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Indio Chikaka, un músico de la calle que hizo de la alegría su bandera

El cantor, charanguista y vientista jujeño Jorge Urey murió el 19 de octubre, pero dejó una huella profunda en la música y en la vida cultural platense. Seba Meza compañero de ruta en Meta Chikaka, recordó su historia en diálogo con Cacodelphia, mientras recuperamos también las palabras que el propio Indio compartió en sus visitas a los estudios de Radio Futura. Su legado musical quedó registrado en “Pata i perro (el caminante)”, un disco que permitió rescatar parte de un repertorio que durante décadas llevó por escenarios, calles y encuentros populares.

Hay personas que consiguen hacerse un lugar en la memoria de una ciudad sin proponérselo demasiado. Jorge Urey, el Indio Chikaka, era una de ellas. Cantor, charanguista y vientista nacido en San Pedro, Jujuy, llevó la música andina por escenarios de distintos lugares del mundo junto a Markama, Los Wayras y José María “Kolla” Mercado. Más tarde, encontró en el rock platense otra familia musical, cuando se sumó a La Flower Power y Encías Sangrantes. En La Plata también fue el hombre del puesto de pochoclos de la esquina de 8 y 48, el de las charlas interminables, las anécdotas y esa risa siempre dispuesta a aparecer.

“Yo no soy un músico de carrera, soy un músico de la calle que la misma experiencia me dio algunos saberes para tocar”, contó en una de sus visitas a Radio Futura. Y enseguida explicaba una manera de entender su oficio que no distinguía entre los escenarios consagrados y las actuaciones improvisadas. “He tocado en los barrios más humildes, en el micro, en los trenes y con el Kolla en los escenarios más importantes, pero para mí es lo mismo, porque toco y canto con el corazón, con el sentimiento y la gente se da cuenta”, decía.

Esa historia de escenarios, viajes y encuentros también estaba hecha de pérdidas y amistades. La muerte de Kolla Mercado, con quien había compartido años de música y giras, lo dejó profundamente triste. “El Kolla me dio todo, mucho cariño, me compartió su saber, fue mi hermano mayor y cuando murió me quedé muy solo y triste”, recordó en otra conversación con Cacodelphia.

En aquellos años difíciles apareció el rock platense. “Llegaron en el momento más crítico de mi vida y me dieron ánimo para no perderme, por eso nunca me voy a olvidar de quienes estuvieron a mi lado en ese momento”, contó al recordar a los músicos de La Flower Power y Encías Sangrantes. También les debía su nombre artístico a esos encuentros. “Toby Villa, fundador de La Flower Power, me puso Chikaka, yo antes era simplemente el indio o el jujeño”, explicó. Con ellos salió a tocar por las calles y encontró una forma de seguir adelante.

La amistad como punto de partida

Seba Meza, músico que integró la última formación del Indio, lo conoció en 2018, aunque ya lo había visto tocar en Plaza Italia con La Flower Power. El primer encuentro, sin embargo, ocurrió en la calle, cuando Meza tocaba el didgeridoo y Urey trabajaba en su puesto de pochoclos.

“Yo lo conocí en la esquina de 7 y 48, como pochoclero. Yo iba a tocar el didgeridoo a calle 8 y el Indio siempre estaba atento a los músicos callejeros, terriblemente amiguero, enseguida te empezaba a hablar”, recordó en diálogo con Cacodelphia.

Con el tiempo, aquellas conversaciones se transformaron en una amistad y en la posibilidad de hacer música juntos. El reencuentro se produjo en el Mathapi, el encuentro de sikuris y expresiones autóctonas que se realiza en el barrio porteño de Chacarita. Allí, a través del vientista boliviano Nelson Orellana, Meza volvió a encontrarse con Urey y comenzó a tomar forma la idea de armar una banda para repasar su repertorio y compartirlo con otras personas.

Así nació Meta Chikaka, una formación que reunió a Jorge Urey en voz, charango y quena; Ramiro Martiarena en los vientos; Sebastián Meza en guitarra, ronroco, charango, quena y coros; Omar Flores en bombo y percusión; y Marcos Ciancio en bajo acústico fretless.

El proyecto también implicó un aprendizaje compartido. Acostumbrado a tocar en vivo y a salir de gira, el Indio tenía otra relación con los tiempos de la música. El trabajo de estudio requería ensayos, preparación y una paciencia que no siempre coincidía con su manera de hacer las cosas.

“Era un cruce de paradigmas. El Indio venía de la vieja escuela, fue un músico de tocar mucho en vivo y cuando entraba a grabar, grababa en dos días y seguían de gira con la agrupación que estuviera”, explicó Meza. Por eso, al principio, hubo que acostumbrarse a otra dinámica. Durante tres años se reunieron dos veces por semana, estudiaron los temas y fueron armando un repertorio de 25 canciones.

Los rezongos y las discusiones también formaron parte del recorrido. El propio Indio bromeaba con que estaba perdiendo plata al dedicar tantas horas a los ensayos, en lugar de trabajar en el tren. Pero, como recordó Meza, estaba contento de tener su banda.

“Era un corazón abierto y tenía mucha memoria”, dijo el músico al intentar describirlo. También destacó una cualidad que lo sorprendía cada vez que tocaban juntos. “El Indio, sordo como era, nunca desafinó una nota, nunca se corría de la nota. Era algo maravilloso. Él sabía tocar lo suyo y a su manera, era un artesano de la música”.

