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Marcos Montes presenta “Un mundo guardado”: la escucha como forma de resistencia

El actor, cantor y músico lleva al disco su recorrido por la obra de Atahualpa Yupanqui y construye, desde sus propias palabras, una mirada profunda sobre su poesía, su visión de mundo y su lugar en la actualidad.

Después de más de tres décadas de vínculo con la obra de Atahualpa Yupanqui, Marcos Montes decidió dar un paso que durante años postergó: grabar ese repertorio. El resultado es “Un mundo guardado – Canciones y poemas de Atahualpa Yupanqui”, un trabajo que sintetiza un largo proceso de búsqueda, escucha y maduración.

El disco será presentado el sábado 2 de mayo a las 20 en el Centro Cultural Borges (Viamonte 525, CABA), con entrada libre y gratuita por orden de llegada. Las localidades se entregarán una hora antes del espectáculo.

El origen de ese camino se remonta a una experiencia fundante. Fue hace más de treinta años, cuando Montes asistió a un homenaje de Suma Paz en el Teatro Nacional Cervantes. “Lo que me conmovió aquella vez que vi a Suma fue su sobriedad y su ejemplo: esa forma de enseñar sin bajar línea ni convencer, sino simplemente siendo. Fue una presentación totalmente sentida, muy genuina; recuerdo que apenas entró dijo: ‘Hay un aromo nacido en la grieta de una piedra, parece que la rompió pa’ salir de adentro’. En esos versos sentí que se me revelaba una poesía desnuda, básica, profunda y simple, que cualquiera dispuesto a escuchar podía entender, sin misterios ni dobles fondos, pero con una capacidad infinita de multiplicación metafórica”, recordó.

Al evocar la figura de Suma Paz, Marcos Montes no solo destacó su lugar dentro del legado yupanquiano, sino también el impacto decisivo que tuvo en su propio recorrido artístico. “Suma Paz –dijo- fue la única discípula de Atahualpa Yupanqui, su discípula más genuina. Tenía una convicción y una entereza poco comunes, y fue una de las voces que mejor supo habitar el universo yupanquiano, aportando siempre una mirada propia. Dentro de ese legado, eligió con claridad qué tomar y qué no del repertorio de Yupanqui, construyendo así un camino artístico profundamente personal”, dijo. Y agregó: “La recuerdo aún en aquel concierto, que habrá durado poco más de una hora, sin poder entender del todo el mundo que se me estaba revelando. Y, al mismo tiempo, sentí que allí estaba encontrando qué era lo que quería comunicar: qué tipo de música, qué tipo de poesía, qué tipo de pensamiento y qué valores a través del arte. Fue, aquello, sin dudas, una revelación”.

Sin embargo, ese descubrimiento necesitó tiempo para convertirse en práctica. “Cuando vi a Suma Paz encontré algo muy profundo, pero supe que necesitaba volver a la guitarra e interiorizarme en ese repertorio. Eso me llevó años: siempre estuvo presente, aunque al principio no me ocupaba de lleno. Recién con el tiempo pude hacerlo”, contó a Cacodelphia. Ese proceso se extendió durante unos quince años, atravesado por su intensa carrera como actor —con trabajos en teatro, cine y televisión, y una larga etapa en Francia junto a Alfredo Arias— y por sus viajes al exterior.

Este espectáculo, que ahora llega al disco, ya recorrió escenarios muy diversos, desde Argentina y Uruguay hasta Francia, Alemania, Irlanda y España, atravesando distintos contextos y cruces culturales. “Nunca pensé que iba a grabar este repertorio; imaginaba que sería siempre un intercambio en ámbitos teatrales, algo ligado al vivo, porque ahí funcionaba muy bien. Sin embargo, músicos que me escuchaban insistían en que debía registrarlo, porque había una mirada muy particular. Este año finalmente me organicé con algunos productores y pudimos concretarlo”, explicó Montes.

Lejos de ver la demora como un obstáculo, la reivindica: “Creo que todo requiere un proceso de maduración. Incluso me felicito —indirectamente— por haber tardado tanto en grabarlo: esos quince años de práctica le dieron una pátina propia. Tal vez, si lo hubiera hecho antes, no habría alcanzado este nivel de identidad”.

El disco, producido por Fernanda Morello, expande la sonoridad original de sus presentaciones —centradas en la guitarra— con la participación de Facundo Ramírez y Gabriela Bernasconi en piano. “Se trata de músicos tremendamente formados, con una gran capacidad de escucha y también compositores, que acercaron sus propias ideas de arreglos a un universo que reverencian profundamente”, señaló.

En el proceso de construcción sonora de “Un mundo guardado”, Marcos Montes encontró en los encuentros musicales un espacio clave para profundizar su mirada sobre la obra de Yupanqui. Lejos de pensar los arreglos como un mero acompañamiento, buscó generar verdaderos diálogos interpretativos, donde la escucha y la sensibilidad fueran el punto de partida.

