Vecinos y vecinas se organizaron para llevar a cabo el Primer Festival Cultural por los Derechos Humanos de Punta Indio. Una jornada marcada por el reclamo de justicia para Sebastián Nicora. El arte como una herramienta para combatir la impunidad.

Los 8 kilómetros de ripio que separan a Punta Indio de la ruta 36 se abren paso entre voluminosas nubes de polvo y la verde inmensidad del campo rioplatense. Hileras de sauces y talas proyectan una pizca de sombra sobre el camino bajo el sol del mediodía, las chicharras enloquecen de placer prendidas de la rama de algún árbol y el río brilla -ancho y refrescante- al final de una callecita estrecha.

En las cercanías de la playa El Pericón no se ve demasiada actividad y las pocas personas que andan por ahí se mueven como en cámara lenta. Un grupo de gente hormiguea de acá para allá en torno al escenario del balneario: acarreando equipos, probando volúmenes, fijando fotografías y poemas, atendiendo la parrilla donde humea la carne y las verduras del almuerzo, ultimando los detalles para darle comienzo a la jornada.

La consigna que atraviesa el Primer Festival por los Derechos Humanos de Punta Indio es clara: justicia por Sebastián Nicora. Al fondo del escenario, un pasacalle despeja las dudas y le pone palabras a la sensación comunitaria, ridiculizando el torpe proceder de la justicia hasta el momento: “El río sabe”. Eso que el río sabe y que también saben todos en Verónica es que Sebastián fue asesinado y su crimen permanece impune desde febrero de 2013. No se golpeó la cabeza y se ahogó como le dijo primeramente la Policía a Fernanda, madre de Sebastián, cuando su cuerpo sin vida apareció en la costa del Pericón. Un año y medio después, nuevas pericias impulsadas gracias a los reclamos encabezados por Fernanda, y acompañados por la Comisión Provincial por la Memoria, lograron demostrar que el joven tenía un orificio de bala en la cabeza. A pesar de los nuevos elementos aportados por dos instructores que la Suprema Corte dispuso en 2014, la causa no ha progresado demasiado desde entonces.

Las Margaritas y el rock and roll

Rondando las tres de la tarde, una de las chicas de la comisión organizadora le da la bienvenida al público que se va juntando en semicírculo frente al escenario. Remarca la importancia de defender y acompañar la lucha por los derechos humanos para todos y todas, y presenta al primer acto de la tarde, el dúo Margarita Praliné. Vestidas para la ocasión con sendos vestidos de color pastel, las chicas desgranan un repertorio de interpretaciones en clave de vals y tango, matizando con algún recitado de poesía. Se las nota algo nerviosas pero les sobra resto para dar un excelente show, con una voz tristona y hermosa, y una diestra guitarrista que acompaña cada cambio de acorde con la expresión de su rostro. Ellas también destacan la importancia del festival para que el crimen de Sebastián no quede impune. Se despiden entre aplausos para darle paso a Primate, dúo de guitarras que nos obsequian con sus versiones de Fernando Cabrera y Sig Raga.

La lectura del documento recorre parte de los sucesos ocurridos en ese mismo escenario en febrero de 2013. “No fue un robo, no fue una pelea, ese cuerpo premeditadamente ubicado allí, fue un mensaje de quienes hablan con sangre en las manos o no hablan. Vecinos y vecinas, organizados y movilizados, decidimos hablar, salir, decir y discutir para que este sea el lugar que deseamos, sin ningún tipo de violencia. La prepotencia, el abuso, la intolerancia, no son parte de nuestra comunidad. Los cuerpos no van a volver a ser parte de nuestras costas”, promete el texto.

Despegate rock and roll le sube el volumen y la intensidad a una tarde que se va armando entre familias y jóvenes que se arriman al quincho. La solidaridad del conjunto varelense, que había llegado desde temprano junto a otras dos bandas desde el conurbano sur, favoreció la fusión de dos eventos que se superponían gracias al descuido (¿intencional?) de un municipio que cedió el espacio para dos movidas musicales en el mismo día y horario. La unidad supera las trabas que el oficialismo pone en el camino, nada puede detener al reclamo de justicia por Sebastián.

Un cuerpo tirado en la arena

El punto más fuerte del festival llega con la danza de Romina Cortázar, quien interpreta una pieza contemporánea en las orillas del río, comenzando inmóvil, en posición fetal mientras desde los parlantes un piano y un susurro intentan sacarla de su sopor. Los movimientos que despliega, la inescrutable expresión de su mirada y el marco en el cual se mueve con tanta ligereza y pesar impactan en el espectador, es imposible evadirse de su interpelación. Un paño rojo se agita en sus manos y ella cierra su presentación regresando a la posición fetal del comienzo. La ovación y los aplausos son generalizados. Sigue una descarga de reggae de la mano de los varelenses Sháman & la raza y Brotes, para dar lugar a los locales Umbra, Ocelote y La Carpintería Blues.

Desde la organización del festival nos confían que la concurrencia de vecinos de Verónica es magra en comparación a la densidad poblacional del lugar, que ronda los ocho mil habitantes. Señalan una mezcla de miedo y complicidades más que el desinterés frente a la historia de Sebastián.

La presión social que ejerció el reclamo llevado al frente por Fernanda fue crucial para que se realizara la segunda autopsia que derribó la hipótesis policial, pero desde su fallecimiento en febrero del año pasado la causa y su lucha pareció entrar en retroceso. Este festival sirve como llamado de atención para un pueblo que parece dormido, en un país donde el relato oficial sostiene que los jóvenes se están ahogando por accidente (sea en Punta Indio, sea en el río Chubut), y de a poco nos habituamos a los aniversarios sin justicia. Que el éxito de este festival sea indicio de un nuevo amanecer para el partido de Punta Indio, que nos encuentre a todos hambrientos de justicia y unidos para exigir nuestros derechos.

 

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