Su partida deja una ausencia enorme en el pensamiento nacional y popular, pero también en quienes encontraron en sus libros, sus clases y sus conversaciones otra manera de mirar la historia argentina y latinoamericana. Historiador, ensayista, militante y divulgador, Galasso construyó una obra atravesada por la discusión con la historia oficial, la recuperación de figuras relegadas y una permanente preocupación por acercar el conocimiento histórico a la mayor cantidad de personas posible.

Germán Ibáñez, profesor de Historia, docente y compañero de trabajo, formación y militancia durante muchos años, lo recuerda como un maestro en el sentido más amplio de la palabra. “Norberto fue para mí un maestro, en mi formación, en el trabajo, como militante”, afirmó.
Ibáñez conoció a Galasso durante la década del noventa, cuando era estudiante de Historia en La Plata. Ya interesado por el pensamiento nacional, recorría las librerías de usados de la ciudad cuando encontró “La izquierda nacional y el FIP”. “Lo leí y dije: esto es lo que me interesa, es por acá”, recordó.
El encuentro personal llegaría algunos años después. En 1997, Galasso viajó a La Plata para presentar un libro sobre John William Cooke en la Facultad de Humanidades. Ibáñez asistió a la charla y luego le escribió una carta. Galasso le respondió y, durante ese mismo verano, comenzó una colaboración que se extendería durante décadas.
“Comencé a colaborar en el viejo Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, en Boedo. Recuerdo que viajábamos con Juan Carlos Jara, ambos íbamos a colaborar. Norberto daba su curso de Historia Argentina y nosotros hacíamos un taller con algunas lecturas con la gente que se quería interesar un poco y seguir leyendo. Así comencé a trabajar con Norberto”, contó a Cacodelphia.
A partir de entonces, Ibáñez colaboró con sus publicaciones y participó en distintos proyectos de formación. “Durante muchos años colaboré con sus publicaciones, incluso algunos textos los escribimos juntos”, señaló.
El historiador de la militancia
Para Ibáñez, una de las claves para comprender a Galasso está en su manera de entender el oficio de historiador. Galasso no provenía de una carrera académica tradicional: era contador y trabajó como tal hasta su jubilación. Su llegada a la historia estuvo ligada a la política, a la militancia y a la necesidad de comprender los procesos que atravesaban al país.
“Norberto concebía su trabajo de historiador como una militancia, como un compromiso político. No era un académico, pero sí llegó a la historia a través de la política”, explicó Ibáñez.
Esa concepción hacía que la formación, la discusión y el intercambio ocuparan un lugar central en su tarea. “Entendía que la formación, la discusión, el debate cara a cara y el intercambio de puntos de vista eran fundamentales. Para mí, fue el historiador de la militancia”, sostuvo.
Galasso no medía la importancia de una actividad por la cantidad de asistentes. Ibáñez recuerda especialmente sus viajes a La Plata: llegaba en micro y caminaba despacio hacia la Facultad de Humanidades, sin saber si encontraría personas o un aula casi vacía.
“No importaba tanto si había poca o mucha gente. Había que hacer ese trabajito, como lo había aprendido de sus maestros, Jauretche, Scalabrini y Ugarte, referencias importantes para él en cuanto a conducta y en cuanto a cómo proceder”, afirmó.
Esa disposición fue particularmente importante durante los años noventa, en plena década menemista, cuando muchas de las discusiones políticas y culturales se desarrollaban en los márgenes. Galasso editaba pequeñas publicaciones, periódicos y cuadernillos que circulaban de mano en mano.
Ibáñez recordó el periódico “En lucha”, donde publicó su primer artículo, y el diario “Discepolín”, del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo. Después llegarían los cuadernillos de “La otra historia”, una serie que permitió llevar esas discusiones a distintos puntos del país.
“Al principio era todo a pulmón. Mandábamos gacetillas y de a poco íbamos difundiendo su presencia en la ciudad”, recordó. Galasso escribía los cuadernillos y, al mismo tiempo, los presentaba en distintos espacios. Entre ellos estuvieron los trabajos sobre Juan Manuel de Rosas y la Guerra del Paraguay, este último escrito en colaboración con Ibáñez.
Discutir con la historia oficial
La obra de Galasso estuvo atravesada por una discusión permanente con la historia oficial y con la tradición mitrista. Pero Ibáñez destaca que esa discusión no se construía desde la simplificación ni desde el rechazo automático de otras interpretaciones.
“Galasso hablaba de la necesidad de construir una historia desde los márgenes, desde los sectores populares, desde una perspectiva nacional y latinoamericana. En ese sentido, discutía con la historia oficial, con la tradición mitrista. Fue una parte muy importante del trabajo de Norberto”, explicó.