“En ese contexto –dijo- apareció Facundo Ramírez, que había ido a verme a una presentación. Tiempo después, en el marco de unos premios donde lo habían convocado a tocar, me invitó a cantar con él una obra de Yupanqui. Así fue como hicimos juntos ‘La arribeña’. Esa colaboración me pareció extraordinaria. Fui a ensayar a su casa, me preguntó en qué tonalidad y le dije en re; empezó a tocar casi desde una sola nota. Ahí sentí que se estaba dando un verdadero diálogo: dos personas escuchándose, buscando qué podía aportar cada uno a esa poesía tan poderosa. Así logramos una cierta desnudez en el tema, donde la idea central del poema queda en primer plano y la música acompaña, sin imponerse”, explicó Montes.

“Con Gabriela Bernasconi, en cambio, apareció otro universo sonoro, más elaborado, con matices más extraños; en ‘La añera’ el clima fue hacia un lugar más astral. Ambos aportaron desde sus personalidades algo distinto, pero siempre dentro de esa misma línea de respeto por lo esencial y lo despojado”, dijo.

En ese equilibrio entre lo despojado y lo nuevo se construyó el corazón del disco. “Creo que el trabajo logró un equilibrio muy lindo en esas colaboraciones. Y para la presentación también estarán invitados, porque la idea es que sea un encuentro, una celebración entre músicos y oyentes”, anticipó.

La palabra yupanquiana

Con arte de tapa diseñado por José Militano —inspirado en una pictografía rupestre de Cerro Colorado, en la provincia de Córdoba, lugar que Atahualpa inmortalizó en su “Chacarera de las Piedras” y donde hoy descansan sus restos—, “Un mundo guardado” propone un recorrido por diversas temáticas y ritmos del cancionero argentino difundidos por el maestro, como la zamba, la milonga campera y entrerriana, la huella, entre otros. Sin provenir estrictamente del ámbito folklórico, Marcos Montes se acerca a esta obra desde una mirada sensible, centrada en la potencia poética y en la profundidad sencilla de sus melodías.

“Siempre parto de la letra: soy actor y voy directamente al texto”, afirmó. Y en ese territorio encontró la singularidad yupanquiana. “Yupanqui utilizaba términos muy claros, sin adornos. Construía su poesía con palabras como camino, piedra, laguna, hoja o lluvia; no necesitaba recurrir a lo rebuscado. Sus palabras eran secas, opacas en apariencia, y sin embargo lograban una potencia enorme”, sumó.

Para el músico y actor, esa simpleza esconde una profundidad excepcional. “Son palabras básicas, al alcance de cualquiera, pero las imágenes que construye, los cuadros que arma, son profundamente vívidos, experiencias que cualquiera puede reconocer. Con un lenguaje sencillo y armonías también simples, alcanza una profundidad asombrosa. Es lo que logran los verdaderos maestros: como en los haikus japoneses, abre un mundo entero con muy pocos elementos. En tres versos, uno puede comprender toda una dimensión de lo yupanquiano”, dijo Marcos Montes.

Esa poética está indisolublemente ligada a una visión del mundo. “El vínculo permanente con la tierra, la piedra, el río y el paisaje es central en la obra de Yupanqui. Él sostenía que el hombre está profundamente condicionado por el entorno en el que nace, y que el canto de cada región de nuestro país surge, justamente, de ese paisaje. De allí también provienen las distintas formas de nostalgia, los modos de pensar, de cavilar y de reflexionar que habitan en cada lugar”, agregó. En esa relación entre territorio y experiencia, Montes encontró la raíz de una obra que, sin embargo, trasciende fronteras.

Una anécdota lo confirma: “A ‘La añera’ la conocí en la voz de la actriz Marzenka Novak, esposa de Hugo Arana, en un espectáculo donde contaba que su familia había llegado desde una Polonia devastada por la guerra. En esa canción decía encontró una forma de nombrar lo que habían vivido sus padres: ‘cuando se abandona el pago y se empieza a repechar, tira el caballo pa’ delante y el alma tira pa tras’. Allí se revela la extraordinaria universalidad que logró Atahualpa Yupanqui con su obra, fruto de su curiosidad, su estudio y su profunda seriedad”.