Un disco para que la historia no se pierda

El trabajo de Meta Chikaka quedó registrado en “Pata i perro (el caminante)”, el primer disco de la agrupación, grabado en 2023 en el Estudio Nakao, con Juan “Ponche” Abraham a cargo de la grabación, mezcla y masterización. El álbum reunió canciones del repertorio andino y jujeño que Urey había llevado consigo durante décadas, interpretadas desde La Plata por un grupo que encontró su propio modo de acercarse a esa tradición.

El percusionista Omar Flores Ramos, quien también en estos días falleció en la ciudad, había explicado en Cacodelphia el valor de ese encuentro musical y el trabajo que implicó acompañar al Indio en la búsqueda del sonido de cada canción.

“El Indio, junto con sus tocatas improvisadas, trae también en sus alforjas un montón de temas que lo acompañan desde los años 80, cuando era parte del grupo de José María ‘Kolla’ Mercado, lo cual le dio un aprendizaje y un manejo de escenario increíble”, señaló.

Flores conocía esa música desde hacía años. Había encontrado a Urey en La Plata durante la década del 80, cuando los músicos del norte se reunían en peñas y compartían encuentros atravesados por la música popular. Recordaba también la posibilidad de haberlo cruzado antes, en los años 70, en la casa de Gustavo “Cuchi” Leguizamón, donde el Indio trabajaba como asistente del compositor y del Dúo Salteño.

A la hora de grabar, su tarea fue acompañarlo para recuperar el sabor de aquellas canciones. “Me tocó hacerle de compinche, para acompañarlo en la senda de lo changos y buscarle juntos el corazón a cada tema”, contó. En ese trabajo compartido fueron apareciendo los arreglos, las maneras de tocar y los detalles que daban forma al universo musical del Indio.

Para Flores, el disco tenía un valor que iba más allá de la grabación. “Para mí este trabajo es muy mágico, ya que logró rescatar el repertorio que el Indio nunca pudo grabar y que a esta altura de su vida pueda plasmarlo me parece algo maravilloso”, expresó. Lo consideraba el primer legado de un músico que había pasado buena parte de su vida tocando, viajando y compartiendo canciones sin detenerse demasiado a pensar en lo que estaba dejando.

El álbum incluyó obras como “El Avenido”, “K'arallanta”, “Sirviñacu”, “Por la Quebrada” y “Carnavalito del Duende”, entre otras. No buscaba reproducir de manera estricta una sonoridad tradicional jujeña, sino encontrar un lenguaje propio a partir del repertorio que Urey había reunido en sus andanzas.

Para Meza, la importancia del proyecto estuvo tanto en ese rescate musical como en el vínculo que construyeron durante los ensayos y las grabaciones. “Más allá del legado y del valor cultural que dejó ese disco, a nivel personal me quedo con el encuentro humano, con la amistad que pudimos forjar con el Indio, con todo lo compartido y tranquilo de saber que lo hemos podido acompañar hasta el último momento”, señaló.

Y agregó que el propósito también era dejar algo de aquella personalidad que convertía cualquier reunión en una fiesta. “El propósito del disco era dejar algo, que se recuerde algo de la locura linda, algo de esa chispa, algo de ese músculo de la alegría”, explicó. Incluso en situaciones adversas, recordó, el Indio encontraba en la música la manera de levantar el ánimo y contagiar entusiasmo.

La música como forma de encontrarse

En sus distintas visitas a los estudios de Radio Futura, el Indio habló de sus aprendizajes, de sus compañeros y de la música como una forma de compartir la vida. No parecía demasiado interesado en las solemnidades ni en los reconocimientos. Le importaba tocar, cantar y conseguir que la gente se sumara a la celebración.

Cuando presentó el trabajo de Meta Chikaka, contó que estaban armando el repertorio con paciencia y que le sorprendía la respuesta del público. “Buscamos que la gente sea feliz, trabajamos para eso, un objetivo nada sencillo. Me sorprendió mucho cómo la gente se está copando con nuestra música”, dijo entonces.

Esa búsqueda también explica por qué el recuerdo del Indio excede su trayectoria artística. En la esquina, en las peñas, en los trenes o arriba de un escenario, había una misma disposición a encontrarse con los demás. Su música no estaba separada de su vida cotidiana, sino que formaba parte de una manera de estar en el mundo.

Seba Meza encontró una forma de resumirlo cuando recordó los momentos en que, después de los ensayos y las discusiones, finalmente aparecía la música. “En los momentos en los que se alineaban los planetas, éramos parte de algo hermoso. En ese momento de musiquear era muy bonito, fue hermoso tocar con él”, dijo.

El Indio Chikaka murió el 19 de octubre, pero dejó canciones, historias y amistades que siguen hablando de él. En “Pata i perro (el caminante)” quedó registrada una parte de su recorrido musical, un repertorio que durante décadas acompañó sus viajes y sus encuentros. Lo demás permanece en la memoria de quienes lo conocieron, en las anécdotas que todavía circulan y en esa alegría que, como recordaron sus compañeros, podía aparecer apenas empezaba a sonar la música.

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