El proyecto platense reúne nueve canciones en una propuesta que cruza música, cine y fotografía. Alejandro Bértora habló sobre la búsqueda artística del grupo, los cambios en la forma de escuchar música, las dificultades para abrirse camino en la industria y la necesidad de sostener las creencias y el trabajo colectivo.

Luna Roja y Las Guitarras Negras construyó un lenguaje propio dentro de la música popular, con raíces en el tango, composiciones originales y una búsqueda que se aparta de los formatos tradicionales del género. Con Alejandro Bértora en voz y Natanael Ullón y Lucas Marcelli en guitarras y Julián Rossini en piano, el grupo presentó “Creyente”, un trabajo de nueve canciones que amplía los límites del disco para convertirlo también en una experiencia audiovisual. La propuesta reúne música, cine, fotografía y actuación en un universo de imágenes enigmáticas que no buscan ofrecer respuestas cerradas, sino abrir posibilidades de interpretación.
El álbum continúa el camino iniciado con “En un diciembre turbio” y fue tomando forma a lo largo de varios años, entre canciones que ya existían y otras que aparecieron durante el proceso de grabación. “Este es un disco que se empezó a forjar hace bastante tiempo, porque hay canciones que no son tan nuevas que se terminó muy sobre la hora. Tiene canciones que aparecieron hace tres años y otras que aparecieron en el momento de grabarlas”, contó Bértora.
Parte del material recuperó composiciones que el grupo había registrado anteriormente como trío, pero que en esta oportunidad volvieron a grabar con la participación del pianista Julián Rossini. Fue el caso de “Insoportablemente” y “Tres cotorras”, que encontraron otra dimensión sonora durante las sesiones en Fort Estudios, en Buenos Aires. El disco también incorporó nuevas composiciones y canciones surgidas del intercambio entre sus integrantes. “Humo negro”, por ejemplo, nació de una idea de Lucas Marcelli que ambos terminaron de desarrollar, mientras que “Memoria infinita”, de Rossini, propuso una sonoridad más cercana al piano y a la tradición piazzollera.
Las canciones fueron encontrando su lugar sin responder a un plan rígido. En ese proceso, el grupo también profundizó una forma de entender el tango que combina la raíz criolla con arreglos y sonoridades que no siempre coinciden con las convenciones del género. “No queremos ser un trío de tango tradicional tocando tangos tradicionales”, podría resumirse en una de las ideas que atraviesan la búsqueda de la agrupación, que apuesta por las músicas nuevas y las composiciones propias sin renunciar al sabor tanguero.
Un disco que también se mira
La dimensión audiovisual ocupa un lugar central en “Creyente”. Con dirección visual de Gastón Borrone y Natanael Ullón, las canciones se acompañan de videos que construyen escenas de apariencia onírica, con protagonistas diferentes, fondos negros, humo, imágenes en blanco y negro y movimientos en cámara lenta. La intención fue crear un espacio sin una ubicación precisa, donde pudieran convivir situaciones y universos diversos, como sucede en los sueños.
El concepto del disco aparece especialmente en “Extraño”, una canción que aborda la figura de alguien que deja de creer. A partir de esa idea, el grupo comenzó a construir el lenguaje visual que acompaña al álbum. “A partir de esa idea de dejar de creer y en todo lo que a partir de eso puede aparecer, fuimos armando los videos, donde aparece algo medio místico”, explicó a Cacodelphia.

En “Humo negro”, Lucas Marcelli levanta una copa como si fuera un cáliz y se pinta la cara con una imagen que remite a la guerra. El objeto tiene, además, una historia ligada a la cultura platense. “Esa copa que aparece en el video es la ‘Copa Jorge Alorsa’ que Lucas y Natanael ganaron en el Torneo de Metegol que se organizó en un ‘Domingo con Alorsa’. Una copa que además está presente en otros videos, es decir, que el espíritu de Alorsa está presente de manera subliminal”, contó el músico.
La referencia a Jorge “Alorsa” Pandelucos se incorpora así a una obra que trabaja con símbolos, recuerdos y asociaciones sin necesidad de explicarlos por completo. Para Bértora, las imágenes no tienen que traducir literalmente lo que dicen las canciones. Su función es ampliar la experiencia y agregarle capas de sentido.
