“¿Querés decir que la memoria depende de los que mandan, o de lo que te mandan los que mandan?” La pregunta aparece en la novela Los Pichiciegos de Rodolfo Fogwill y forma parte de un diálogo entre dos jóvenes enviados a la guerra de Malvinas que intentan reconstruir nombres, fechas, caras y voces de lo que fue su estadía en la isla.


Hay muchas formas de contar Malvinas. Fogwill eligió una antiépica y lo adelanta desde el subtítulo: visiones de una batalla subterránea. En la novela, la guerra es narrada desde la voz de un grupo de jóvenes y algunos militares que permanecen ocultos bajo tierra escuchando los estruendos del enfrentamiento, con fragmentos de noticias de lo que pasa “arriba” y preocupados por conseguir los elementos básicos para la supervivencia.

En el relato se ve sólo lo que la oscuridad permite ver, el campo visual de limita a las paredes de la trinchera, de la pichicera, y en ese refugio bajo tierra tienen lugar las relaciones de poder ejercidas por los militares como una representación a escala del país moldeado allá lejos, en el continente. Los pichiciegos son los antihéroes, los desertores subterráneos.

Leer Los Pichiciegos da frío, hace temblar el cuerpo y estremece los pies embarrados. Leer Los Pichiciegos incomoda.

La novela fue escrita de arrebato,entre el 11 y el 17 de junio de 1982, mientras muchos medios gráficos anunciaban la victoria de Argentina y la guerra y titulaban “¡Vamos ganando!”.Los pichiciegos no es un documento histórico, pero bien podría serlo. No es una obra enteramente de ficción, pero bien podría serlo. “En la isla, en medio de la guerra, no había tiempo ni tampoco lugar donde buscar palabras mejores que explicaran las cosas”. Hoy, a 32 años, seguimos buscando esas palabras que expliquen mejor las cosas.

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