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Luis Altieri y el misterio de la abstracción: “Me interesa que la obra te saque del eje habitual de percepción”

El artista argentino presenta “Ékdysis” en San Telmo, una muestra donde conviven pintura, collage, textura y gestos abstractos. Reflexionó sobre el caos, la emoción, la materia y el desafío de construir imágenes que no buscan ser entendidas de manera literal, sino sentidas.

Hasta el jueves 28 de mayo, Luis Alberto Altieri presenta “Ékdysis” en la galería , una exposición curada por Verónica Strauss que reúne alrededor de quince obras de gran formato realizadas en los últimos años, junto a piezas y objetos de distintas etapas de su recorrido artístico.

“En esta muestra presento alrededor de 15 obras realizadas en los últimos años, junto con algunas perlitas sueltas. Se trata de una producción reciente de gran formato, que combina pintura y collage, en una selección que recorre distintos momentos de mi trabajo: desde objetos de 2008, pasando por obras sobre tela y madera, hasta piezas nuevas realizadas entre los últimos dos años”, contó el artista.

La trayectoria de Altieri atraviesa décadas de búsqueda dentro del lenguaje abstracto. Nacido en Buenos Aires en 1962, inició su formación en la Asociación Estímulo de Bellas Artes estudiando dibujo con modelo vivo, para luego continuar en talleres junto a maestros como Carlos Terribili, Carlos Tesarolo, Víctor Chab y Pérez Celis. Sin embargo, asegura que su verdadera formación continúa hasta hoy.

“Después uno sigue aprendiendo toda la vida. Tuve la oportunidad de ver en vivo la obra de muchos grandes maestros argentinos, en muestras y ferias, y también de acercarme a artistas de todo el mundo a través de libros y viajes. La formación nunca termina: hay una parte más académica y otra ligada a una búsqueda personal, a esa libertad necesaria para encontrar algo que el arte llama estilo, aunque ese estilo también esté en permanente transformación”, explicó.

En ese recorrido, la obra de Antoni Tàpies aparece como una referencia fundamental. “Me interesa especialmente su trabajo con la textura y el dramatismo de la materia. En sus obras parece pintar el no-tiempo, como si hubiera estado en las cuevas prehistóricas de las manos, conectando con algo ancestral y profundamente humano”, señaló.

Pintar lo que no se puede nombrar

Aunque sus primeros pasos estuvieron ligados a la representación figurativa, con el tiempo Luis Alberto Altieri comenzó a alejarse de las formas reconocibles para internarse en un territorio más intuitivo, emocional y abstracto. “Arranqué, como casi todo el mundo, desde la representación figurativa, dibujando modelos vivos y trabajando a partir de lo que veía afuera. Pasé muchos años dibujando cuerpos hasta que apareció el color y, con el tiempo, la necesidad de encontrar una imagen más personal e interior”, recordó el artista sobre el inicio de una búsqueda que lo llevó hacia un lenguaje cada vez más libre y subjetivo.

En esa transformación, la abstracción se convirtió para Altieri en una experiencia abierta, donde el espectador no necesariamente debe entender lo que ve de manera racional, sino permitirse atravesar por las sensaciones que la obra despierta. “No suele haber un consenso sobre lo que se ve en una obra abstracta, porque no hay un reconocimiento inmediato de formas conocidas. Cuando uno mira un perro, un árbol o una casa, todos entendemos más o menos lo mismo, pero frente al puro color, los gestos o las manchas, uno entra en una intimidad expresiva que exige otro tipo de sensibilidad”, expresó.

El artista reconoce que durante mucho tiempo trabajó desde una lógica cercana al caos visual, construyendo superficies cargadas de materia, gestos y color. Sin embargo, en los últimos años comenzó a incorporar nuevos elementos que tensionan esa búsqueda inicial. “Tiempo atrás me manejaba muy bien con el caos. En una primera mirada, mis obras podían parecer tumultuosas, desordenadas, cargadas de gestos y de color. Pero en los últimos años me di el permiso de incorporar ejes, simetrías e incluso imágenes y fotografías, como rompiendo mis propias reglas”, explicó.

