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Ángela Irene: "La música no es para competir, es para compartir"

La histórica cantora pampeana presenta “De piel”, su primer disco de estudio en dieciocho años. Un álbum atravesado por la memoria, la amistad y las canciones que marcaron su vida, donde reafirma una forma de entender el folklore basada en la emoción, la poesía y el legado de quienes construyeron el cancionero popular argentino.

Hay artistas que construyen su obra a partir del éxito y otros que lo hacen desde una convicción. Ángela Irene pertenece a ese segundo grupo. Nunca cantó una canción porque estuviera de moda ni aceptó un repertorio impuesto por una compañía discográfica. Durante más de cincuenta años eligió un único criterio para definir su camino: cantar aquello que la conmueve.

Ese principio vuelve a aparecer en “De piel”, el disco con el que regresa a los escenarios después de dieciocho años sin editar un álbum de estudio y que presentará en Café Berlín. Pero el nuevo trabajo no representa solamente una vuelta a la grabación. Es también la recuperación de una historia interrumpida por la muerte del bajista Lalo Romero, con quien había comenzado a registrar el material hacía más de una década.

Cuando Lalo murió, en 2015, Ángela Irene abandonó el proyecto. "Mi alma no podía seguir con el disco", recordó. El trabajo permaneció guardado hasta que, durante la pandemia, el músico y productor Néstor Díaz recuperó aquellas grabaciones, terminó la producción en Madrid y la convenció de completar las voces que faltaban. El resultado fue mucho más que un álbum.

"Este disco nació de golpe. Se terminó el 3 de abril, en Madrid, gracias a Néstor Díaz, del Estudio Huellas, un músico entrerriano que durante muchos años tuvo un estudio de grabación donde se grabaron discos como ‘Raíz Spinetta’. Él se llevó este trabajo a España después de que quedara archivado en 2015, cuando falleció Lalo Romero. En ese momento lo abandoné porque mi alma no podía seguir con el proyecto. Años más tarde, durante la pandemia, Néstor me convenció de retomarlo: grabé las voces que faltaban, él hizo la producción y un día me llamó para decirme: 'Ya está tu disco'. Ahí tuve que salir a aprender cómo se promociona un álbum, por suerte estuvieron los amigos: con algunos grabé y otros me ayudaron a presentarlo", contó.

"Cuando volvió convertido en un disco por primera vez me gustó escucharme. Nunca escucho mis discos porque no me gusta mi voz, pero este me emociona. Me trae de nuevo a esos músicos y a esos momentos compartidos", agregó.

El título del nuevo material también nació de esa experiencia. “De piel” habla de las marcas invisibles que deja una vida. En el texto que acompaña el álbum Ángela Irene escribió que "la vida deja marcas en la memoria de la piel".

"Lo que intento contar es que le puse de piel al disco porque representa las huellas que la vida dejó en la mía, con sus grandes alegrías, felicidades, decepciones, dolores y pérdidas. Son huellas que no se ven como una arruga, que es lo que deja el tiempo, sino marcas más profundas que contienen a una cantora como yo. Y lo más curioso es que la gráfica del disco es la piel de un árbol de la Sierra de Guadarrama, cerca de Madrid, como para cerrar la idea del proyecto: esa piel también contiene otra vida", describió.

"El disco tuvo muchos nombres y, en un principio, habíamos pensado alrededor de 18 temas. Finalmente quedaron ocho, que son en los que Lalo Romero pudo grabar el bajo, y decidimos que esos serían los que integrarían este trabajo. Los temas restantes verán luego qué destino tienen, porque la persona que dio origen a este proyecto, que es Lalo, no tiene reemplazo; seguramente convocaremos a otros amigos para que nos ayuden a terminar ese ciclo. Pero el verdadero homenaje a Lalo es este trabajo que vamos a presentar ahora, los mismos que lo grabamos", contó Irene.

Las ocho canciones que integran el álbum responden a una búsqueda que Ángela Irene sostiene desde sus comienzos: preservar un repertorio que considera imprescindible para entender la cultura popular argentina. Obras de Linares Cardozo, Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Juan Falú y Néstor Soria dialogan en un disco que reivindica la memoria antes que la novedad.

"Son canciones que no deben caer en el olvido. Muchas fueron escritas hace más de cincuenta años y siguen diciendo cosas sobre el presente. No hace falta renovarlas: alcanza con volver a cantarlas para que las nuevas generaciones las descubran", dijo en Cacodelphia.

La elección de ese repertorio no responde solamente a una valoración artística. También es profundamente biográfica. Ángela Irene conoció a muchos de esos autores cuando todavía era una joven pampeana que soñaba con cantar. Escuchó conversaciones entre Lima Quintana y Armando Tejada Gómez, compartió años de trabajo con Ariel Ramírez, convivió con Eduardo Lagos, encontró en Domingo Cura una figura paterna y llegó a Buenos Aires de la mano de Mercedes Sosa, quien un día la invitó a acompañarla después de un recital en la esquina de su casa. "Uno de los privilegios de hacerse mayor es haber conocido esas canciones en boca de sus propios autores", dijo.

"El contexto de nuestro país puede variar, pero las situaciones se van repitiendo. Y lo más llamativo es que estas canciones, escritas hace más de cincuenta años, siguen teniendo mucho que ver con lo que pasa hoy. No hay necesidad de renovar nada: simplemente rescatándolas y cantándolas ya las estamos acercando a la gente joven que no las ha escuchado por distintos motivos. Hablo de una canción testimonial que no necesariamente tiene que ser de protesta, sino de testimonios que cualquiera puede entender y sentir propios, porque hablan del sueño del hombre, de sus necesidades, de sus frustraciones, de la paz que algún día deberíamos alcanzar y de la solidaridad. En definitiva, nos convocan a pensar que todos somos frágiles como un barrilete, y que lo mejor que podemos hacer es tender la mano a quien tenemos al lado", opinó.

