Entre la pintura, la fotografía, la instalación y la performance, la artista visual recorre una obra atravesada por el cuerpo, la memoria y la intervención de la imagen. “Me formé como pintora, pero uso la fotografía como pincel”, dijo.

Cristina Fresca (Buenos Aires, Argentina) desarrolla una obra que se mueve entre disciplinas y lenguajes, donde la pintura, la fotografía, la instalación y la performance se integran como partes de un mismo proceso de exploración. Egresada de las Escuelas Ernesto de la Cárcova y Prilidiano Pueyrredón, ha realizado exhibiciones individuales en espacios como el Museo Evita, la Fundación ArteXArte, el Centro Cultural Recoleta, el Palais de Glace y el Museo R. Galisteo de Santa Fe, entre otros. También participó en ferias nacionales e internacionales como arteBA, BAphoto y Art Miami, y cuenta con obras en museos como el Evita, el MUMBAT de Tandil, el MUMA de Junín y el Museo López Claro de Azul, además de colecciones privadas.
En su recorrido, Fresca insiste en una idea que atraviesa toda su producción: la obra como proceso en transformación. “Todo es puro trabajo”, afirmó, sintetizando una práctica donde la imagen no es punto de llegada sino materia en movimiento.
En uno de los momentos decisivos de su búsqueda artística, Cristina Fresca comenzó a experimentar con la fotografía casi de manera intuitiva. Mientras preparaba una muestra para el Consulado Argentino en Milán, un viaje y el contacto con el mar la llevaron a descubrir una nueva forma de trabajar las imágenes, en diálogo con materiales, colores y elementos naturales que transformaban la obra en tiempo real.
“Me formé como pintora, pero en un momento de mi vida, mientras preparaba una muestra, ocurrió algo inesperado: me fui de vacaciones sin llevar materiales para pintar y solo tenía conmigo una cámara de fotos. Desde entonces, empecé a usarla como si fuera mi pincel”, recordó.

En esa línea, la artista repasó su formación y su modo de entender la fotografía como una extensión de la pintura, más que como una disciplina autónoma. En ese sentido, explicó: “Me formé en las escuelas de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y luego en la Ernesto de la Cárcova, además de participar en distintos talleres. La fotografía, en cambio, la abordé de una manera más experimental. No digo que soy fotógrafa, sino pintora, y que mis pinceles son las fotografías. Comencé trabajando con fotografía analógica y después pasé a la digital. Utilizo las imágenes para contar aquello que necesito expresar, pero siempre desde una mirada más pictórica”.
Por otra parte, al referirse a su trayectoria docente, agregó: “Me dediqué a la docencia en paralelo a mi profesión artística. Trabajé en el nivel terciario, en la Escuela de Arte Leopoldo Marechal, además de dar talleres y clínicas. Pero nunca enseñé fotografía”.
El cuerpo, la experiencia y el entorno aparecen con fuerza en su obra, especialmente en proyectos instalativos y participativos. En la muestra “Habitares”, presentada en el Museo Benito Quinquela Martín junto a Erica Aisen y Natalia Biasioli, Fresca propuso una lectura ampliada del espacio expositivo. “Hubo instalaciones, fotografías impresas en papel y en gasa, pinturas y cerámicas. Fue una muestra muy variada. Las tres habitamos ese universo atravesado por el arte, la naturaleza y el color”, señaló.
“Allí expuse fotografías desde una mirada pictórica, en diálogo con mi forma de producir y con una idea performática. Lo que propongo es reflexionar sobre la unidad del ser humano, pero también sacar la obra del muro para poder habitarla”, contó.
La génesis de ese proyecto también es parte de su relato: “La idea de la muestra surgió a partir de un encuentro entre las tres en otra exposición. Allí apareció la propuesta de hacer algo juntas. Después pensamos en la curaduría de Laura Casanovas, quien aceptó el proyecto y lo presentó al Museo Quinquela Martín. Ese fue el recorrido que hicimos hasta llegar a esta muestra”.

