El dramaturgo y director mexicano presenta “Voy a apagar el fuego”, una coproducción entre México y Argentina dirigida junto a Jazmín García Sathicq. Con una extensa trayectoria en el teatro para las infancias y una obra atravesada por el cruce entre arte, comunidad y sensibilidad social, viene a la ciudad con una historia donde el fuego funciona como metáfora de la memoria, los silencios, el deseo y las heridas que acompañan toda una vida.

Raúl Ángeles Flores es actor, dramaturgo, director, titiritero, tramoyista, carpintero, fotógrafo, ilustrador y baterista. Parte de la prensa mexicana lo define incluso como “el dramaturgo de la niñez queretana”, una síntesis posible para un artista que construyó gran parte de su trayectoria en el teatro para las infancias, aunque siempre atravesado por búsquedas sociales, comunitarias y experimentales.
Nacido en Querétaro, comenzó su camino artístico a los 12 años dentro de La Gaviota Teatro. Desde entonces desarrolló una intensa producción escénica que incluye más de veinte obras para niñas y niños, presentaciones en distintos estados de México y giras por Venezuela, España, Colombia, Costa Rica, República Dominicana y Estados Unidos.
Entre sus trabajos más reconocidos aparecen “Colibrí, o la misteriosa historia de cómo se apagó el sol” —obra que alcanzó cien funciones y obtuvo una develación de placa en el Centro Cultural del Bosque— y una serie de montajes vinculados al teatro científico como “Eureka”, “Todos somos Leonardo” y “¿A dónde se fue la luz?”, creados junto a investigadores y divulgadores científicos.
Llega a La Plata con “Voy a apagar el fuego”, una coproducción entre Argentina y México que se presentará el 21, 22 y 23 de mayo, a las 20 horas, en el Teatro Dynamo.
La obra recorre episodios decisivos en la vida de un hombre desde la infancia hasta la adultez, de manera no lineal. Allí aparecen recuerdos familiares, vínculos afectivos, escenas de violencia, deseo y pérdida, atravesados por una imagen constante: el fuego. Un fuego que funciona como juego, amenaza, refugio, castigo y lenguaje emocional.
“Mi acercamiento principal al teatro siempre ha sido a través de las infancias. De hecho, conocí a Jazmín, la directora de la obra, en un festival muy importante de México, en Orizaba, llamado Encuentro de Arte e Identidad, donde yo presentaba una obra de títeres y objetos. Lo primero que nos conectó fue el mate y, desde entonces, nos hicimos grandes amigos. A partir de ahí seguimos construyendo un vínculo muy fuerte”, contó Flores.
“En noviembre del año pasado estuve en la Escuela de Teatro de La Plata para dar un taller de máscaras de cartón y también presentamos una función de ‘La vida y el cucharón’, una obra de teatro para las infancias. En esa oportunidad le mostré este texto; ella lo leyó e inmediatamente dijo: ‘Hagámoslo’”, contó en Cacodelphia.
Para Flores, la obra nace de marcas emocionales profundas: “Tiene mucho que ver con esas huellas que a uno le quedan de la infancia. La obra está profundamente relacionada con el fuego, con esos momentos en los que uno arde en distintas etapas de la vida y va cargando esas marcas hasta el final, al punto de que cualquier chispa puede volver a encenderlo, que es justamente lo que le sucede al personaje”.
Aunque durante años escribió principalmente para niños y niñas, esta vez decidió avanzar hacia otro territorio. “Yo, normalmente, escribo para las infancias; de hecho, esta es la primera obra para adultos escrita por mí”.
El dramaturgo explicó que la construcción del texto surge de experiencias propias y ajenas: “Todas las obras que escribimos tienen algo de nosotros. Puede que, en este caso, haya situaciones que no me hayan pasado puntualmente a mí, pero sí a personas cercanas. Entonces fui armando una especie de rompecabezas con todas esas experiencias”.
“La idea del fuego surgió a partir de un hecho muy particular: un completo desconocido se me acercó una vez en la calle y, de la nada, comenzó a contarme su vida. Me resultó muy interesante esa capacidad de compartir algo tan vulnerable con otra persona. A partir de eso me pregunté qué pasaría si lleváramos esas experiencias al escenario y expusiéramos los sentimientos de alguien que está atravesando una situación así. La intención también era que el espectador pudiera verse reflejado e identificado en esas emociones”, afirmó.
En ese sentido, sostuvo que la obra también reflexiona sobre aquello que permanece oculto: “Hay una metáfora que sostiene que los silencios queman incluso más que el propio fuego. Todo eso que no se dice, lo que no nos dicen, lo que callamos o no nos animamos a expresar a las personas que queremos, se va acumulando. Y al final, como le sucede al personaje, una sola chispa termina detonándolo todo y lo lleva a tomar decisiones que van más allá de su propia realidad”.
En uno de los momentos centrales de la obra, el personaje afirma: “Me di cuenta de que el fuego del que me hablaban no era un castigo, sino este fuego que llevo adentro y que no sé cómo nombrar ni cómo apagar”.
Sobre esa escena, Flores explicó: “Ahí es cuando, de alguna manera, despierta ese deseo, ese impulso vital que también habita en él. Entonces aparecen los otros, los vínculos, y a partir de eso comienza a tomar decisiones que transforman su vida. Porque no hay una regla ni un manual para vivir. Vamos aprendiendo sobre la marcha, tratando de entender cómo manejarnos, porque nadie nos enseña realmente a vivir”.
