La actriz Belen D´Andrea contó cómo fue su trabajo en esta película dirigida por Campusano y estrenada hace pocos días en Cine.ar.

Abolir los prejuicios cotidianos. Ese parece ser el corazón del cine de José Celestino Campusano, el director de Bajo mi piel morena, su último estreno. En esta película retrata la historia de cuatro mujeres (tres de ellas transexuales) atravesadas por el amor y la discriminación. “No todas las chicas trans son prostitutas”, remarcó Belén D’Andrea, una de las protagonistas. En la sinopsis se anticipa que Morena es una mujer trans que convive junto a su anciana madre. Tiene dos amigas travestis, Claudia y Myriam, que frecuenta habitualmente. Morena descubre que Ricardo, su actual pareja, le ha mentido desde un primer momento y siendo este casado y padre de dos hijos, mantiene una perfecta fachada heterosexual. Morena por ello decide terminar la relación.
Dirigir es orientar. Y Campusano tiene claro su rumbo artístico, tanto en éste como en todos sus proyectos: “Campusano no quiere mostrar cosas que todo el mundo cree de las personas trans, sino que quiere mostrar la realidad”, dijo D’Andrea y agregó que “es una característica de su cine: acercarse lo más posible a lo real”. Y para lograr eso tiene un método: filma en el mismo entorno donde transcurre la historia y con protagonistas del lugar. De ahí que Bajo mi piel morena se haya rodado en Avellaneda, ciudad de donde Belén D’Andrea es oriunda: “La estética de Campusano es bastante particular, es bastante cruda, es bastante bruto (por eso Cine Bruto, la productora)”.
Desde el jueves la película está disponible en Cine.ar
Este tipo de cine, el cine comunitario, retrata desde adentro muchas temáticas que son objeto de continuos debates diarios, pero el problema es que son debatidas por personas ajenas al territorio. “No muchos directores de cine se meten en los barrios y con las problemáticas de los barrios”, dijo D’Andrea. Esa característica es la fortaleza de Campusano, y es lo que lo hace ser quien es: un director cinematográfico que, como diría el fotógrafo Cartier-Bresson, pone en un mismo eje la cabeza, el ojo y el corazón.
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