Dentro de “Habitares”, la artista también desarrolló una performance basada en el uso de espejos y el cuerpo. “Empecé a usar los espejos por primera vez en una performance en Chile”, contó. “Son tres espejos circulares y cada uno representa una dimensión del ser humano. Uno permite reflejarnos, como también nos reflejamos en el otro y reconocemos allí una parte nuestra. Otro está fracturado y habla de cómo nos fragmentamos, de las distintas miradas y partes que conviven en cada persona. Y el tercero es un espejo velado, aquello que nos pertenece profundamente y que, al mismo tiempo, nos iguala como seres humanos. Esos tres espejos hablan, en definitiva, de la totalidad y la unidad del ser humano”, sumó en Cacodelphia.
La idea de unidad también atraviesa otra de sus obras centrales, “Portal de luz”, presentada por primera vez en el Museo Quinquela Martín. “La primera vez que expuse en el Quinquela presenté una obra completamente nueva, llamada ‘Portal de luz’, donde busco hablar de la unidad que somos”, explicó. El proyecto nació en una residencia en Uruguay: “Allí, en contacto con esa naturaleza, empecé a pensar cómo representar la unidad entre la tierra que nos sostiene, el cuerpo y el universo”.
Sobre ese proceso, Fresca detalló: “Llevé un papel que funcionaba como un gran espejo y lo apoyé sobre la tierra. En esa superficie se reflejaba el cielo, y comencé a intervenirla con el color rojo, que atraviesa toda mi producción. Sumé caireles, gotas de agua y unas ramas a modo de pinceles, con las que fui desplazando la pintura sobre el papel. Cuando la imagen llegaba a un punto que me interesaba, tomaba una fotografía. De alguna manera, de ese modo construí mi propia idea de unidad: desde la pintura, cerrando el proceso con la fotografía. Eso fue lo que presenté, impreso en papel de algodón y también en una gran pieza sobre gasa. Según cómo incide la luz, por momentos aparece una ruptura y en otros una sensación de unidad. Eso es lo que intenté reflejar: que no somos el centro del universo, sino apenas una pequeña parte de él”, explicó.
En la obra de Cristina Fresca aparecen de manera recurrente el espejo, el laberinto y la naturaleza, elementos que remiten también al universo literario de Jorge Luis Borges. A través de esas imágenes y símbolos, su producción propone un recorrido sensible sobre la identidad, la percepción y la relación del ser humano con el mundo que habita.
“Tomo una fotografía y la voy trabajando. Algunas imágenes están editadas e intervenidas; las voy construyendo a modo de collage. Otras, en cambio, son tomas directas, como una serie en blanco y negro que hice en el agua con flores. Me interesa mucho trabajar con la gente, por eso también armo laberintos para que las personas los recorran, los transiten y les den una intención propia. Me gusta incorporar otros sentidos, como el olfato o el gusto. Según lo que quiera comunicar, contar o hacer reflexionar, utilizo las herramientas que tengo a mi alrededor”, explicó Cristina Fresca.
Esa lógica se intensifica en proyectos como “Laberinto de pasiones”, una de las muestras en donde la artista reflexiona sobre el camino de la vida, la duda y la pasión como motor de búsqueda. A través de imágenes como la flor de la pasionaria, el laberinto de la Catedral de Chartres y la máquina de coser de su madre, la obra articula símbolos que hablan de la fragilidad, la fuerza y la necesidad de encontrar sentido en el recorrido. El conjunto se completa con dos retratos intervenidos de Evita, figura que la artista asocia a la pasión y al rol de las mujeres en la transformación social, reforzando así el eje central de la muestra.
“Fue una muestra que hice en el Museo Evita, donde quería transmitir la idea de que todos tenemos una pasión y que debemos buscarla dentro de nosotros mismos”, explicó Cristina Fresca.
En el trabajo fotográfico de Cristina Fresca conviven la observación y la experimentación. A partir de intervenciones pictóricas sobre distintos materiales y superficies, la artista descubre imágenes, formas y reflejos que luego registra con la cámara. La fotografía aparece así como una herramienta sensible para captar esos procesos en transformación y convertirlos en una nueva obra.
“Todo es puro trabajo”, dijo. “Por ejemplo, cuando hice la muestra en el Museo Evita, pensé que no iba a trabajar con su figura. Pero después empecé a investigar y me encontré con una amiga que le había pedido a su abuela, como regalo, una foto de casamiento en la que aparecía Evita. Sentí que todo eso era parte de un universo que no podía dejar perder. Entonces fotografié esa imagen antigua y la intervine con el color rojo. Creo que la vida me acerca ciertas cosas y yo no las rechazo: las tomo, porque me pareció alucinante poder trabajar con una foto que tenía una carga emocional tan grande”.
En el marco de la pandemia, realizó la muestra “Transformar el presente será posible”, una serie de retratos intervenidos con la imagen del barbijo como símbolo de aquella época. A partir de una convocatoria abierta a amigos y personal de la salud, la artista construyó dípticos compuestos por una fotografía del presente y otra que imaginaba el “después” del Covid. Mediante intervenciones pictóricas, transparencias y atmósferas, la obra reflexiona sobre el aislamiento, los vínculos, la incertidumbre y la posibilidad de transformar una experiencia dolorosa en un espacio de encuentro y sensibilidad compartida.
“Empecé interviniendo una foto mía con barbijo, trabajando sobre esa imagen como una forma de transformar la realidad. Algunos amigos la vieron y comenzaron a pedirme intervenciones, y así nació una convocatoria. Terminé haciendo 111 retratos —porque me gusta ese número—. La gente me enviaba una selfie y yo la intervenía a partir de lo que sabía de sus vidas o de preguntas que les hacía. De ese modo, trataba de convertir el barbijo en otra cosa”, contó Cristina Fresca.
“Después les pedí una imagen del ‘después’. Aproximadamente la mitad me mandó fotografías o ideas sobre cómo imaginaban la vida tras el Covid. Así armé una serie de dípticos: por un lado, la selfie intervenida por mí y, por el otro, la imagen de ese futuro imaginado o vivido. Esa serie ya tiene algunos años y todavía siento que no llegó el momento de mostrarla. Creo que aún hay mucho por sanar de toda esa época”, explicó.
En el conjunto de su obra, construye un territorio donde la imagen no se limita a representar, sino que se interviene, se habita y se transforma. Entre pintura, fotografía, cuerpo y participación, su trabajo insiste en una misma pregunta: cómo mirar el mundo para volver a pensarlo.