“Me parece que las imágenes no sé si terminaron, pero sí le dieron un espesor diferente a la obra”, sostuvo. Y agregó que, aunque existen conexiones entre los videos, no es necesario encontrar una explicación para cada una. “Me parece que hay un disfrute estético en sí mismo, pero seguro que en eso que no explica ayuda, complementa y completa la obra”.
La realización fue también una experiencia de colaboración entre artistas. Borrone y Ullón coordinaron el trabajo visual y consiguieron la Escuela de Artes de Berisso para montar los elementos necesarios para las filmaciones. El proyecto amplió así sus límites más allá de los músicos y sumó otras miradas y formas de trabajo.
Escuchar música en tiempos de pantallas
La decisión de acompañar cada canción con imágenes responde también a una transformación en los hábitos de consumo cultural. Bértora observa que la manera de escuchar música cambió con los dispositivos, las plataformas y la multiplicación de estímulos. El disco completo perdió parte del lugar que tenía y las canciones circulan cada vez más de forma fragmentada.
“Pienso mucho en cómo hoy nos comunicamos con la música, cómo escuchamos música, a través de qué dispositivo. Tal vez sea cada vez menos la gente que escucha un disco completo”, señaló. En ese contexto, explicó, difundir las canciones a través de videos fue una forma de encontrar nuevos modos de llegar al público y mantener la propuesta presente en el escenario cultural contemporáneo.
El desafío no se limita a las formas de difusión. También tiene que ver con las condiciones económicas y con la competencia por la atención de los espectadores. “Apostar a estos formatos es un síntoma de época, en el cual la tecnología es mucho más accesible y la gente va menos a los conciertos, por una cuestión de crisis económica en general, pero también porque estás compitiendo contra todas las plataformas”, analizó.
Para el músico, hoy resulta más difícil convencer a alguien de que salga de su casa y dedique un tiempo prolongado a una experiencia artística. “Cuesta captar la atención durante más de un minuto, imagínate ir a ver un show entero, cada vez cuesta más”, afirmó.
Ante ese panorama, las grabaciones adquieren una importancia particular, porque permiten que la música alcance a personas que probablemente no asistirán a un recital. Sin embargo, Bértora no oculta sus dudas sobre el rumbo de esta transformación. “Siempre me pregunto si todo esto en algún momento va a pegar la vuelta y será aburrido lo que pasa en las pantallas, y entonces vuelva a tener valor un concierto de piano. No soy muy optimista en ese sentido, creo que nos vamos a ir acostumbrando a estímulos cada vez más rápidos y ese es un camino sin retorno”, reflexionó.
Aun así, reconoció que la creciente preocupación por la hiperconexión también puede abrir una posibilidad de cambio. “Desde que nos empezamos a enfermar de digitalidad y de hiperconexión, también por suerte apareció una alerta sobre eso, entonces tal vez estemos a tiempo, en parte porque las redes son cada vez menos interesantes”, planteó.
La dificultad de hacer lugar a lo nuevo
La reflexión sobre la circulación musical se conecta con otra preocupación de Bértora, vinculada con las posibilidades que tienen los artistas de desarrollar propuestas por fuera de los circuitos dominantes. El músico cuestionó el poder de las grandes empresas que concentran el negocio musical y su escasa disposición a impulsar proyectos nuevos.
“Hoy no hay espacio para algo nuevo”, afirmó. Y fue más allá al señalar que “las grandes multinacionales que se quedaron con el negocio de la música a nivel mundial no apuestan a nuevos artistas, no hay nuevas apuestas y eso es bastante trágico”.
En ese contexto, la continuidad de un proyecto independiente y la posibilidad de sostener una búsqueda estética propia adquieren un valor particular. Luna Roja y Las Guitarras Negras no solo intenta construir una sonoridad reconocible, sino también mantener un espacio de creación en el que las decisiones artísticas puedan surgir del intercambio entre sus integrantes.
