Pochita está

Bajo la consigna “ni una bala más, ni un pibe menos”, familiares y amigos de Nazarena Arriola marcharon a la Secretaria de la niñez y adolescencia para exigir respuestas a las instituciones que intervienen en la causa de su homicidio. Una angustiante procesión de gente cansada de la violencia a la que son expuestos los jóvenes en cada barrio fuera del casco urbano.


La fachada de la comisaría octava, con sus frías cortinas exteriores de aluminio y las persianas bajas sobre ventanas cerradas, emana un hermetismo inalterable frente a la concentración ciudadana que se ha dado cita en el enclave para elevar su reclamo por Nazarena Arriola, más conocida como Pochita.

Un centenar de personas se acomoda en torno al cúmulo de vehículos secuestrados y estrellados que resguardan el ingreso al edificio situado en la esquina de 7 y 74, decididos a hacerse escuchar.

Lo que pasa es que a la gente de Villa Alba les robaron una vida,  peor aún, también les quitaron la oportunidad de hacer el duelo en paz: el 27 de marzo le cortaron la vida de un disparo a la Pochita; a la inmediatez de la denuncia le siguieron dos semanas de indecisión judicial para dictar una prisión preventiva sobre el asesino, quien había sido identificado por varios testigos del crimen; el 23 de abril el matador se fugó del instituto donde se hallaba recluso y desde entonces transita las calles a su gusto, mostrándose despreocupado hasta en la esquina misma donde protagonizó el acto delictivo que le costó la vida a Pochita.

A un mes de pronunciada la burlada medida judicial, se convocó a una nueva movilización para que el caso no sea archivado y quedé en el olvido, para que se efectúe la recaptura del acusado y dispongan medidas para frenar toda esta locura que rivaliza a los jóvenes de las barriadas, situándolos irremediablemente como victimas o victimarios de un peligroso juego que incluye armas, drogas y muerte.

El silencio institucional se resquebraja a fuerza de golpes de bombo y redoblante, ese silencio cómplice se desmorona por el empuje que produce el coro de voces que incansablemente reclaman una respuesta para el drama cotidiano que pibes y pibas desamparados de todo derecho arrostran allá donde la mano de la providencia pareciera nunca llegar.

A todos los vecinos de este barrio, les contamos…

–… que marchamos porque nos mataron a una piba, porque la vida de una piba de barrio vale tanto como cualquier otra, porque era una vida única, valiosísima, como cualquier otra ¬–la voz de Daniela Tonello recita la proclama desde unos parlantes apostados en la caja de una camioneta que preside la marcha a paso de hombre.

Daniela es participe del espacio “La casita de los pibes”, organismo del cual también formó parte Nazarena. La voz de Daniela repite su apasionado discurso mientras la columna desciende por calle 71 desde 7 hasta 116. A su paso, un grupo de madres, parientes y amigas de Pochita reparten volantes entre los vehículos y los transeúntes que se cruzan en el camino.

Los movilizados salieron desde la comisaría octava pasada las once y media de la mañana, avanzaron sobre la avenida siete y cruzaron circunvalación ondeando sus banderas blancas ante la sorpresa de conductores que vieron su paso obstruido y candidatos políticos que miraban distantes desde la cartelería con que se han ocupado de contaminar la vía pública en su totalidad. Ninguno de ellos parecía saber bien qué actitud tomar frente al reclamo, si llamar a la policía o realizar una maniobra evasiva.

Desde los autos muchos extienden su mano para recibir la gacetilla, unos pocos desubicados hacen sonar su bocina recibiendo una lluvia de silbidos y abucheos en respuesta. Rosa Bru no titubea al momento de arrostrarse con  los ingratos que bocinean el corte, la incansable luchadora se ha presentado allí para acompañar el reclamo, hermanada con una causa cuyo trasfondo hoy se ve maquillado pero que responde a los mismos oscuros intereses que desaparecieron a Miguel en los noventa.

