La nueva obra de Gastón Figueiredo Cabanas, estrenada por Compañía Terrestre, cruza la crisis de 2001, la literatura de Jorge Luis Borges y Roberto Bolaño, y las tensiones entre civilización y barbarie. Se presenta este viernes a las 21 en Dynamo Teatro.

Un juez penal que anticipa el estallido social de 2001 decide abandonar Buenos Aires y viajar hacia el sur bonaerense. Lo que encuentra allí no es refugio ni orden, sino un paisaje alterado, extraño, casi fantasmal: ya no hay vacas ni caballos, solo conejos y un territorio donde todo parece haberse desarmado. Desde esa premisa parte “Laberinto Borges”, la nueva obra escrita y dirigida por Gastón Figueiredo Cabanas que Compañía Terrestre presenta este viernes a las 21 en Dynamo Teatro.
La historia sigue a Juan Krakovich, un juez que todavía cree en la justicia y que llega a “La Eterna”, una estancia familiar ubicada en el sur de la provincia de Buenos Aires, intentando recomponer algo de un mundo que ya parece perdido. Pero el campo también cambió y esa transformación se vuelve el núcleo simbólico de la obra.
“Hoy da la sensación de que vivimos en una distopía permanente. Tal vez por eso la distopía se volvió una gran herramienta metafórica, porque muchas veces es necesario exagerar o llevar las situaciones al límite para que puedan interpelarnos de verdad. Incluso hay momentos en los que la ficción parece quedarse corta frente a la realidad”, expresó Juan Francisco Mendieta, actor de la obra.
La propuesta nació del cruce entre la actuación de Mendieta y la escritura de Figueiredo Cabanas. “Compañía Terrestre ya tiene una lógica de trabajo bastante definida. A Gastón le gusta mucho escribir y a mí actuar, y en ese cruce aparece gran parte de lo que hacemos”, contó el actor.
La semilla inicial fue el universo de Jorge Luis Borges, aunque desde una búsqueda diferente. “Queríamos acercarnos a esos cuentos ligados a la pampa, donde el relato fluye de otra manera y no resulta tan hermético. Ahí apareció ´El Sur´, un texto que Gastón conocía mucho y que a mí siempre me había gustado”, explicó a Cacodelphia.

Sin embargo, la obra no se limita al universo borgeano. También dialoga con “El gaucho insufrible”, el cuento en el que Roberto Bolaño relee a Borges desde la crisis argentina de 2001. “Entre Borges y Bolaño fuimos armando la historia de este juez que se hace llamar ‘el campeón de la ley’, hasta que llega al mundo rural, a ese viejo territorio de civilización y barbarie”, señaló Mendieta.
La pieza trabaja sobre las tensiones entre ciudad y campo, progreso y atraso, justicia y derrumbe social. “La obra aborda la idea de urbanidad y ruralidad, qué es el atraso y qué es el progreso, pero sobre todo la idea de justicia”, resumió el actor.
En ese sentido, la crisis de 2001 funciona como espejo del presente. “La obra invita a pensar en aquella crisis, pero también en este tiempo, porque está en permanente diálogo con la realidad. Hoy el 2001 ya puede ser leído históricamente y, cuando empiezan a repetirse situaciones similares a las que vivimos entonces, inevitablemente aparece la sensación de que algo de aquello está volviendo a ocurrir”, sostuvo.
Uno de los elementos centrales de la puesta es el paisaje: “Aparece un campo sin vacas, habitado solamente por conejos, como si todo lo conocido hubiera desaparecido. Hay allí una dimensión profundamente simbólica”. Para el actor, esa imagen permite pensar cómo cambió el mundo rural argentino en las últimas décadas. “Cambió el modelo productivo, pero sobre todo cambiaron las formas de vida de la gente. El personaje empieza a ver el abandono, la desidia y también una forma de ignorancia entendida no como la decisión de no saber, sino como la imposibilidad de acceder al conocimiento”, sumó.
Otro símbolo fundamental es el tren. “Igual que en el cuento de Borges, Dalma viaja en tren, avanzando con el progreso hacia la barbarie. Lo que hacen Borges y Bolaño con esa historia resume, de algún modo, gran parte de la historia de este país”, señaló Mendieta. Y agregó: “Hace más de doscientos años que seguimos intentando definir esa geografía bonaerense y todo lo que representa”.
La puesta también juega con distintos planos narrativos. “Trabajamos con voces en off que funcionan como anclajes para que el espectador escuche otras versiones de la historia mientras el narrador la construye. Al mismo tiempo, el público presencia otra película dentro de la obra: la del actor interpretando una realidad paralela sobre el escenario. Así terminamos cruzando dos historias que conviven y dialogan entre sí”, explicó.
Para Mendieta, la vieja discusión entre civilización y barbarie sigue vigente, aunque desplazada hacia nuevas fronteras. “Hoy esa división parece concentrarse entre el conurbano y la Ciudad de Buenos Aires, como si el resto del país quedara invisibilizado. La grieta pareciera estar marcada entre lo que queda de un lado y del otro de la General Paz, y eso dialoga mucho con aquella vieja idea de frontera”, reflexionó.
“No es que estemos forzando interpretaciones: lo que hicimos fue continuar esa línea de pensamiento que distintos autores argentinos fueron construyendo alrededor de la tensión entre civilización y barbarie. En ese sentido, el tren también funciona como una metáfora muy fuerte, porque históricamente trazó divisiones, dejó territorios integrados y otros marginados, siempre a partir de un diseño pensado más para la producción que para las personas”, expresó Mendieta.
La dramaturgia y dirección de “Laberinto Borges” pertenecen a Gastón Figueiredo Cabanas, quien además participa con la voz en off. La actuación está a cargo de Juan Francisco Mendieta. El vestuario y la escenografía fueron realizados por Compañía Terrestre, mientras que el diseño sonoro corresponde a Gabriel Ricci y el diseño gráfico a Felipe Kees.
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