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Zitarrosa en viñetas, la memoria de un pueblo contada desde la historieta

Rodolfo Santullo repasa la gestación de la novela gráfica sobre el artista uruguayo. Un libro que rehúye la biografía clásica para reconstruir al artista desde anécdotas, miradas y experiencias que lo muestran en toda su dimensión humana.

A noventa años del nacimiento de Alfredo Zitarrosa, una de las voces más profundas de la canción rioplatense, la novela gráfica “Zitarrosa” vuelve a poner en circulación una figura central de la cultura popular desde un enfoque singular. Publicado originalmente en 2013 y reeditado en 2015 —con una edición en Uruguay y dos en Argentina—, el libro tuvo el año pasado una nueva edición ampliada en formato por el Fondo de Cultura Económica. “Desde entonces no era tan fácil de conseguir, pero esta nueva edición permitió que volviera a circular. Uno le dedica mucho tiempo a un libro —horas, días, meses— y, tras su salida, tiene un recorrido acotado. Por eso, que vuelva a editarse diez años después y tenga una nueva vida es muy emocionante”, señaló el guionista uruguayo Rodolfo Santullo.

Lejos de una biografía tradicional, el libro se construye a partir de relatos breves inspirados en anécdotas reales. “Nunca quisimos hacer una biografía con Max. Siempre elegimos pararnos en el lugar del oyente de Zitarrosa, por eso las anécdotas tienen el punto de vista de quien lo escuchaba y no tanto de quien lo conoció. A partir de ahí fuimos construyendo su figura”, explicó Santullo, quien destacó además las posibilidades del lenguaje: “La historieta permite reconstruir momentos y lugares con una facilidad que una biografía formal no tiene”.

El origen del proyecto está atravesado por la propia historia personal del autor. “La primera anécdota me la contó mi padre, que militaba en Uruguay en el Partido Comunista. Esa historia, sobre un concierto a beneficio de la Juventud Comunista, me quedó dando vueltas porque mostraba un perfil distinto de Zitarrosa y me permitió acercarme al personaje desde la tangente. Ahí arrancó este proyecto”, recordó. Esa dimensión se entrelaza con su biografía: nacido en México en el exilio —“soy más uruguayo que el agujero del mate, un UruMex”, se definió—, su familia estuvo vinculada al Teatro El Galpón, institución de la que también formó parte el propio Zitarrosa. “Se supone que lo conocí, aunque no tengo recuerdos”, contó.

El libro reúne ocho episodios que evitan la repetición temática y buscan abarcar distintas facetas del artista. “Teníamos muchas anécdotas y hubo que catalogarlas. Decidimos no repetir tramas: si una hablaba de un conflicto en un concierto, no sumábamos otra similar; si trataba la militancia política, quedaba esa. Así nos concentramos en ocho”, explicó. Entre ellas, destacó una en la que Zitarrosa entrevista a Juan Carlos Onetti: “Es de mis favoritas, por el trabajo de Max, que obliga a girar el libro mientras Zitarrosa se va emborrachando. La idea era mostrar, en un paneo, todo lo que había sido”.

El proceso de construcción también fue colectivo y azaroso. Tras presentar un primer capítulo a un fondo del Ministerio de Cultura, el proyecto se demoró un año, tiempo en el que siguieron llegando historias. “Pasó algo muy particular con la elaboración del libro: primero armamos el capítulo uno y lo presentamos a un fondo del Ministerio de Cultura que financiaba la producción. Entre la presentación y la obtención del apoyo pasó un año, y en ese tiempo, a medida que comentábamos el proyecto, iban apareciendo nuevas anécdotas. Eso hizo que el libro se nutriera con aportes que, en muchos casos, consiguió Max: por ejemplo, ‘Los muchachos peronistas’, que le contó Tute —a quien se la había transmitido su padre, Caloi—, o la anécdota ambientada en España, que le compartió el hijo de Hermenegildo Sábat. Así el libro fue creciendo”, dijo a Cacodelphia.

Ese cruce entre Argentina y Uruguay también define la obra. “Me interesaba que el cincuenta por ciento del libro fuera argentino, porque el dibujante lo es, y que apareciera esa mirada sobre Zitarrosa”, señaló. La dupla con Max Aguirre, además, se apoya en una larga amistad: “Somos antes amigos que compañeros de trabajo. Cuando le propuse sumarse, primero me dijo que no, pero al día siguiente me llamó y aceptó”. Sobre el trabajo visual, agregó: “Max construyó un personaje a partir de rasgos reconocibles —el jopo, la postura, el cigarro—. No es una copia de las fotos, pero es claramente Zitarrosa”. Esa interpretación fue validada incluso por la familia: en la presentación en la Feria del Libro de Montevideo, su hija Serena le dijo al dibujante que lo había retratado “muy lindo”.

La obra también se propone evitar la idealización: “No quería un relato que lo idealizara. Se lo puede mostrar con luces y sombras: bebiendo de más, fumando, con un carácter difícil. Eso no lo desmerece; al contrario, enaltece sus logros”, afirmó Santullo. En ese sentido, las múltiples anécdotas recogidas terminan construyendo un retrato coherente: “Recibimos historias muy distintas, pero siempre aparecía el mismo tipo”.

El libro recorre además momentos clave como el exilio —con especial énfasis en su etapa en España, “muy dura, porque estaba solo”, a diferencia de México, donde estuvo acompañado por su familia— y su vínculo con la militancia y la vida cotidiana. Incluso incluye episodios íntimos y reveladores, como su incomodidad cuando le pedían cantar en reuniones informales, o la anécdota final sobre su muerte, basada en un recuerdo familiar: “Cuando murió en 1988 y lo velaron en El Galpón, mi madre tuvo que encargarse de coordinar todo”.

En las notas finales del libro, el músico Fernando Cabrera sintetiza parte de su legado: Zitarrosa fue “el único que cantaba tanto para el campo como para la ciudad”. “Logró romper esa barrera. Cantaba para todos o, como decimos en la última viñeta, también para los borrachos”, retomó Santullo.

A nueve décadas de su nacimiento, la figura del cantor sigue vigente. “En Uruguay se lo sigue escuchando, llega a nuevas generaciones, sigue siendo homenajeado. Su canción está presente”, afirmó el autor, quien entiende que el libro trasciende fronteras: “No habla solo de Uruguay o Argentina, habla de todos nosotros”. No es casual que la obra haya tenido ediciones en distintos países, como Colombia y México, ampliando el alcance de una historieta que logró llevar la memoria de Zitarrosa a nuevos públicos.

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