En sus trabajos actuales conviven manchas, texturas, collages, fotografías y símbolos que aparecen más como presencias visuales que como narraciones cerradas. “Siempre jugué a no darle al espectador una posibilidad clara de reconocimiento, a que no tuviera una punta de donde agarrarse, y ahora empecé a sumar fotografías de dioses indios, iconografías del sánscrito y distintas imágenes, aunque más como un divertimento que como una narrativa. No se puede construir un relato a partir de ellas porque funcionan más como manchas o presencias visuales que como símbolos con un significado definido”, sostuvo.

Esa intención, lejos de buscar una lectura literal, apunta a generar una experiencia emocional y perceptiva. “La experiencia con la abstracción pasa más por preguntarse qué te provoca un color, un gesto, una fuerza expresiva o una mancha. Me interesa que la obra pueda perturbarte un poco, correrte del eje habitual de percepción”, afirmó Altieri.

En ese sentido, el artista entiende que la abstracción desafía la necesidad humana de identificar y nombrar aquello que observa. “De alguna manera, necesitamos entender para sentirnos en un terreno más firme, igual que hacemos con las emociones difíciles, a las que intentamos ponerles nombre para tranquilizarnos”, reflexionó. Por eso, según explicó, sus obras buscan provocar justamente lo contrario: un contacto directo con aquello que no puede explicarse del todo. “La intención sigue siendo provocadora, pero provocar para que no entiendas de manera literal. ¿Qué significa que aparezcan palabras, letras o imágenes? En realidad, no significan nada concreto, y justamente eso te lleva a un terreno de no significado, a un contacto más directo con lo que te pasa frente a la obra, con lo que ves, sentís y te moviliza”, dijo a Cacodelphia.

Detrás de esa apariencia caótica, sin embargo, Altieri asegura que existe una estructura cuidadosamente construida. “Después de esa primera impresión caótica, aparece la estructura. Toda pintura tiene una organización interna, una composición con ciertos equilibrios, pesos y puntos de atención. Detrás de esa superficie hipercargada y aparentemente caótica, hay un orden que permite recorrer la obra, como cuando uno contempla un paisaje”, concluyó.

El peso emocional de la materia

En la mirada de Altieri, la abstracción no se construye únicamente desde el color, sino también desde la textura y la materialidad. La superficie pictórica, sus grietas, cortes y porosidades forman parte central de la experiencia estética.

“La textura es algo muy difícil de captar en una fotografía. La imagen puede sugerirla, pero la experiencia presencial de la materia es fundamental en el mundo de la abstracción”, afirmó.

Para el artista, existe incluso una dimensión emocional y corporal en esas superficies cargadas de materia. “A veces hay una carga casi trágica en las porosidades, los rasgados, las incisiones o los cortes. No es lo mismo tocar una piel suave que encontrarse con una herida”, dijo.

En ese sentido, sus obras oscilan entre distintos “climas” emocionales. Algunas, explica, funcionan desde la intensidad y el impacto; otras desde el silencio y la contemplación.

“Hay obras mías muy contemplativas y otras que funcionan como un shock, casi como una trompada, por la intensidad del color. Algunas son más minimalistas, silenciosas, trabajadas desde los blancos y los grises, con un tono mucho más introspectivo”, señaló.

El momento en que la obra aparece

Uno de los aspectos que más fascinan a Luis Alberto Altieri es el misterio del proceso creativo. A diferencia de otros artistas que trabajan a partir de bocetos precisos, el pintor asegura que en la abstracción el camino se va descubriendo mientras la obra sucede. “En mi manera de trabajar la abstracción, yo no sé hacia dónde voy ni cuánto tiempo me va a llevar llegar. Y justamente porque no conozco el destino, tampoco conozco el tiempo del proceso”, explicó.