Esa profundidad también define, según Montes, el carácter exigente de su obra. “Muchos músicos del folklore interpretan su obra, pero asumir un concierto entero con su música no es algo ‘vendedor’: no es un repertorio de entretenimiento ni pasatista, ni tampoco especialmente alegre. Yupanqui proponía otra cosa: la reflexión, la comunión con el sentido profundo de la existencia, la relación del hombre con el paisaje y con la cosmogonía que lo atraviesa. Hay en su obra una dimensión casi mística, chamánica y poética; un universo de profundidades hermosísimas que exige una escucha atenta y comprometida. Quien decide sostener una hora y cuarto con ese repertorio sabe que transita un camino particular. Como le dijo el propio Atahualpa a Suma, cuando ella, preocupada, le escribió al ver que otras propuestas convocaban más público: ‘Usted ha elegido un camino áspero y solitario, no se queje’. Una respuesta directa, sin concesiones, pero también profundamente consciente del rumbo elegido”, dijo Montes.

Un mundo guardado

El repertorio que Marcos Montes eligió para “Un mundo guardado” recorre distintas etapas, climas y paisajes de la obra de Atahualpa Yupanqui, combinando piezas emblemáticas con otras menos transitadas. El recorrido incluye “Milonga del peón de campo / Para el que mira sin ver”, “Los horneros” (de Romildo Risso y Yupanqui), “Recuerdos del Portezuelo”, “La arribeña” —en versión junto a Facundo Ramírez en piano—, “El aromo / Huella, huellita” (con textos de Risso y Yupanqui), “El vendedor de yuyos” (Yupanqui y Pablo del Cerro), “Zamba perdida”, “Mi regreso” (junto a Óscar Valles) y “La añera”, interpretada con Gabriela Bernasconi. La selección evidencia una búsqueda que pone en primer plano la riqueza poética y musical del universo yupanquiano, con especial atención a sus matices expresivos y a la diversidad de formas que atraviesan su cancionero.

“En el repertorio hubo una doble aproximación. Cuando empecé a armarlo, intenté elegir canciones que no me resultaran tan exigentes desde lo guitarrístico, y por eso me incliné primero por las milongas, que tienen una riqueza enorme en el decir, con esa escritura de tono hernandiano, cercana al Martín Fierro, llena de afirmaciones, de décimas con conclusiones morales. Desde ahí fui ampliando hacia otros ritmos”, contó Montes.

“De todos modos, siempre parto de la letra: soy actor y voy directamente al texto. Me atraen esas canciones que en pocas líneas proponen una imagen o una reflexión contundente, como en la zamba ‘Perdida’, cuando dice: ‘nunca mires para atrás para ver lo que has andado, míralo a tu corazón que lleva un mundo guardado’”, contó. Y agregó: “En un primer momento también busqué no ir por las canciones más conocidas, sino por aquellas menos difundidas, que para mí revelaban mejor ese espíritu. Eso ocurre mucho con las milongas camperas, que suelen ser más difíciles para el público. Entendí, sin embargo, que no podía hacer un disco con diez milongas, y que necesitaba un repertorio más variado”, explicó.

“No es que las más conocidas sean menores —son bellísimas—: ‘Luna tucumana’, ‘El alazán’, ‘El arriero’, ‘Los ejes de mi carreta’ son obras enormes. Pero incluso hoy hay generaciones que no las conocen. A mí me interesaba, en todo caso, explorar otras zonas, aquellas canciones menos transitadas que también dicen mucho de ese universo”, dijo Montes.

La escucha en tiempos de homogenización

En su reflexión sobre el presente de la música y el lugar de la obra de Atahualpa Yupanqui, Marcos Montes traza una mirada crítica que pone en tensión las lógicas del mercado con la necesidad de preservar la esencia de ciertas expresiones artísticas. A partir de esa perspectiva, advierte sobre los riesgos de la uniformidad sonora, pero también reconoce el valor de las nuevas lecturas, siempre que no desplacen el sentido original.

Al analizar el contexto actual, señaló: “Es un momento especial no solo en nuestro país que vivimos en un momento especial, sino en el mundo, una cuestión de aturdimiento, donde todo se ha empezado a homogenizar y donde ves detrás de eso los intereses de ciertas discográficas de poder vender una nueva moda de algo que tampoco está del todo mal siempre y cuando se siga sabiendo que hay un lugar genuino de ese tipo de música”.

En ese marco, planteó la necesidad de sostener espacios para las formas originales: “Está bien que se hagan esos experimentos, pero también debería existir un espacio donde esa música pueda escucharse tal como fue concebida. Justamente, su riqueza está en esa diferencia: en canciones que se sostienen con tres acordes, en una estructura básica que las distingue de formas más evolucionadas”.

También se detuvo en las reinterpretaciones contemporáneas y su potencial valor formativo: “Me encanta que los chicos conozcan, por ejemplo, la versión de Divididos de ‘El arriero’, con guitarras eléctricas y batería, pero también sería muy valioso que pudieran escuchar la versión de Yupanqui y descubrir cómo era originalmente: esa forma sutil de decir, esa queja contenida del arriero que lleva animales que no le pertenecen, pero carga con todas las penas que implica ese trabajo”.