Galasso procuraba dejar claro desde qué lugar hablaba. Según Ibáñez, esa honestidad intelectual era una característica fundamental de su método.
“Cada curso que comenzaba, cada vez que lanzaba algún nuevo proyecto, planteaba desde qué lugar hablaba. De hecho, los primeros cuadernillos de la serie ‘La otra historia’ son sobre las diferentes corrientes historiográficas”, señaló.
Para Ibáñez, Galasso era especialmente riguroso al explicar las distintas tradiciones de interpretación histórica: “Era muy escrupuloso y planteaba con mucha honestidad intelectual cuál había sido la interpretación liberal tradicional de Argentina, la interpretación mitrista de la historia, cómo habían sido los distintos revisionismos —porque planteaba que no había uno sino varios— y cómo era la historiografía académica del siglo XX”.
La discusión con Bartolomé Mitre y con la historia tradicional no era, entonces, una cuestión secundaria. “Evidentemente, su gran antagonista siempre fue el legado y la figura de Mitre y la historia tradicional que marcó durante más de un siglo la mirada sobre el pasado en Argentina”, afirmó Ibáñez.
Pero con el tiempo esa discusión se fue complejizando. Para Galasso, el problema comenzaba por la propia concepción de la Nación y por la manera de interpretar la independencia.
“Discutía en primer término la concepción de la Nación y ahí arrancaba con mucha claridad la propia independencia nacional, el proceso revolucionario que había conducido finalmente primero a la Revolución de Mayo y luego a la independencia”, explicó.
En esa revisión del pasado, Galasso ponía en cuestión el relato que presentaba la emancipación argentina como un proceso aislado y concluido con la incorporación del país a la órbita británica. “Discutía con la visión tradicional de una nación argentina preexistente que de repente se liberaba de España y se echaba en brazos de Inglaterra”, sostuvo.
Frente a esa interpretación, proponía comprender la independencia argentina como parte de un proceso revolucionario más amplio.
“Él plantea entender el proceso que lleva a la independencia argentina como un proceso revolucionario democrático popular que solamente cobra sentido en el marco de una revolución hispanoamericana”, afirmó.
La Revolución de Mayo y la formación de la Nación argentina, según esta perspectiva, no podían pensarse separadas del resto del continente. “Norberto entiende a la Revolución de Mayo y a la formación de la Nación argentina en el contexto de una historia latinoamericana”, dijo Ibáñez.
Manuel Ugarte y la dimensión latinoamericana
El latinoamericanismo fue una de las marcas distintivas de Galasso. Ibáñez considera que esa perspectiva lo diferencia incluso de otros sectores del revisionismo histórico argentino.
“En ese sentido, el enfoque revisionista que plantea es latinoamericanista y su gran maestro era Manuel Ugarte”, dijo.
La recuperación de Ugarte ocupó un lugar central en la obra de Galasso. Para Ibáñez, se trataba de una figura prácticamente olvidada durante décadas. “Ugarte es uno de los grandes malditos, de hecho, el más maldito”, afirmó.
Ibáñez señaló que otros revisionismos habían puesto el énfasis, con razón, en figuras como Jauretche y Scalabrini Ortiz, pero no siempre habían sostenido una mirada latinoamericana. “Han discutido desde la Argentina la visión tradicional liberal y han descuidado la figura de Ugarte”, explicó.
Galasso fue uno de los primeros investigadores en recuperar sistemáticamente su pensamiento. En los años setenta publicó una antología sobre Manuel Ugarte. “Ese fue uno de los primeros trabajos que se hicieron sobre Ugarte. Con el tiempo su figura está más presente, pero durante mucho tiempo fue el más maldito de los malditos, porque alguien recordaba a Jauretche, a Scalabrini, pero nadie a Ugarte”, recordó Ibáñez.
Para Galasso, recuperar a Ugarte significaba ampliar la mirada sobre la historia argentina y comprender que la emancipación nacional no podía separarse de la unidad y la liberación de América Latina.
Jauretche, Scalabrini, Hernández Arregui y una tradición de pensamiento
La formación intelectual de Galasso estuvo profundamente ligada a una generación de pensadores que habían discutido con la dependencia cultural, económica y política del país. Ibáñez mencionó a Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui, Manuel Ugarte y Abelardo Ramos.


“La coherencia y la conducta de Galasso estuvieron entreveradas con los grandes pensadores. Vivió de un modo similar, desarrolló una práctica militante y una labor intelectual muy en sintonía con las figuras de Jauretche, a quien conoció y tuvo trato; con Scalabrini; con Hernández Arregui, con quien también tuvo trato; con Abelardo Ramos, con quien se peleó después por motivos políticos”, contó.
