Por Martina Dominella.

De Oaxaca escuché hablar por primera vez en la Facultad de Trabajo Social. Sería 2009 o 2010. Se proyectaba un documental sobre Brad Will, camarógrafo de Indymedia, asesinado allí durante la cobertura de una movilización de asambleas ciudadanas. En ese momento, Oaxaca era un punto perdido al sur de México.

Ahora transitamos la capital oaxaqueña. La ciudad serpentea, se amolda a la montaña y para eso se inventa calles para arriba y para abajo con escalones, callejones, pasadizos y súbitos abismos.

Nos alojamos en lo de Margarita y León, una de esas casas que, al llegar a la ciudad, señalamos diciendo, hasta- ahí –arriba – hay – casas. Para ir o volver desde el centro de poco sirve el mapa en mano. Migas de pan o memoria visual. Entonces transitamos fijando el recorrido: expendio de agua purificada, tortillería de a $10 la bolsa, altarcito de San Judas, santa rita en flor, mural del día de los muertos, anfiteatro.

Acá en Colonia Crespo todos saben que recién llegamos. La señora que vende huevos me pregunta si soy la hermana de la güerita de la vuelta, se nos nota de lejos lo extranjero. Margarita vive hace seis años en México y en el hablar casi ni si se sospecha que no es de acá. ¿Cuándo se deja de ser extranjero? Una mañana, en Berlín, Celia, que se fue exiliada durante la dictadura, me contó que se dejó de sentir extranjera la noche que soñó por primera vez en alemán.

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Desde el amanecer, Oaxaca suena.

-Las tortillas, las tortillas, ya llegaron a la puerta de su casa: las tortillas calentitas y bien sabrosas! Elaboradas higiénicamente!

-El gaaas, el gaaaas de Oaxaca (música a todo volumen)

-Atole! Vendo atole! Rico atole!

-Y mi corazoooon se hace pedacitos (música): pan caliente!

-Aproveche señora ama de casa: naranjas de jugo, naranjas frescas; plátanos! Aproveche! Venga, no se quede sin sus naranjas!

Cantan unos gallos y ladra un perro pirata.

Pasa un auto a toda velocidad y se lleva la melodía: fue como una rá-fa-ga tua morrrr

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Da la sensación de que conocemos Oaxaca por capas. En el estado se hablan más de 15 lenguas indígenas y el 70% de la tierra es de propiedad comunal. Aún no recorremos esos lugares, pero iremos escuchando (intuyendo) que eso no es, en sí mismo, ausencia de conflictos.

Mientras tanto, aprendemos los nombres de los barrios de la capital y los repetimos en voz alta como si fueran un poema: Colonia Estrella, Xochimilco, colonia aurora, villa frontu, loma linda, microondas, la Perla de Antequera, -por supuesto- Emiliano Zapata.

En las paredes del centro hay cientos de afiches, pegatinas, grabados: Justicia por Bety Cariño, taller de serigrafía, apertura de una muestra, tierras para las comunidades campesinas. A través de una cartelera pública nos enteramos de Poesía a la calle, un evento que organiza Charly A. Secas; es una propuesta simple, para nada pretenciosa, pero que atrae a varios/as oaxaqueños. La consigna es “trae tu voz, nosotros los libros”. Entonces, puntual, él pone una mesa con una selección de su biblioteca e invita a los participantes a elegir un poema y leerlo en voz alta o bien a traer algún otro y acercarse al micrófono. Fuimos dos noches en que Charly nos recibió con muuucha amabilidad y nos dejó armar nuestra feria de libros y fanzines.

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Una parte del corazón de México son sus mercados, mundos compuestos por comedores y puestos de huipiles, vajilla de barro, tapetes, verduras. A voz alzada se ofrecen todos estos productos y, en los corredores, vendedoras promocionan “ajos de a diez” o tlayudas e invitan con un “qué le doy”, “qué va a llevar”, “cuánto quiere”, “lo que mande”, “pase usted”, “pásele”. Los cuatro o cinco mercados ubicados en el casco histórico de Oaxaca son más bien ordenados, prolijos. La Secretaría de Turismo organiza visitas guiadas dos veces por semana para los extranjeros. Pero cruzando la avenida Periférica para conocer el Mercado de Abastos es cuando tenemos la sensación de estar en un “mercado para oaxaqueños”. Alrededor de un inmenso galpón se improvisan tolditos y puestos que se desarmarán al atardecer. Parece que ingresamos en una ciudad aparte, con sus reglas, sus normas, sus sabores. Quizás así haya sido el Mercado de Abasto de la capital, hoy convertido en un shopping de cuatro o cinco pisos.

Acá se puede encontrar de todo: desde ropa o calzado hasta frutas de estación, cacao recién molido, grandes canastas con chapulines, vestidos para Niños Dios o hierbas medicinales. A dos pasos de un gran puesto de verduras un grupo de chicos juega en red ante grandes pantallas y una mujer navega por la página del Poder Judicial; al otro lado, unos nenes se entretienen en los fichines y una señora acomoda hojas de plátano. Un hombre nos sigue durante diez o quince minutos por esos recorridos laberínticos ofreciéndonos gorras “de Europa, originales”.

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Hace un tiempo leía un texto de María –que anda hace como un año yirando- en respuesta a lo que le había preguntado una amiga: ¿cómo es un día viajando? No me acuerdo exactamente lo que decía, pero hablaba de una tarde comiendo mandarinas (que en italiano se dice de una manera más linda) en las calles de Roma. Ayer cuando escuché al vendedor de naranjas pasar por Colonia Crespo pensé que viajar se puede parecer a la posibilidad de dejarse maravillar ante un camión de naranjas.

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