Dos nenas corretean de un lado a otro, dibujando “ni un pibe menos, ni una bala más” con sus dedos sobre la mugre acumulada en los vidrios de cada auto estacionado a un lado de la calle. Al paso de la movilización, una señora deja de barrer las hojas en la esquina de 3 y 71, se apoya sobre su escoba para alzar el brazo y muestra un pulgar en alto acompañado por una maternal sonrisa de apoyo.

La casa se reserva el derecho de admisión

La ola naranja le dejó su huella al inmueble donde funciona la Secretaría de la Niñez y Adolescencia de La Plata, ahí en 116 entre 70 y 71. Descollando sobre un mural que retrata las distintas amenazas que vulneran constantemente a los niños, un cartel de riguroso naranja chillón esboza la premisa que representa a la institución: los chicos tienen grandes derechos.

Hasta ahí todo muy lindo, pero quién puede explicar el raquítico cordón policial que se montó en torno a la puerta con tres efectivos de la bonaerense. Los agentes disimulan toda emoción mirando hacia una nada que parece estar escondida entre las ramas desnudas de los árboles que sombrean el ingreso al edificio.

El grueso de movilizados que nutre la columna está constituido por niños: hermanas, hermanos, primas, primos, amigos y vecinos del barrio ¿Acaso el derecho a justicia y contención que acarrean estos chicos es tan grande que no cabe por esa puerta? ¿Quién pone la cara para decirles que están desubicados por reclamar sus derechos en este espacio?

Pero que nadie se desanime, ahora mismo se procede a la lectura y entrega del documento que impulsa esta movida. Clara Vernet, otra responsable de La Casita de los Pibes, se encarga de ellos mientras la Orquesta Latinoamericana acomoda a su personal en las escalinatas de la Secretaría.

Un ángel

Los puntos que conforman el documento son claros y concisos: exigen un funcionamiento más competente de parte de las instituciones que deben garantizar los derechos a los niños, solicitan el esclarecimiento de las circunstancias que posibilitaron la fuga del acusado, piden su inmediata recaptura y demandan medidas de protección tanto para él como para otros jóvenes que podrían estar en peligro a raíz de esta nueva situación.

La escucha del documento es atenta y respetuosa, finaliza con una catarata de aplausos y lágrimas. Luego se enumeran las adhesiones de partidos, organizaciones y medios que se solidarizan con la causa. Lo que sigue es un espectáculo cargado de emotividad que cristaliza el anhelo de un proyecto de vida para varios jóvenes cuyo camino no dista demasiado del de Pochita.

La Orquesta Latinoamericana de La Casita de Los Pibes templa sus instrumentos y a la cuenta de cuatro se despacha con un breve repertorio de canciones donde se destacan matices folclóricos, elementos de música popular y algún que otro ribete de rock nacional.

Asombra ver guitarras y violines empuñados por nenitas que apenas puede sostener el peso de cada instrumento. Despierta admiración una nena que demuestra calma y soltura a la hora de desgranarle tristísimos acordes a su charango, su rostro moreno se ladea suavemente sobre una mata de pelo oscuro que la envuelve y le confiere un refugio para ese llanto que intenta canalizar a través de la música.

La voz de Ángel logra imponerse con calidez y sentimiento sobre la base rítmica, el jovencito eleva su cántico hasta el cielo, deja la vida en casa verso mientras le pone melodía a la triste verdad: “juro que la extraño, en esa noche junto a mi, al despertar tu ya no estás, te saldré a buscar”. Y sale, bien podría decirse que en ese momento el alma del chico recorre los cielos buscando a Pochita.

No hace falta buscar demasiado, la Pochita hoy vive en los corazones de todos aquellos que sostienen una lucha por un crecimiento sin violencia, que reclaman proyectos de vida para cada chico olvidado en los barrios más alejados de la periferia, que reclaman las oportunidades, los derechos que un mundo adulto y desenfrenado se encargó de torcer a favor de su ambición lucrativa.