Bértora destacó que una de las mayores dificultades, pero también una de las experiencias más valiosas, fue sostener ese trabajo colectivo. “Luna Roja es un proyecto colectivo donde todos opinamos, todos trabajamos, y eso es lo lindo que se generó, que haya iniciativa de todos y que el grupo se vaya ampliando. Si la propuesta es más que musical, entonces va a haber más que músicos”, explicó.
La convivencia entre diferentes ideas requiere, según el cantor, aprender a escuchar y aceptar que una propuesta no tiene por qué responder siempre a las preferencias individuales. “El desafío es ceder, porque no siempre uno tiene una idea mejor que el otro, y aunque no te termine de cerrar lo que el otro está proponiendo hay que saber entender que esa es la idea que se está trabajando, entonces no hay que enamorarse de las ideas de uno”, sostuvo.
Esa apertura también atraviesa el repertorio. Las composiciones propias conviven con versiones de autores como María Elena Walsh y con clásicos del tango, además de referencias a Los Redondos. Bértora explicó que, cuando una canción propia empieza a ser trabajada por el grupo, deja de pertenecerle exclusivamente y se transforma en una creación compartida. Por eso, al interpretar obras ajenas, no siente una distancia demasiado grande respecto de sus propias composiciones. Las canciones terminan integrándose a un mismo universo musical.
Creer, incluso en tiempos de incertidumbre
Más allá de su dimensión musical y visual, “Creyente” propone una reflexión sobre las convicciones, la fe y la necesidad humana de encontrar algo en lo que creer. Para Bértora, esa búsqueda atraviesa tanto la vida cotidiana como la política y las formas en que las personas imaginan el futuro.
“Siempre estamos creyendo en algo”, afirmó. Al desarrollar esa idea, recuperó la reflexión de Eduardo Galeano sobre la utopía y su capacidad de orientar el camino, aunque el horizonte parezca inalcanzable. “Galeano hablaba de la utopía, para qué sirve la utopía se preguntaba, ‘para caminar’, respondía. No llegamos a ningún lugar, pero siempre estamos un poco más cerca de ese lugar donde queríamos ir”.
El músico vinculó esa perspectiva con un presente en el que percibe retrocesos en materia de derechos, democratización y paz. Frente a ese escenario, planteó que, aunque algunos avances parezcan interrumpirse, la conciencia colectiva puede seguir siendo una herramienta para sostener las luchas.
Su reflexión sobre la creencia también cuestiona la idea de que el conocimiento y la fe sean necesariamente opuestos. “A veces pienso que lo contrario a creer es saber, el que cree es un iluso porque no sabe, y el que sabe, porque sabe, no cree”, explicó. Pero enseguida puso en duda esa separación: “El que sabe no deja de estar suponiendo que sabe algo, entonces cree que sabe”.
Para Bértora, creer no significa necesariamente tener una certeza absoluta. Puede ser confiar en una idea, trabajar por un objetivo, imaginar una transformación social o sostener la esperanza de que el esfuerzo cotidiano sirva para mejorar la vida de otros. “El que cree sabe que cree”, afirmó, y relacionó esa necesidad con la militancia, el trabajo y los proyectos que cada persona construye junto a los demás.
En esa reflexión también apareció una lectura crítica de la política argentina. Bértora consideró que la necesidad de creer puede ayudar a comprender por qué una parte de la sociedad depositó sus expectativas en Javier Milei, aunque él no encuentre razones para compartir esa confianza. “Necesariamente vamos a creer en algo, si la gente creyó en alguien como Milei es porque necesita creer en algo, porque no hay ninguna buena razón para creer en algo así”, sostuvo.
La dimensión colectiva vuelve a aparecer como una idea central de su pensamiento. Frente a la promesa de autosuficiencia que muchas veces acompaña a la tecnología, Bértora recordó que la vida humana depende necesariamente de los vínculos. “Tenemos la ficción de que somos individuos, pero somos sujetos, porque solos nos moriríamos”, señaló. “Hay otro y no hay manera de prescindir de eso”, concluyó.
En “Creyente”, esa certeza se traduce en una obra que necesita del encuentro entre músicos, artistas visuales y público para completar su sentido. El disco no ofrece respuestas definitivas sobre la fe, la política o el futuro, sino que pone esas preguntas en movimiento a través de canciones e imágenes.