Teatro para las infancias, nuevas poéticas y creación colectiva
Además de su recorrido como dramaturgo, Flores actualmente impulsa “El Palacio de los Títeres”, un espacio dedicado exclusivamente al teatro para las infancias en Querétaro.
“Como artista, uno siempre está buscando nuevos retos y nuevas poéticas. Yo vengo trabajando mucho en teatro para niñas y niños; de hecho, en Querétaro tenemos un espacio llamado ‘El Palacio de los Títeres’, dedicado cien por ciento al teatro para las infancias”, afirmó.
“Empecé mi formación teatral en Casa del Teatro, muy ligado al realismo, y a lo largo de mi recorrido también hice mucho teatro para adultos. Sin embargo, esta es la primera obra escrita por mí específicamente para público adulto”, señaló. “Lo que estaba buscando era justamente incursionar en ese universo del teatro para adultos, pero manteniendo siempre los procesos de producción y las poéticas que nos han caracterizado”, agregó.
La construcción de “Voy a apagar el fuego” también estuvo atravesada por una lógica de trabajo flexible y comunitaria: “La verdad es que encontrarme con Jazmín fue maravilloso porque, desde que empezamos a hablar, entendió muy bien cuál era el proyecto. Trabajamos de manera virtual durante seis meses y, cuando finalmente viajó a Querétaro y conoció ‘El Palacio de los Títeres’, todo lo que habíamos imaginado para la escenografía quedó a un lado y decidimos enfocarnos principalmente en la actuación”.
“Es una obra que queremos mover mucho; incluso ya tenemos invitaciones para algunos festivales. Por eso, la idea es poder llegar a cada lugar y ver qué posibilidades nos ofrece el espacio para reconfigurar la puesta. De hecho, el primer acercamiento que tuvimos con la obra en Querétaro es muy diferente a lo que se va a presentar en La Plata, justamente porque allí contábamos con otro tipo de espacio”.
“La idea es que, cada vez que lleguemos a un lugar, podamos trabajar a partir de ese espacio: intervenirlo, explorarlo y crear con lo que nos encontremos allí. Eso caracteriza a nuestra compañía, porque todo el teatro que hacemos nace justamente de lo que descubrimos en las distintas comunidades que visitamos. Adaptamos cada puesta a esos contextos, sabiendo que nunca vamos a tener el escenario ideal. Entonces, a partir de esa realidad, construimos el teatro que queremos hacer”.
El teatro como derecho
La dimensión comunitaria ocupa un lugar central en el trabajo de Flores. Su proyecto actual busca desarrollar un “camión-teatro” para recorrer comunidades alejadas de Querétaro y acercar propuestas culturales a niños y niñas de zonas rurales.
“Arranqué siendo muy joven en La Gaviota Teatro. En ese momento era un niño haciendo teatro para niños. Allí creamos un espacio e impulsamos proyectos muy importantes; es un grupo que está perfectamente posicionado”, dijo.
“Pero también empiezan a surgir nuevas poéticas y nuevas búsquedas que uno quiere alcanzar. Después de mucho tiempo allí, decidí seguir adelante con un nuevo proyecto social que llamamos ‘El Palacio de los Títeres’”, sumó.
“Hoy estamos luchando por tener un camión-teatro con el que podamos recorrer las comunidades. Querétaro tiene alrededor de 200 comunidades en la sierra y nosotros ya visitamos cerca de cien. Queremos llevar un teatro de calidad profesional, porque creemos que todos lo merecen. Tenemos muy claro que el derecho a la cultura es un derecho humano, y qué mejor que todos los niños puedan acceder a ella”, expresó.
Sobre el ecosistema teatral mexicano, Flores destacó tanto el desarrollo independiente como las políticas públicas de apoyo cultural: “En México hay distintos niveles de producción. Existen grandes productoras de series y películas, incluso gigantes como Televisa”.
“Pero, a nivel independiente, en Querétaro tenemos una gran ventaja: la gente consume mucho teatro, y eso genera un mercado que permite desarrollar diferentes tipos de propuestas. Tan solo en Querétaro debe haber alrededor de 45 compañías teatrales. Es una ciudad relativamente chica, de aproximadamente un millón doscientos mil habitantes, y cuenta con unos 25 teatros independientes que trabajan muchísimo”, contó el actor y dramaturgo.
“Cada fin de semana hay programación continua. Viernes, sábados y domingos se presentan alrededor de cinco obras en cada espacio. Eso significa que, en un mismo horario, puede haber más de cuarenta obras en cartelera. Y esto sucede porque la gente realmente va al teatro”, dijo. Y agregó: “Además, afortunadamente en México contamos con mucho apoyo gubernamental. Existen becas a nivel municipal, estatal y federal; son tres instancias distintas a las que podemos acceder. Por ejemplo, cuando viajé a la Argentina lo hice gracias a una beca llamada ‘Contigo Volamos Lejos’, mediante la cual el Estado de Querétaro subsidia viajes para que podamos presentar nuestras obras en distintas partes del mundo y dar a conocer la producción cultural de la región”.
“También hay apoyos municipales para publicaciones y convocatorias que ayudan a editar obras. Y, a nivel federal, existe una gira nacional de grupos por espacios independientes, donde se financia a alrededor de 300 compañías de todo el país para que puedan recorrer diferentes salas. Hay muchísimas becas y apoyos disponibles”, expresó Flores. “A eso se suma el acompañamiento del sector privado. Muchas empresas nos apoyan comprando nuestras obras o encargándonos proyectos especiales, y eso también nos permite capitalizarnos para llevar adelante las propuestas en las que queremos trabajar”, señaló.