Aquella generación dejó en ella una marca que todavía define su manera de entender el folklore. No como un repertorio cerrado ni como una tradición inmóvil, sino como una forma de contar el tiempo que toca vivir.

"Yo canto historia, y si no a través de una canción, cuento historias: eso es lo que me gusta y es parte del legado de quienes dieron forma al Nuevo Cancionero, que me marcaron el camino”, contó. Esa fidelidad a sí misma también tuvo consecuencias. Durante años rechazó sugerencias de productores que pretendían orientarla hacia repertorios que no sentía propios.

"Nunca me preocupé demasiado por grabar, porque muchas veces los productores quisieron que hiciera cosas con las que no estaba de acuerdo, como ser cantante litoraleña. En ese sentido siempre fui muy rebelde: grabé lo que quise y elegí mi repertorio de la misma manera, cantando solo lo que me emociona. La música litoraleña es hermosa; en este disco, por ejemplo, canto ‘Canción de cuna costera’ antes he cantado ‘Santafesino de Veras’, que cantaré toda mi vida por mi vínculo con el trabajo de Ariel Ramírez. Pero son uno o dos temas: yo no soy litoraleña, soy pampeana. Es como si quisiera hacer solo chacarera, me parece un dislate. Es una música que hay que saber cantarla; puedo hacer un chamamé pequeño porque hay cosas muy serias, pero un chamamé en serio lo canta Ramona Galarza, no yo. Por eso siempre elegí mi repertorio, y eso me costó no tener discográfica o tener que hacer discos independientes como este", dijo.

La independencia artística es, para la artista, una consecuencia natural del respeto por la canción. El recorrido de Ángela Irene comenzó a fines de los años setenta, cuando ganó el Festival Nacional de la Canción de Cosquín con "Cruz de quebracho". Después llegaron “Ariel Ramírez presenta a Ángela Irene” (1979), “La Cantora de Yala” (1982), “Ángela Irene” (1993), “Soy” (2008) y ahora este quinto álbum que completa una discografía tan breve como coherente. Sin embargo, al mirar hacia atrás, la artista no pone el acento en los discos ni en los escenarios.

"La música no me dejó una fortuna; me dejó amigos por donde voy, muchos de los cuales ya no están. Lo más importante que me queda son esos vínculos, gente que quiero y que me quiere. Esa es la mejor recompensa que tengo: además de haber vivido de mi profesión, el mayor ahorro es un montón de cariño y amistad”, expresó.

Esos vínculos aparecen una y otra vez cuando habla de su vida musical. Recuerda a Raúl Carnota, Pedro Aznar, Luis Salinas, Alberto Rojo y tantos músicos que participaron de sus proyectos sin pedir nada a cambio, simplemente por el deseo de compartir la música.

Esa palabra —compartir— ocupa un lugar central en su pensamiento y también explica una de sus principales preocupaciones sobre el presente. "Hay algo que se está perdiendo: entender que la música no es para competir, sino para compartir”, opinó.

Según Ángela Irene, los grandes referentes que conoció nunca sintieron miedo de impulsar a los artistas más jóvenes. Al contrario, encontraban en ese gesto una forma de fortalecer la cultura.

"La gente que conocí era tan grande que no tenía miedo de que les hicieran sombra, porque sabían perfectamente el lugar que ocupaban; por eso eran capaces de tenderte una mano y ponerte en un lugar donde pudieras ser visto. Eso es lo que me pasó a mí y lo que le pasó a muchos artistas: fuimos, de algún modo, ahijados de personas muy importantes que nos convocaban y nos impulsaban, porque no temían perder protagonismo. Hoy, en cambio, la cosa está más atravesada por la competencia", dijo.

Desde su lugar como jurado del Pre Cosquín, observa que existe una nueva generación con enorme talento y una sólida formación. "Hay canciones inéditas hermosas que quizá no ganan ni se difunden, pero hay chicos que componen muy bien. Hoy, a favor de la gente joven, hay muchos conservatorios y más herramientas de formación: muchos músicos y cantantes pueden estudiar, algo que en mi caso no ocurrió, porque yo aprendí a cantar cantando, aunque después en Buenos Aires pude formarme. Creo que la esencia de lo argentino no se pierde, canten lo que canten; tenemos una identidad. Es gente formada que hace buena música”, dijo.

"Escucho a jóvenes de distintas provincias cantando sus propias cosas, o a grandes poetas que conocí, y eso me da mucha esperanza, porque a veces todo se vuelve superficial cuando no se conoce lo anterior. Creo que las modas son pasajeras, pero en el fondo todos necesitamos leer o escuchar algo que nos sacuda, que nos haga sentir algo en el pecho; y eso no le pasa solo a los adultos, también a los jóvenes de este tiempo", consideró

Incluso encuentra esa continuidad en artistas alejados del folklore tradicional. "Me dan mucha esperanza los chicos jóvenes, artistas como Cazzu o Milo J, porque aunque a veces no escuche su música, me gusta saber que sus oídos se formaron escuchando la música que yo escuché cuando tenía su edad”, dijo.

A los 50 años de aquel viaje desde General Pico hacia Buenos Aires que cambió para siempre su vida, Ángela Irene sigue creyendo en la palabra, en la poesía y en la emoción como motores de una canción. Quizá por eso “De piel” no sea solamente un nuevo disco. Es la confirmación de una manera de entender la música que atraviesa generaciones y que sigue encontrando en el folklore un territorio para contar historias, tender la mano al otro y mantener viva la memoria. "Mientras el cuerpo aguante y la garganta afine, seguiré cantando", dijo.

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