Galasso aprendió de ellos, los admiró y, según Ibáñez, continuó en buena medida el legado que habían construido. “Pudo aprender de ellos, los admiró y en gran parte de lo que hizo fue de alguna manera continuar ese legado”, dijo.
Durante los años ochenta y noventa, esa tradición todavía ocupaba un lugar marginal en muchos espacios políticos y académicos. Galasso atravesó ese período construyendo una obra que recuperaba figuras incómodas incluso para sectores del propio peronismo.
En ese sentido Ibáñez recordó especialmente la biografía de Jauretche, publicada en 1985, y el trabajo dedicado a Hernández Arregui, marxista y peronista. “Eran figuras que incluso para el peronismo de los años ochenta eran difíciles de digerir. Solamente sectores de la izquierda del peronismo lo recordaban y el resto prefería olvidarse de esa etapa”, explicó.
Los libros y la Biblioteca del Pensamiento Nacional no lograron quebrar de inmediato el silencio que pesaba sobre esas figuras. “No lograron horadar un cierto muro de silenciamiento. Sin embargo, Norberto siguió adelante, en esa línea”, afirmó.
En los años noventa, agregó Ibáñez, todavía era difícil instalar determinadas discusiones en el ámbito universitario. “No podría decir que la Universidad Argentina era completamente refractaria porque sería exagerado e injusto. Había espacios de discusión, había docentes que hacían algunos guiños en esa dirección, pero todavía eran minoritarios”.
Para Ibáñez, fue después de la gran crisis de 2001 cuando algunas de esas preguntas comenzaron a ocupar un lugar más visible en la sociedad.
San Martín y la necesidad de mirar más allá de lo establecido
La curiosidad intelectual de Galasso lo llevaba a revisar incluso aquellas figuras que parecían definitivamente consagradas por la historia. Ibáñez destacó especialmente su mirada sobre José de San Martín.
“Era muy insistente con que no podíamos sopesar realmente la importancia de la figura de San Martín si no conocíamos lo que había sido su trayectoria en España y cómo eso había influido en su liberalismo revolucionario y cuáles eran las ideas revolucionarias que San Martín había asumido”, recordó.
Galasso introducía textos y materiales sobre los años españoles del Libertador para comprender mejor su formación política e intelectual. No se conformaba con repetir las interpretaciones tradicionales. “Planteaba esa cuestión e introducía textos y toda la etapa en la cual San Martín había estado en España”, señaló Ibáñez.
Esa actitud, dijo, resume buena parte de su personalidad intelectual: “Era alguien que quería salirse de la huella, no para encontrar la novedad, sino para poder realmente brindar la mejor interpretación posible”.
Ibáñez consideró que la biografía de San Martín escrita por Galasso es una obra fundamental y, sin embargo, poco valorada en comparación con otros de sus libros. “La biografía que hace sobre San Martín me parece medular para entender esa etapa de la historia argentina y lamentablemente no se le ha dado tanta importancia”, señaló.
Entre sus trabajos más conocidos también menciona las biografías de Jauretche y Scalabrini Ortiz, la monumental biografía de Perón en dos tomos y la historia de la deuda externa argentina, una obra que considera especialmente útil para quienes buscan un análisis crítico del endeudamiento nacional.
La austeridad, la generosidad y el trabajo de enero a enero
Más allá de su obra, Ibáñez recordó a Galasso por su manera de vivir y de relacionarse con los demás. “El propio Norberto fue un maldito para la academia”, dijo, pero esa condición no se tradujo en distancia ni resentimiento. Por el contrario, quienes se acercaban a él encontraban una enorme disposición para compartir conocimientos.
“Era una persona muy minuciosa del dato, de la información. En ese sentido me lo imagino como a Scalabrini Ortiz, buscando el dato preciso con mucha honestidad intelectual para reconocer de dónde viene la información”, explicó.
A esa rigurosidad se sumaba una gran modestia. Ibáñez recordó que, cuando todavía era joven, Galasso le ofrecía escribir sin necesidad de poner su firma. “Él era un gran militante. Norberto era muy generoso. A mí, siendo un pibe, me ofrecía escribir directamente sin andar poniendo su firma”.
Esa generosidad se expresaba también en la forma en que acompañaba a quienes querían estudiar y aprender. “Cuando alguien se acercaba con afán de aprender, de estudiar, de colaborar en esa tarea, él te brindaba la información, las referencias”, explicó.
Ibáñez considera que Galasso fue modesto incluso respecto de su propia obra. “Para mí está a la altura de Scalabrini y Jauretche”, afirmó. Y agregó: “Norberto Galasso es la gran figura de finales del siglo XX y de este siglo XXI, sin desmerecer a nadie”.
