La formación dirigida por Julio Coviello debuta el 30 de mayo en el Palacio Libertad. Un proyecto nacido desde la autogestión, el trabajo colectivo y la convicción de que todavía es posible hacer del tango un espacio de encuentro, creación y esperanza.

Una huella es, antes que nada, la prueba de que hubo movimiento. Y también de que ese movimiento no fue individual, sino colectivo. De eso habla “Huella”, el primer disco de la Orquesta Invisible, la formación creada y dirigida por el bandoneonista Julio Coviello, que en apenas un año de vida logró construir un repertorio propio, una identidad sonora y una forma de trabajo donde la música aparece como experiencia compartida.
El disco será presentado oficialmente el próximo 30 de mayo, a las 18, en la Plaza Seca del Palacio Libertad, con la participación especial de la cantante Sofía Verna. Allí, la orquesta pondrá en escena una obra nacida entre ensayos, presentaciones en vivo y composiciones colectivas.
Detrás de este proyecto está Coviello, una de las figuras fundamentales del tango contemporáneo. Integró desde muy joven la Orquesta Típica Fernández Fierro —donde tocó, compuso y realizó arreglos entre 2002 y 2016—, formó parte del histórico Cuarteto Cedrón y desarrolló proyectos propios como el Cuarteto Coviello y Tango Cañón. Además, dirige el espacio cultural La Tierra Invisible, en Parque Chacabuco, lugar donde precisamente comenzó a tomar forma esta nueva aventura musical.
“La Tierra Invisible tiene mucho que ver con la orquesta; es nuestra morada. Ahí ensayamos, armamos el repertorio y cultivamos este disco que acabamos de editar”, explicó en Cacodelphia.
La Orquesta Invisible nació a partir de una convocatoria abierta realizada en redes sociales. La propuesta era simple y ambiciosa al mismo tiempo: armar una orquesta típica para ensayar semanalmente, tocar en vivo y construir nuevas músicas.
“Desde que abrí ‘La Tierra Invisible’, hace cuatro años, tenía ganas de formar una orquesta típica. Después de muchos años en la Fernández Fierro y casi una década sin integrar una orquesta, me pareció un buen momento para volver a hacerlo. Muchos pensaban que no era época para armar una formación de diez integrantes, pero justamente por eso sentí que era necesario. Las decisiones más importantes de la vida no se toman por plata, sino por voluntad, convicción y amor”, sostuvo.
Para Coviello, armar una orquesta en el contexto actual también implica una postura política y humana frente al tiempo que vivimos. “Es una convicción de que el trabajo en equipo es superador y de que es ahí donde mejor nos desarrollamos como personas: compartiendo y siendo solidarios. El héroe es colectivo. Las cosas más importantes de la vida no se hacen por cuestiones económicas; también es una postura frente a la vida”, afirmó.
La formación está integrada por Paula Corrarello, Santiago Moore y Mabel Echevarría en violines; Fernando Estrup en viola; Dolores Velasco en cello; Julio Coviello, Rodrigo Almonacid y Mariano Burnengo en bandoneones; Patricia Szilagyi en piano y Alex Valdés en contrabajo. Una orquesta atravesada además por el encuentro generacional y por músicos y músicas provenientes de distintos recorridos dentro del tango.
“A la convocatoria se acercaron artistas con mucha trayectoria y también músicos más jóvenes formados en la Orquesta Escuela. Eso antes no existía. Hoy hay una escena del tango muy viva y muy nutrida”, destacó Coviello.
El repertorio de “Huella” comenzó a construirse a partir de composiciones previas de Coviello, escritas tanto para la Fernández Fierro como para Tango Cañón. Con esos materiales iniciales se realizaron nuevos arreglos orquestales y, con el correr de los ensayos, aparecieron también composiciones colectivas.
“Después empezamos a escribir juntos y esa idea original de componer en coautoría finalmente se hizo realidad. El disco tiene obras colectivas como ‘Centenera’ y ‘La clave blanca’, además de ‘Cenizas’, que compusimos junto a Rodrigo Almonacid”, contó.
Pero si algo atraviesa todo el proyecto es la idea de lo colectivo como forma de organización y de construcción artística. Una mirada que Coviello vincula directamente con el pensamiento de Raúl Scalabrini Ortiz y particularmente con ‘El hombre que está solo y espera’, libro del que tomó el nombre “La Tierra Invisible”.
“Lo que tomo de ese libro es la idea de cómo hacer para que una orquesta se vuelva invisible y permita ver a cada uno de sus integrantes. Esa es la gran virtud del trabajo colectivo: que lo grupal no aplaste las singularidades, sino que las potencie”, explicó.
Y agregó: “Hoy vivimos tiempos de brazos caídos, donde muchas veces parece que los esfuerzos no tienen sentido. Pero cuando uno logra organizar voluntades y encontrarse con otros que tienen ganas de hacer música, aparecen cosas que llenan de esperanza”.
Incluso el propio nombre del disco nació desde esa lógica compartida. “Huella” surgió como una propuesta interna que rápidamente empezó a condensar el sentido profundo de la experiencia.
“La idea nunca fue llenarse de plata. Queríamos hacer música y dejar una huella: la marca de un grupo de personas que transitó el camino del tango. Quizá otros sigan ese camino o tal vez no, pero lo importante era dejar constancia de nuestro paso a través de la acción”, dijo.
“Tomando a Scalabrini, podemos pensar en ese momento en que la espera deja de ser resignación para transformarse en construcción. Su mirada sigue siendo profundamente vigente: cuando habla del hombre de Corrientes y Esmeralda, esa forma de describir nuestra personalidad todavía permanece muy presente. Creo que seguimos siendo un pueblo sagaz; aunque muchas veces parezca que nos venden buzones, también aprendemos a los golpes. Yo creo profundamente en la sabiduría popular y en que de cada experiencia siempre queda un aprendizaje”, afirma.

El arte de tapa también fue realizado de manera colectiva por Dema, Daniel López, Fernando Estrup, Rodrigo Almonacid, Cari Aimé y el propio Coviello. La imagen terminó tomando forma a partir de una idea simple y potente: construir una huella real sobre hormigón fresco, alejándose de las lógicas digitales y recuperando el peso material del objeto disco.
“Pensar una tapa hecha de hormigón tenía mucho sentido en un momento donde casi no existen los discos físicos. Queríamos algo con peso real, algo que pudiera tocarse. Porque una huella también es eso: una marca concreta de que alguien estuvo ahí”, concluyó.
