo Monteros esta artista plástica tucumana, con la particularidad de que no nos conocemos personalmente, y aun así han pasado cosas muy lindas: le envié las letras y, a partir de eso, desarrolló toda la gráfica del disco. Me hace muy feliz encontrar esa conexión entre la plástica y la música, esos vasos comunicantes, y además he recibido devoluciones muy valiosas sobre su trabajo”, contó.
El nuevo material de Oscar Simiani fue editado en formato físico en un contexto en el que cada vez son menos los discos que circulan fuera de las plataformas digitales. En ese sentido, el músico reivindicó una forma de entender la música que excede lo estrictamente sonoro y la vincula con lo gráfico, lo estético y la experiencia material del objeto. Sobre esa idea, señaló: “Creo que en la música pasa algo similar a lo que ocurre con el libro: para quien es lector, resulta difícil leer en una pantalla, porque hace falta esa conexión del sentir, del tacto, de tener algo en la mano, algo que produce una experiencia que la pantalla no logra generar. Con la música sucede algo parecido, ya que hay un concepto integral que no es solamente lo sonoro, sino que involucra otras dimensiones: la sensación de tener el disco en la mano, abrirlo, leer la información, saber quiénes tocaron, completar ese recorrido y disfrutar del arte de tapa. Todo eso forma parte de la experiencia y son cosas que las plataformas no brindan, porque no les interesa hacerlo”.
En línea con esa defensa del formato físico y de la experiencia integral de la música, Simiani también se refirió a las acciones colectivas que buscan sostener ese universo cultural frente al avance de lo digital. “Hay mucha gente que viene peleando para que eso no se pierda; nosotros también damos esa pelea, por ejemplo desde la Asociación Profesional de Músicxs, desde donde hemos reflotado la asociación Cucha!. Es una lucha sutil, pero muy desigual”.
Finalmente, Simiani cerró con una reflexión que condensa el espíritu del álbum y su posicionamiento artístico. “En un contexto donde mucha gente la está pasando mal, siento que no se puede ser pasivo: hay que ser sensible y ver cómo, desde este lugar, uno puede aportar un mensaje. En estos tiempos tan revueltos, donde a veces predominan la amargura y la desazón, la música ha tomado un rol protagónico, y habrá que seguir insistiendo en que es por ahí”.