La austeridad no significaba falta de intensidad, sino una dedicación permanente al trabajo. Ibáñez lo recuerda ocupado en su tarea durante todo el año. “Hay un punto donde se tocan el rigor del investigador y el compromiso político: una gran capacidad de trabajo y una absoluta dedicación”, señaló.
Una anécdota lo resume. Durante un verano, en el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, organizaron un curso sobre la revolución latinoamericana. Para convocar al público, colocaron carteles que anunciaban: “Un verano caliente con las revoluciones latinoamericanas”.
“Ahí estaba Norberto, con 35 grados de calor, hablando de la Revolución Boliviana de 1952. Y la gente que lo rodeaba estaba en la misma sintonía”, contó Ibañez.
Para el historiador y docente, aquella escena lo pinta entero: “Una gran capacidad de trabajo, una gran dedicación y una gran curiosidad. Era muy curioso por saber, por introducir las perspectivas que faltaban”.
Del trabajo en los márgenes al reconocimiento público
Con el paso del tiempo, Galasso fue adquiriendo reconocimiento. Sus charlas en el ND Ateneo llegaron a llenar el teatro todas las semanas, en un momento en que una parte de la sociedad argentina buscaba nuevas herramientas para comprender la crisis del país.
Ibáñez vincula ese fenómeno con la crisis de 2001. “Fue un tiempo donde había una búsqueda de una parte de la sociedad argentina. Luego de la crisis del 2001, en esa configuración cultural, una parte de la búsqueda fue hacia la historia”, explicó.
La pregunta por el pasado aparecía ligada a la necesidad de comprender el presente. “Mucha gente comenzó a preguntarse cómo llegamos hasta acá”, señaló.

Para Ibáñez, llenar un teatro con charlas históricas no era un hecho menor. “No cualquiera en ese momento se animaba a eso. Las figuras convocantes podían ser Horacio González, José Pablo Feinmann, pero llenar un teatro no era poca cosa”.
Ese reconocimiento, sin embargo, no modificó la esencia de Galasso. Continuó entendiendo la historia como una tarea colectiva, como una herramienta de formación y como una práctica que debía permanecer cerca de la gente.
Una esperanza que sigue interpelando
Al pensar en el legado de Galasso, Ibáñez no se queda únicamente con sus libros ni con las discusiones historiográficas. Destacó también los valores políticos y humanos que atravesaron toda su vida.
“Norberto tenía una gran confianza en la lucha de los pueblos, en los valores vinculados a la soberanía, a la solidaridad, a la justicia social, a la democracia, a los derechos humanos y a la fraternidad real entre los pueblos”, indicó.
Para Ibáñez, esa confianza conserva vigencia aun en tiempos de guerras, crisis y escepticismo. “No hay que ser excesivamente pesimista en estas cuestiones. Vivimos en una época de guerras y de crisis que hacen difícil escaparle al escepticismo, pero él no perdió nunca la esperanza”.
Esos valores, agregó, pueden seguir interpelando a las nuevas generaciones. “Estas cuestiones que hoy pueden parecer un poco idealistas o románticas siguen interpelando a los jóvenes. No hay que perder la esperanza. Él no la perdió nunca. Hay que seguir en esa línea”.
En ese sentido, menciona temas como la soberanía, las Malvinas y las expresiones de la cultura popular como posibles puertas de entrada para recuperar aquellas discusiones.
“En estos últimos meses volvió de nuevo la idea de la soberanía. Una bandera en un Mundial, las Malvinas, hizo que vuelva la soberanía a ser un tema que interpela”, dijo.
También reivindicó la importancia de recuperar la cultura nacional desde las nuevas expresiones artísticas. “Jauretche era una figura que se había interesado mucho por la cultura nacional y Galasso heredó eso también. No en vano escribió sobre Borges o sobre el intercambio entre Jauretche y Victoria Ocampo”, expresó. “Hay que buscar, me parece, la música urbana, la bandera de Malvinas. Hay que ir por ese lado”, concluyó.
La historia de Norberto Galasso, tal como la reconstruye Germán Ibáñez, no es solamente la de un historiador que escribió contra una tradición dominante. Es también la de un hombre que sostuvo durante décadas una forma de militancia intelectual: estudiar con rigor, discutir con honestidad, recuperar las voces silenciadas y compartir el conocimiento sin medir el tamaño del auditorio.
Su legado permanece en los libros, en las aulas y en las grandes discusiones sobre la Nación y América Latina. Pero también en aquella escena que Ibáñez vuelve a traer al presente: Galasso llegando en micro, caminando despacio hacia un aula quizás vacía, dispuesto una vez más a hacer su trabajo.