Esa incertidumbre también atraviesa una de las preguntas más frecuentes alrededor del arte abstracto: cómo saber cuándo una obra está terminada. “Hay artistas que sienten que nunca lo está. Recuerdo una película de Woody Allen en la que un pintor, cada vez que se acercaba la fecha de una exposición, volvía todas las noches al museo para seguir interviniendo sus cuadros. Supongo que eso tiene que ver con naturalezas muy obsesivas y con cierta búsqueda imposible de perfección; además, muchas veces, cuanto más se insiste, más se arruina la obra”, señaló Altieri.

En su caso, el cierre de una pintura no responde a fórmulas exactas ni a reglas matemáticas, sino a una percepción profundamente íntima: “Hay un momento de insatisfacción que te indica que todavía falta algo. No tiene que ver con un canon de proporciones perfectas, sino con la sensación de que la obra todavía no tiene la intensidad, la vida o la unidad que necesita. Es difícil de explicar, porque cuando lo que está afuera no responde con fidelidad a lo que uno siente interiormente, es como mirarse al espejo y verse deformado, como si faltara algo esencial. A veces lo que falta es un equilibrio, un color, una mancha o simplemente tiempo. Después llega un momento en el que detectás eso que faltaba. Se hacen algunos ajustes y, de pronto, la obra encuentra su unidad. Ahí entendés que está terminada”.

Dentro de ese proceso también aparece la importancia de la mirada ajena. “A veces ayuda mucho una mirada externa: un colega, un alumno o alguien que pueda ver la obra desde otro lugar. Después está el arte de detectar qué falta y, sobre todo, qué sobra”, explicó el artista, antes de recordar una enseñanza fundamental de uno de sus maestros, Víctor Chab. “Él decía que aprender a ver consiste más en descubrir lo que está de más que en señalar lo que falta”.

Para Altieri, esa búsqueda de síntesis es un aprendizaje que lleva toda la vida. “Cuando uno es joven suele tener la necesidad de decir demasiado, y muchas veces termina excediéndose. Por eso saber sacar, eliminar, blanquear y poder expresar más con menos es un aprendizaje permanente. Es como el haiku japonés, que con apenas tres versos logra decir muchísimo, aunque lo esencial no esté explícitamente escrito sino sugerido”.

En esa relación entre la abstracción, la contemplación y lo sugerido, el artista encuentra también un fuerte vínculo con la poesía y con ciertas tradiciones orientales. “La abstracción tiene algo muy cercano a la poesía y también a la tradición oriental. No es casual que muchos grandes pintores abstractos de Occidente hayan encontrado inspiración en Oriente, en lo contemplativo, en lo poético, en aquello que se insinúa más de lo que se explica. Llega un momento en que la obra encuentra su unidad y agregar algo más ya no tiene sentido. Es como condimentar de más una comida: hay un punto exacto en el que todo cierra y aparece una sensación interna de satisfacción”.

Ese instante de plenitud aparece, según Altieri, cuando la obra finalmente revela algo inesperado, incluso para el propio artista. “Hay un momento en el que aparece una pequeña sensación de plenitud, un contento muy íntimo con ese proceso en el que fuiste acumulando capas, gestos y materia hasta que, de pronto, algo se completa y decís: ‘acá estaba’. Es un vínculo profundamente personal, porque muchas veces la obra termina revelando una parte de uno mismo que ni siquiera conocía”.

Y en esa lógica de exploración permanente, el pintor vuelve a remarcar que la abstracción implica avanzar sin certezas previas: “Quien trabaja a partir de un boceto puede tener una idea clara desde el comienzo y recorrer un camino más o menos fiel entre esa idea original y el resultado final. En cambio, en mi manera de trabajar, yo no sé hacia dónde voy ni cuánto tiempo me va a llevar llegar”. Para cerrar esa idea, Altieri cita una frase de André Breton que siente muy cercana a su manera de entender la pintura: “Siempre llega más lejos quien no sabe adónde va”.

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