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El Conservatorio Gilardi homenajeó a Miguel Ángel Estrella con una jornada atravesada por la memoria y la música

En el marco de los 50 años del golpe de Estado, estudiantes y docentes protagonizaron un emotivo reconocimiento al pianista argentino, recuperando su legado artístico y su compromiso con los derechos humanos.

En una jornada cargada de emoción y reflexión, el Conservatorio Gilardo Gilardi llevó adelante un homenaje a Miguel Ángel Estrella, figura central de la música argentina y referente ineludible en la defensa de los derechos humanos. La actividad se inscribió en el conjunto de propuestas impulsadas por la institución a 50 años del último golpe de Estado, donde el arte volvió a ser vehículo de memoria.

La iniciativa reunió a estudiantes, docentes y público en torno a un concierto que tomó como punto de partida el Día Mundial del Piano —celebrado cada 28 de marzo—, pero que este año adquirió un sentido particular. “Se nos vino a la memoria Miguel Ángel Estrella”, explicó la docente Gabriela Bantar, una de las impulsoras de la propuesta, al dar cuenta del origen de la actividad.

El encuentro combinó interpretaciones musicales con momentos de reflexión sobre la vida y obra del pianista, atravesadas por su historia personal marcada por la persecución, la detención y la tortura durante las dictaduras del Cono Sur. En ese marco, se recuperó no solo su trayectoria artística, sino también su concepción de la música como herramienta social. “Pensamos en reconocer a un pianista que, a partir de experiencias tan difíciles, pudo sostener una vida de amor por el instrumento y por la comunidad”, señaló Bantar.

Ese espíritu se vio reflejado en un repertorio diverso, donde convivieron obras de distintas tradiciones, en línea con la mirada de Estrella. “Miguel Ángel rompió con las fronteras que se presentaban como naturales, como la separación entre la música clásica y la popular. Si uno repasa su vida musical, esas músicas conviven en su piano”, contó Bantar, y agregó: “Ese fue uno de los motivos por los cuales también lo torturaban”.

Uno de los ejes del homenaje fue, precisamente, esa concepción profundamente humanista del arte. “No se trata solo de ver quién toca mejor, sino de qué nos hace humanos”, recuperó la docente, retomando una de las ideas más potentes del pianista. La actividad también dialogó con discusiones actuales dentro de la educación artística. “Hace tiempo que se busca mirar nuestra realidad social y geopolítica, preguntarnos qué tocamos y cómo interpretamos”, sostuvo.

En diálogo con Cacodelphia, Gabriela Bantar evocó el impacto de escuchar al propio Miguel Ángel Estrella relatar su historia en una charla brindada años atrás en La Plata, en el Coliseo Podestá. “Contó muchas cosas: cómo llegó a la música y también parte de lo que le hicieron. Es impactante escucharlo y entender que lo que nos pasa no nos sentencia. A él lo torturaron, le golpearon las manos y durante seis días sufrió simulacros en los que le decían que se las iban a cortar. Y, sin embargo, en lugar de quedarse en el odio —algo que él siempre resaltó—, decía que no podía odiar, porque su madre le había enseñado que ‘el odio era el derrumbe del alma’. Incluso, después de ser liberado, volvió a tocar para los presos en la misma cárcel donde había estado”, contó.

Durante su cautiverio, relató Gabriela Bantar, Miguel Ángel Estrella atravesó situaciones extremas: “Estuvo seis días en una casa clandestina y luego lo trasladaron al penal de Carrasco, donde el responsable utilizaba como método de tortura juntar a personas que no se llevaban bien. En ese contexto, a quien compartía la celda con Miguel Ángel le molestaba especialmente que rezara todos los días. Sin embargo, con el tiempo, terminaron haciendo un pacto para que no los separaran. Eso es importante para destacar, porque pone en evidencia que no es solo música, sino la dimensión del ser humano incluso frente al horror”.

La dimensión musical de esa mirada también se hizo presente en anécdotas que dan cuenta de su forma de entender el arte. “En esa misma charla, donde terminó tocando un estudio de Chopin, contó que en los concursos se ponía muy nervioso, al punto de pedirle al jurado si podía tocar primero una de sus zambas favoritas. Le dijeron que sí y, después de eso, pudo interpretar la obra del certamen. Es decir, la música popular estuvo siempre presente en su recorrido”, relató Bantar. Y añadió: “Miguel Ángel era muy amigo de Atahualpa Yupanqui, y muchas veces quienes escuchan solo a Yupanqui —sin entrar en el diálogo que su música tenía con compositores como Beethoven o Chopin— no saben que él era un gran admirador de Mozart. Es decir a veces dividimos cosas que en realidad no están tan separadas”.

En ese recorrido vital también apareció la figura de su maestro, Olivier Messiaen. “Hay una cuestión interesante en su vida que no siempre se resalta. Entre sus grandes maestros estuvo Messiaen, quien fue capturado por los nazis, y ahí aparece un punto en común entre ambos. Los dos eran cristianos, y eso también fue un problema. Cuando detienen a Miguel Ángel —que era muy católico—, él mismo cuenta que lo que lo sostenía era Dios”, explicó Bantar.

“Messiaen, fue uno de los grandes compositores del siglo XX. Cuando estuvo prisionero, compuso el ‘Cuarteto para el fin de los tiempos’ dentro del campo de concentración, con los músicos que tenía a su alrededor. Esa obra se interpretó allí mismo, incluso con nazis entre el público, y luego él fue liberado y se convirtió en uno de los maestros de Miguel Ángel”. Y concluyó: “Es una referencia por su nivel compositivo, pero creo que lo que los unía era ese punto en común tan complejo: lo que a uno le tocó vivir con el nazismo y al otro con las dictaduras del cono sur”.

En el marco del cincuenta aniversario del golpe de Estado, el Conservatorio desarrolló diversas actividades en torno a la memoria, entre ellas el descubrimiento de placas en homenaje a integrantes de la comunidad detenidos-desaparecidos y la proyección de un documental sobre las víctimas del terrorismo de Estado. En ese contexto, el homenaje a Miguel Ángel Estrella se consolidó como un espacio de encuentro entre generaciones, donde la música funcionó como puente entre la historia y el presente. “Es imposible pensar su figura separada de lo que vivió”, afirmó Gabriela Bantar.

Más que un tributo, el encuentro se convirtió en una reafirmación de los valores que el pianista sostuvo a lo largo de su vida: la música como herramienta de transformación, la defensa de la dignidad humana y la construcción de una comunidad más justa.

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