Finalmente, observó cómo estas tensiones se reflejan en los circuitos de difusión y programación: “A Yupanqui casi no se lo escucha en la radio, y eso está bastante condicionado por las discográficas, por quiénes logran instalar sus álbumes y por lo que marcan las modas del momento. Algo de eso también se ve en los festivales de folklore —y lo digo aun sin considerarme folklorista—: alcanza con observar cuánto tiempo tiene cada músico en el escenario. Recuerdo, por ejemplo, que la última presentación de Suma Paz en Cosquín fue de apenas diez minutos, en un costado del escenario que lleva el nombre de Atahualpa. Entonces uno no puede dejar de preguntarse qué lugar tendría hoy él en ese contexto”, dijo Montes.

Entre la reverencia y la urgencia: Yupanqui en el mundo y en casa

Marcos Montes es un actor y músico de amplia trayectoria, con un recorrido que cruza distintas disciplinas y escenarios. Durante diez años trabajó en Francia junto a Alfredo Arias y participó en cine en producciones dirigidas por James Ivory, además de integrar elencos de películas emblemáticas como “Garage Olimpo”, “Whisky Romeo Zulú”, “Derecho de familia” y “La novia errante”. En televisión, alcanzó gran popularidad con personajes como Marito del Monte en “Cris Miró”, Ray en “Planners”, el oficial Carpaneto en “Signos” (junto a Julio Chávez) y el maestro de danza en “El maestro”, también con Chávez.

Desde esa experiencia, y en el marco de su trabajo sobre la obra de Atahualpa Yupanqui, Montes reflexiona sobre su recepción dentro y fuera del país, trazando un contraste marcado entre la valoración internacional y las dificultades de escucha en el contexto local. En ese análisis, pone en diálogo la admiración que el artista despierta en Europa y otras culturas con las tensiones contemporáneas que afectan su circulación en Argentina, abriendo una serie de interrogantes sobre el lugar del arte, el tiempo y la sensibilidad en la actualidad.

Sobre el reconocimiento en el exterior, explicó: “En países como Francia o Alemania, Yupanqui es considerado casi un prócer del arte. En Francia, especialmente, lo reverencian como un representante genuino de una música sudamericana profundamente auténtica: un poeta, un trovador que recorrió el mundo llevando su tierra en una soledad esencial. Es cierto que en algún momento tocó con un trío de guitarras, pero fue al comienzo de su carrera; cuando comprendió cuál era su camino, tomó su guitarra y pasó a representar en soledad la quintaesencia del canto criollo”.

En esa misma línea, destacó el valor que adquiere su coherencia artística: “Esa convicción casi inquebrantable en su forma de hacer arte es muy valorada en Europa, sobre todo en pueblos atravesados por guerras, donde se admira la contundencia de su mensaje. Me ha sorprendido encontrar espectadores que conservan los discos de sus padres, que los escuchan en reuniones familiares o que siguen con atención cada material suyo que llega a sus países. Hay una reverencia muy grande por su obra”.

Al comparar con la realidad local, introdujo una diferencia en los modos de escucha: “Creo que eso aquí no sucede de la misma manera, quizás porque vivimos atravesados por otras urgencias cotidianas. En esos lugares parece haber una mayor disposición para escuchar, para detenerse, para abrir un espacio al ocio creativo o a la dimensión sanadora del arte. En Japón, por ejemplo, Yupanqui tiene una escultura en una plaza; allí existe la tradición de contemplar la caída de los pétalos del cerezo, una práctica que habla de una sensibilidad particular. Esa misma disposición espiritual permite también una recepción más profunda de propuestas como la suya”.

Esa comparación se vuelve más crítica al observar el presente argentino: “Aquí, en cambio, desde hace años vivimos en un ritmo más apretado, en una cierta incertidumbre que dificulta la posibilidad de consagrar tiempo a una escucha atenta, a un pensamiento que, en muchos aspectos, puede resultar tan cercano a lo oriental como el que proponía Atahualpa”.

En ese marco, amplió su mirada hacia el contexto global de la música: “Vivimos un momento de aturdimiento, donde todo se ha empezado a homogenizar”, advirtió, señalando el peso de las discográficas y las modas, y subrayando la necesidad de sostener espacios donde esa obra pueda escucharse en su forma original.

En ese contexto, “Un mundo guardado” no es solo un disco: es una toma de posición. Un intento de recuperar el tiempo de la escucha, de poner en primer plano la palabra y de abrir un espacio donde esa profundidad pueda resonar.

“Me atraen esas canciones que en pocas líneas proponen una imagen o una reflexión contundente”, dijo Montes. Y tal vez ahí, en esa búsqueda de lo esencial, esté la clave de todo el proyecto: volver a escuchar, en medio del ruido, aquello que todavía —como sugiere el título— permanece guardado.

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